Opiniones

La degradación del lenguaje

Las últimas pruebas de medición de adquisición de conocimientos y habilidades relacionadas con estas (Simce) han evidenciado una vez más las graves dificultades que tienen los estudiantes con el aprendizaje y usos del lenguaje. Como en las ocasiones anteriores, varios de los análisis han referido el problema al espacio de la escuela, proponiendo una serie de soluciones en ese ámbito. Debe ser así, pero eso no puede ser todo.

No resulta extraño que se advierta un problema de este tipo en una sociedad que se ha decidido por la degradación del lenguaje, tal como lo podemos apreciar cada vez que andamos por la calle o accedemos a los medios de comunicación. En este contexto, la escuela, con todas las deficiencias que se le achacan, termina por ser más un espacio de resistencia que un generador de la situación. En última instancia es ahí donde están los profesores de lenguaje realizando su trabajo y donde los estudiantes deben superar ciertas exigencias que se les plantean.

Y ¿qué pasa con el uso del lenguaje fuera de la escuela? Se advierte una degradación voluntaria y sostenida en todos los sectores sociales y grupos, con un número de palabras en uso cada vez menor y el aumento desmesurado de garabatos. Esto incide en la dificultad para expresar ideas y sentimientos con fineza y claridad, así como acceder a temas variados e informaciones, en fin, a la vastísima gama a la que ingresamos a través del lenguaje, entre los cuales cabe destacar la comprensión lectora.

Esto es algo que emergió hacia mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. Es probable que estuviese agazapado o en desarrollo desde antes, pero fue posible advertirlo de manera especial entre los jóvenes de la enseñanza media y de manera especial entre las mujeres, un sector que hacia un buen uso y cuidado del lenguaje hasta ese momento. Cómo se dio y difundió este uso es algo para lo cual no tenemos respuesta, más allá de los intentos que hemos realizado por entenderlo y las averiguaciones que realizadas. Igualmente no tenemos una explicación sobre su rápida difusión entre sectores de personas mayores en quienes se advierte un deterioro de lo que alguna vez fue un lenguaje de mayor riqueza y precisión.

Los medios de comunicación se resistieron inicialmente pero terminaron por ceder y hoy podemos escuchar con nitidez los efectos de una marcada pauperización. Me parece que solamente en ciertos diarios y revistas se mantiene el nivel y todavía permanece el ánimo de escribir con formas ricas y diversificadas.

¿Qué puede tener de extraño, entonces, que los niños o jóvenes obtengan resultados insatisfactorios en las mediciones de lenguaje? Esto es un problema, por cierto, pero no es sólo de los estudiantes y de la escuela, es de la sociedad, la misma que para estos efectos, como para varios otros, genera una serie de discursos a través de los cuales circunscribe situaciones globales a sectores específicos.

No se advierten por el momento ideas, diagnósticos y proyectos para revertir este proceso, sino que más bien algunas iniciativas específicas que tienen un valor acotado. Falta una discusión y la adopción de ciertas decisiones inteligentes relacionadas con el lenguaje que queremos promover y utilizar. Las sociedades comprenden que el lenguaje es vivo y dinámico, lo que resulta más difícil de aceptar es que ese movimiento tenga que ir irremediablemente hacia abajo. No tenemos políticas coherentes ya que por una parte aceptamos y promovemos en lo cotidiano el deterioro de nuestra forma de comunicarnos y al mismo tiempo buscamos calificaciones altas en mediciones de calidad educativa y certificamos nuestra enseñanza buscando equipararla con niveles internacionales.

Nicolás Cruz y Ana María Valdivieso