Opiniones

Muhammed Ali, cambia, todo cambia

Redactó Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

 

La muerte de Muhammad Ali nos lleva a revisar las imágenes y declaraciones del gran campeón mundial de box de los años 60 y 70 del siglo pasado. Corresponden a una época en la que no provocaba rechazo ver a dos hombres subirse al ring y golpearse hasta que uno de los dos, o los dos en más de una ocasión, quedaran inconscientes. Es más, los combates de Ali contra sus contrincantes -caídos en la mayoría de los casos- generaban una expectativa enorme a la cual se sumaban los canales de televisión de buena parte del mundo, además de grandes cadenas de cines en los Estados Unidos. Era el tiempo en que el deporte de los puños alcanzó su máxima difusión.
           
El clímax encontró en Alí su máximo actor, un atleta de grandes condiciones, dotado de una pegada mortífera y de una extraordinaria rapidez. Recuerdo que en varias peleas los espectadores nos dábamos cuenta de que Cassius Clay había golpeado a su contrincante cuando este último se venía guarda abajo y observaba al referee desde el suelo con una mirada perdida y sin que sus piernas respondieran a su deseo de retomar  la posición horizontal. Entonces Ali volvía a gritar que él era el mejor, el rey, el invencible. Ese hombre en el ring era una bestia que andaba de cacería tras una presa que a veces era pequeña y en otras gigante, como Joe Frazer, Ken Norton o George Foreman; todos amparados por las mafias del cuadrilátero y, en los últimos años, por varios ‘reyes’ de África.  
           
Fuera del ring Alí llevaba adelante la pelea contra la segregación racial y la guerra, especialmente la de Vietnam. Su nombre quedó relacionado para siempre con su rechazo a enrolarse en el ejército norteamericano que lo había seleccionado para ir a la guerra en el sudeste asiático. “Pregunten lo que quieran sobre la guerra de Vietnam, siempre tendré esta canción. No tengo problemas con los Viet Cong…porque ninguno de ellos me ha llamado negro”. Y opinaba sobre la libertad, sobre Mahoma y su religión que había abrazado, sobre la conquista de su status de hombre libre. Fue en su lucha contra el establishment donde libró una de sus peleas más duras y donde cayó al suelo por primera vez, siendo despojado de su título y enviado a un ostracismo del cual nadie pensó que volvería. Pero regresó en puño y majestad en enero de 1974 venciendo a Joe Frazier y más adelante a esa roca criminal que tuvo por nombre George Foreman.
           
Pero, algo ya no estaba funcionando tan bien como antes: los espectadores se empezaban a volver críticos ante una actividad que implicaba la demolición irrecuperable de un ser humano, y, por otra parte,  el cuerpo de Muhammed Ali ‘el más grande’ comenzaba a enviarle señales de que no todos sus órganos estaban de acuerdo con tanta auto proclamada grandeza. Sus años finales fueron dignos pero tristes, y sus últimas apariciones cargadas con un fuerte simbolismo generaron un sentimiento de afecto colectivo  que lo reconocía como el más grande de los deportistas de mediados del siglo pasado.
           
La grandeza de Clay-Ali radicó, en primer lugar, en sus extraordinarias condiciones como boxeador desarrollando formas de combates nunca vistas antes. Esto se cruzó con la explosión a nivel planetario de los medios de comunicación, especialmente la televisión, que hizo de él uno de los primeros héroes de carne y hueso que llegó a todos los rincones de la tierra: él pegaba donde podía, sin viajar por los aires ni tender sus redes para trepar edificios. El ‘blanco’ de sus ataques era aquel orden que Superman y el Hombre Araña se habían esmerado en defender. Por último, levantó su grandiosidad al convertirse en vocero de mucha gente que no había tenido representación en el espacio público.