Opiniones

El Bicentenario: “hechos y no palabras”

Se dice que una persona que no lee ningún libro durante el año, difícilmente lo hará durante sus breves vacaciones. Algo similar le está pasando con el bicentenario a una sociedad que ha hecho del “demos la espalda al pasado y pensemos en el futuro” uno de sus lemas favoritos y más repetidos en las últimas décadas. De tanto insistir en el punto lo hemos logrado, y llegada la hora pareciera que no tenemos ganas de pensar ni de meternos a hurgar en las telarañas de lo que tuvo lugar, especialmente si ese ejercicio nos lleva a visualizar situaciones duras y revisar momentos que empeñarán lo que se entiende por una celebración de tipo patriótica.

Pero, hay bicentenario y no podemos obviarlo, por lo cual las iniciativas y la discusión se han concentrado en hacer una cierta cantidad de obras que marquen la fecha y queden como hitos para la posteridad: el Parque Bicentenario en Santiago, el arreglo de los estadios  para que los recintos del país se pongan a la altura de nuestro fútbol (al leer estas palabras usted no podrá escuchar mi risa), varios centros culturales en Santiago y regiones, etc. Este aspecto, necesario y siempre presente en las grandes celebraciones de cualquier país, no puede considerarse  como el único ni puede ser suficiente, y de por sí no lleva asociada una reflexión de lo que hemos sido como sociedad republicana en estos doscientos años.

Algo que ilustra la situación anterior es la mirada que desde el bicentenario se ha venido imponiendo sobre el centenario de 1910, destacando de manera casi exclusiva las construcciones que se hicieron, algunas de las cuales hemos agradecido  y agradecemos hasta el día de hoy, como el Museo de Bellas Artes (visita obligada en varias ocasiones cada año) o la Estación Mapocho, un símbolo para los millones de viajeros que salimos o entramos a ella por tantos años.

Pero en esa ocasión hubo también una extensa e intensa discusión sobre el pie en el cual se llegaba cuando la república alcanzaba los primeros cien años: la hubo sobre la situación de los proletarios y de los emergentes grupos medios, respecto del estado de la educación, sobre lo que se denominaba ‘el alma de Chile’. Los contenidos de esos debates y escritos han persistido en el tiempo con una fuerza similar a la presencia física de las obras y generaciones de chilenos se han formado en la lectura de Recabarren, Mac Iver, Valdés Canje y otros.

El mensaje de hoy es el de un hacer desvinculado del recuerdo y reflexión. Hemos aceptado sin mayores reparos el aserto de facta non verba, cuestión nada extraña en una sociedad que, anestesiando su memoria, otorga a las palabras y a la reflexión una prioridad baja. Dentro del conjunto, los historiadores hemos hecho nuestro aporte,- ¡oh paradoja!, dirían los antiguos- , al menosprecio y al olvido. Sólo conozco un proyecto de largo aliento y profundidad que es el de la Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile que desarrollan la Universidad Católica y la Biblioteca Nacional. El resto de la programación parece apuntar a seminarios a desarrollarse en el segundo semestre.  Temo que varios de ellos serán instancias en que unos convencidos invitarán a otros convencidos a hablar sobre cuestiones en las que ya están de acuerdo, y tendremos a los de la ‘identidad’ identificándose entre ellos, a los del ‘bajo pueblo’ hablando sobre ídem, a los que pregonan ‘lo nuevo’ mostrando ‘sus novedades’, y así otros. Presumo que habrá poco y nada sobre los ‘sectores medios’, porque los que alguna vez propusieron el tema lo abandonaron antes de haberse acercado a respuestas contundentes, ni habrá mucho sobre la historia de los grupos ‘dirigentes’, dado que perdieron a su líder, y lo que se nos ha propuesto por parte de ese sector ha resultado, hasta el momento, algo insulso y anodino.

Si alguien no lee durante el año…, si alguien no conversa y discute durante décadas, difícilmente lo hará con motivo de una fecha determinada, por muy estimulante que ésta resulte. Los historiadores chilenos hace ya rato que renunciamos a una dimensión colectiva de nuestro quehacer y nos contentamos con identificar un tema de estudio, reunirnos con uno o dos colegas que están en lo mismo, más algunos estudiantes, e instalarnos en ese espacio mínimo. No debemos lamentarnos ni culpar a otros si no hemos tenido capacidad de ejercer liderazgo en un momento en que las condiciones así lo ameritaban.

Nicolás Cruz