Opiniones

Recuerdo a Arnold Bauer

Redactó Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

 

El historiador Arnold Bauer vivió durante varias temporadas en Chile a partir del año 1966. Recorrió el territorio, miró y escuchó una sociedad que le empezó a resulta familiar con el paso de los años: investigó en sus archivos que le permitieron “levantarle las faldas” y “descubrir sus partes ocultas, con verrugas y todo”. Y escribió sobre la agricultura chilena, sobre las formas de consumo de esta sociedad, así como también sobre otras de América Latina. Sus recorridos por Chile lo llevaron desde el altiplano hasta la Tierra del Fuego, saliéndose de las carreteras para adentrarse por los caminos secundarios, llegar a los poblados y tomar contacto con aquella gente que luego describía con tanto entusiasmo. De todo lo visto, fue el campo chileno el que más le atrajo y gustó, dado que el mismo provenía de una familia de medianos agricultores de Kansas y mantuvo siempre un marcado gusto por la tierra.
           
Todo esto lo contó muchas veces y lo puso por escrito el año 2004 en un texto titulado “Chile en el Corazón”, artículo que abre su libro Chile y Algo Más. Estudios de Historia Latinoamericana (Dibam, Chile, 2004). Ahí encontramos trazados los cambios ocurridos en Chile, y en Santiago especialmente, durante cuarenta años: el paso de una ciudad cercana a los dos millones de habitantes (década de 1960) a una región metropolitana que ya llega a los siete y medio millones; la transformación de lo que consideró a su llegada como un espacio amable y seguro a otro disgregado y casi imposible de conocer en su totalidad “Pero en Santiago no hemos ido a La Pintana, ni a la Legua ni a Cerro Navia. No sé cómo vive la gente de allí. No sé cómo piensa ni qué siente. No conozco las ‘comunidades amuralladas’ de Lo Barnechea…”. Lo suyo terminó siendo fundamentalmente providencia, Ñuñoa y el centro de Santiago. Y como lo comprueba cualquier caminante, ese espacio resulta ser reducido cuando uno tiene a la vista el plano general de la metrópolis.
           
Arnold Bauer fue un extranjero inquieto en las tierras de Chile y llegó a hacerse una idea a partir de sus experiencias siempre parciales y particulares, pero experiencias intensas, y de eso no cabe duda. Las compartió y enriqueció con Danielle Greenwood, su mujer, una buena conocedora de tejedoras y artesanos de nuestro país. No tenía -Bauer-  una visión definitiva sobre esta tierra y sus habitantes y quizás no quería llegar a tenerla;  la siguió elaborando en los años finales de su vida cuando se había vuelto a radicar en los Estados Unidos. Su casa en Davis, California, estaba llena de rincones chilenos y de objetos exportados desde este territorio.
           
Pero, siempre hay algunas claves que resultan ser particularmente representativas de una personalidad, y con esto me refiero a su gusto sostenido por la amistad. En su ya mencionado “Chile en el Corazón” narra la siguiente escena que transcribo por considerarla muy aclaradora: “En el Archivo me crucé con un hombre elegante y reservado que fumaba pipa, casi un personaje salido de El Lazarillo de Tormes. Después de varias semanas de saludos con inclinaciones de cabeza, intercambiamos algunas palabras. Yo acostumbraba a llevar mi almuerzo en una bolsa de papel y, para mi sorpresa, él hacía lo mismo. Comenzamos entonces a compartir un banco cerca de la estatua de Lastarria, junto al cerro Santa Lucía, para ingerir nuestro sándwich y una fruta. Después de algunas semanas de este rito, Gonzalo Izquierdo (nos arreglamos para presentarnos) mencionó y repitió varias veces en las semanas siguientes, la clásica forma de buena educación chilena “usted tiene que venir a casa a comer”. Fantástico replicaba yo, pero la invitación real no se materializaba. Finalmente, después de varias de estas “invitaciones”, le dije “buena idea, Gonzalo, vamos el sábado”. Él y su familia se convirtieron en grandes amigos nuestros”.
           
Escenas similares a esta se reprodujeron muchas veces durante sus años en Chile.  Muchas chilenas y chilenos establecieron una amistad permanente con Arnold Bauer, y a través de ellos el escuchó y comprendió retazos importantes de Chile: amigos variados provenientes de diversos ámbitos. Y a esto él respondió con un sentido profundo de la reciprocidad, especialmente al promover los estudios de varios historiadores jóvenes en la Universidad de Davis, apoyándolos durante sus estadías y ofreciéndoles su afecto, un bien  muy valorado cuando alguien se encuentra en el extranjero. Por esta vía, Bauer llegó a incidir también en parte de lo que esos historiadores escriben en la actualidad y la manera en que conciben la historia.
           
Entre otras características, Bauer fue un buen escritor, de historia principalmente. A este respecto me permito recomendar su artículo “Molineros y Molenderas. Tecnología, Economía Familiar y Cultura Material en Mesoamérica” incluido en su Chile y Algo Más…ya mencionado , para mí una gran muestra de literatura histórica. Pero, no quiero desviarme de la idea principal sobre su escritura y destacar que un maestro en el género sabe que un final abierto e inquietante potencia un texto. Y es por esto que cerró su “Chile en el Corazón” con un giro imprevisto, recordando a la escritora a la escritora Isak Dinesen (Karen Christentze Dinesen) quien luego de muchos años de residir en Nairobi, escribió “Yo conozco una canción de África, pero ¿sabe acaso África una canción mía?” Llegado a este punto, cada lector elaborará una reflexión y podrá intentar un esbozo de respuesta, si lo considera necesario o pertinente, pero se puede también considerar que hay preguntas decidoras que no necesariamente deben contestarse.