Opiniones

El Camello que Llora (película alemana-mongola del 2003)

Redactó Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

El Camello que Llora (película alemana-mongola del 2003) presenta una historia muy sencilla: una camella pare una cría albina con grandes dolores y rechaza amamantarla. Una familia de mongoles nómades que habitan en algún lugar del desierto de Gobi, bajo un clima implacable, ponen todo su esfuerzo para revertir la situación. Terminan por recurrir a un violinista que realiza un ritual tradicional quien ejecuta una melodía que termina por acercar a la madre y a su hijo hasta que este último puede beber la leche materna y superar su inanición.
           
La familia de nómades habita temporalmente en unas casas carpas transportables, cómodas y amplias. Son tres las generaciones que protagonizan la película y que viven  a unos cincuenta kilómetros de sus vecinos más cercanos. La cámara se detiene de manera amable en sus costumbres, modos de alimentación y en el cuidado que dan a sus camellos. El relato adquiere un movimiento relativo cuando los dos niños son enviados por sus mayores hasta una ciudad para buscar al violinista que realizará la sanación ya mencionada (él ejecuta un morin khurr, una derivación del violín típico de Mongolia). En la ciudad, el niño de cinco años ve la televisión y queda maravillado. Esta fascinación se cristaliza en la última escena en que se observa a su hermano mayor orientando la antena para recibirla señal en la puerta de la casa carpa. Todo empezará a cambiar a partir de ese momento, aunque sea algo que los espectadores no vemos pero que adivinamos dado que lo hemos visto en otras partes del mundo. El abuelo, qué duda cabe, tendrá cada vez más dificultades para contar sus repetidos cuentos a la hora de la comida.
           
Una trama sencilla de la vida cotidiana, bien contada y muy bien filmada. ¿Qué puede contener para que guste tanto? Un primer elemento es el gran desierto barrido con frecuencia por el viento intenso y alumbrado por un sol penetrante. A eso se agrega la vida de los nómades –un argumento que siempre resulta atractivo-, quienes viven los temas de cada día sin mayores tensiones, pretensiones y proyectos. Y los camellos, humanizados hasta el punto que la madre llora en el momento en que finalmente es traspasada por la música y por su hijo que empieza a alimentarse.
           
Este tipo de narraciones interpelan, en una forma diversa, a un espectador que se ha ido sofisticando y que espera propuestas narrativas muy elaboradas. No por nada el protagonista del cine masivo actual es el guionista, como alguna vez lo fueron los actores y posteriormente los grandes directores. En este caso, el proceso es el inverso: el guionista parece no tener figuración y la historia se arma por medio de una complicidad entre los actores y los espectadores. Son estos últimos los que terminan por armar una trama que apenas se insinúa de manera sutil. Todo esto se aprecia cuando los dos niños nómades van en busca del músico: antes que nada cabe reparar en que hay una ciudad, un elemento en el cual nadie habría pensado hasta ese momento, y en ella hay tendido eléctrico, motos, autos, comercio, en fin, hasta la televisión. En la película no suceden  muchas cosas durante la visita, pero si pasan dentro del espectador que aprecia el contraste entre lo urbano y lo rural, entre el trabajo de los nómades y la actitud de relajo que se observa en la mayor parte de los habitantes del extendido poblado, entre el desierto diáfano y la contaminada agrupación humana. Es probable que la mayor parte de los espectadores vivan en una ciudad, pero que vean y escuchen en este cuento rural un antiguo y potente eco de ancestros que desarrollaron sus vidas muy apegados a la tierra.
           
El Camello que Llora, como otros tantos filmes provenientes de áreas periféricas a los grandes centros de producción, se centran en  solo una historia y son pocos los personajes cuyo carácter resulta trabajado en profundidad. Otro rasgo de sencillez que representa un gran desafío para cualquier director y para el espectador. Sucede que la sencillez tiene sus particulares formas de profundidad, y la fuerza de este cine, que reúne esfuerzos europeos y de diferentes puntos del planeta, radica en volver a ella y captarla en su simplicidad básica y presentarla tal cual aparece ante nosotros.