Opiniones

Algo sobre la insignificancia

Redactó Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

La Fiesta de la Insignificancia, la última novela de Milán Kundera (Tusquets, 2014), tiene que ver con muchas cosas, entre las que destaca la buena escritura. Pero tiene también relación con el fin de la historia, no ya como reflexión intelectual sobre ella si no en cuanto resultado práctico de la indiferencia glacial de las personas respecto de su pasado. Todos los personajes de la novela tienen algo de Madeleine, de quien no se sabía si deformaba intencionalmente los nombres de personaje célebres de antaño “o si los parodiaba con el fin de hacer partícipe a los demás de que no sentía el menor interés por lo que hubiera ocurrido antes de su propia existencia”. Es probable que Madeleine no tuviese la posibilidad de cultivar el sentido del humor ante la historia dado que la desconocía por completo, pero no todos los personajes podían permitirse tamaña libertad.

Charles, por ejemplo, parece saber de historia, de aquella que debe haber aprendido en el liceo y que luego completara con uno que otro libro durante los años en que parece haber pertenecido a una suerte de academia, quizás una última expresión de aquellas en que pusieron tanto empeño los humanistas. Si para estos últimos el pasado era un momento para fundar la existencia de su presente, para Charles era la representación de la insignificancia. La historia no existe dado que nosotros no existimos en un tiempo más allá de aquella infinitésima parte en que nos toca aparecer en la escena, parece ser su premisa: “El tiempo corre. Gracias a él, primero vivimos, lo cual quiere decir que ya hemos sido acusados y juzgados por la gente: luego morimos y permanecemos aún unos años entre los que nos han conocido, pero muy pronto se produce otro cambio: los muertos pasan a ser muertos viejos de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen en la nada; tan solo unos cuantos, muy, muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un solo recuerdo real pasan a ser marionetas”. Pero, si la historia, esa que estudiamos y analizamos como una de las maneras de insertarnos en el mundo, no existe dado que no nos constituye en lo absoluto, ¿qué sucede con ese enorme amasijo de datos que se encuentran apilados en el tiempo? Sirven para bromear con ellos, restarles peso y colocarlos en un teatro de marionetas que se articula desde el presente con fines festivos (insignificantes en el sentido de Kundera); sirven para percibir que incluso los que han sido objeto de mayor glorificación, contiene un fondo de completa nimiedad.
           
Y si de reducir a la insignificancia se trata, ¿por qué no apuntar a lo alto y hacerlo con Stalin, aquel convertido con el paso de las generaciones en el “más criminal de los criminales”? Este llega a las páginas a través de las memorias de Jruschov -a estas alturas un desconocido total-:  un libro en que se narra la historia de una broma que Stalin contaba a sus camaradas sobre una cacería de perdices que habría protagonizado. Por cierto, una broma que Jruschov –un serio- no entendió. A Stalin le gustaba bromear con sus camaradas más cercanos, espiarlos para saber lo que opinaban de él y también conmocionarse con el único que le era leal. Un hombre, Stalin, que se sentía agotado y sabía con certeza que todo lo realizado por él se estaba cayendo; alguien cuya vida no se puede restituir sino desde un presente lleno de intenciones del momento.  
           
Paris, la ciudad escenario de la novela, -para este Kundera que llegó a esta ciudad hace casi cuarenta años y ha vivido su vida cultural y creativa con intensidad- ha seguido el curso de los tiempos hasta llegar a reconocer, voluntariamente, su propia insignificancia. Los bustos de las grandes personalizades de su pasado descansan en los parques sin que nadie se moleste en mirarlos y menos en leer sus nombres; siempre, por otra parte, habrá largas filas de gentes aburridas que esperan ingresar a una exposición de Chagall para matar el tiempo de alguna manera, y también hay otros tantos que corren y corren. La ciudad está volviendo, en la medida que ello sresulte posible, a ser naturaleza y solo se reconoce en sus jardines y espacios naturales. Allí circulan los viejos, jóvenes, atletas de todo tipo junto a quienes desean caminar y conversar. Es allí donde tienen lugar las bromas en una época que, renunciando al humor, ha consagrado la risa como su bien más apreciado. Allí la historia entra solo como disparate ante la cual la gente no sabe si asombrarse o reír, pero terminan por hacer lo último por supuesto.
           
Dice la filosofía popular que el último gesto de los idealistas es el desencanto y que haber creído tanto en algo nos pone, a un cierto punto, en el umbral de la gran burla de la insignificancia: “Está con nosotros en todas partes y en todo momento: Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las  luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en situaciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre, hay que amar la insignificancia, hay que aprender  amarla”. Esta también en la sombra de la madre de Alain quien mirando la vida de frente le dice a su hijo que la vida no se asienta en ningún derecho ya que nunca hemos tenido la oportunidad real de elegir nada de lo verdaderamente importante.
           
Kundera tiene una edad avanzada y no sabemos si esta será su último ejercicio literario (después de Sábato nadie puede asegurar nada a este respecto). Pero si cabe decir es que se trata de una reflexión desoladora sobre una época en que todo lo que la exceda a su existencia más inmediata parece haberse diluido. Para seguir existiendo, porque todos queremos “posponer el final tanto como sea posible” debemos poner el humor=insignificancia al centro de la vida.