Opiniones

Fernando Castillo. El País de mi Padre

Redactó Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

Carmen Castillo hizo un documental que giró sobre la vida familiar, obra y el pensamiento de su padre Fernando Castillo Velasco. En un momento de la filmación, y a propósito de la muerte de su hermano Jaime, Fernando Castillo dice “El pasado no pasa, se necesitan en el mundo hombres que no renuncien”. La frase tuvo un primer alcance relacionado con la muerte de su hermano en el año 1983, un importante abogado defensor de los derechos humanos, y alguien que no renunció a sus principios e ideas durante los años más duros del gobierno de Pinochet. Pero, es también una frase que refleja una visión de la vida que representaba a quien la pronunciaba. Fernando Castillo, fue otro de esos que no renunciaron a sus creencias y a los conceptos que se fue forjando  a lo largo de una extensa vida.
           
¿No renunciar a qué? Mi impresión es que el nivel más profundo se trató de no renunciar a su condición de social cristiano, tal como también lo hicieran su hermano Jaime, Guillermo Blanco, Claudio Orrego padre, y su amigo el Cardenal Silva Henríquez, entre otros. Ellos compartieron la ‘visión comunitaria’ que tuvo tanta difusión entre los demócratas cristianos chilenos de la primera generación. Esta idea de la fuerza incontrarrestable que puede tener la generación de los proyectos comunitarios (la gente organizada) en los que participasen de manera activa el mayor número posible de personas (otro concepto nada de menor), aparece como elemento central en la visión y acción del arquitecto, profesor, alcalde y político que fue Fernando Castillo Velasco.
           
En un momento del documental El País de mi Padre conversan Fernando con su hijo Cristián Castillo. Este último le dice a su padre que en algo tiene que haber contribuido para que él y su hermana Carmen optaran por militar de manera activa en el M.I.R. Y agrega que fue en la experiencia de conocer a los pobladores, trabajar y alternar con ellos, que se convencieron de que la sociedad había que transformarla de manera revolucionaria. Fernando Castillo mostró, a sus casi noventa años, su discrepancia: la transformación se hacía persona a persona en empresas colectivas surgidas ‘desde abajo’, y desde allí con una fuerza creciente en todas direcciones. Los golpes llaman otros golpes y en esa lucha cruenta ganan los que están mejor armados y tiene menos inhibiciones para arrasar con quienes se les pongan al frente.
         
“El pasado no pasa y se necesitan en el mundo hombres que no renuncien”.  Gran frase, pero como varias de esta grandeza han quedado en el camino como un recordatorio al que se recurre con escasa frecuencia. Ante esto vuelvo a hacerme la pregunta recurrente respecto sobre qué sucedió con el social cristianismo, qué pasó con los demócratas cristianos que renunciaron a su convicciones e ideas fundacionales para terminar diluyéndose en un partido de centro sin otro perfil que una cierta sensatez y equidistancia de la izquierda y la derecha, alegando ser representantes transversales de una sociedad que a cada elección se le vuelve más hostil y lejana.
           
En el plano cultural la Democracia Cristiana ha terminado por esfumarse: sin medios de comunicación (los tuvo y los dejó morir con el mayor desinterés); con una presencia universitaria paupérrima (en un principio aspiraron a más), y muy especialmente carece de un centro o instituto dedicado al estudio, reflexión y alimentación de su pensamiento (tuvo el ICHEH del cual hemos sabido poco en último tiempo, y de ese poco obtenemos más confusión que claridad de pensamiento). Otto Boye ha hecho diagnósticos para entender que el Instituto Chileno de Estudios Humanísticos se ha concentrado en los temas prácticos de la política, dejando de lado aquellos conceptuales.
           
Volvamos a El País de mi Padre y a encontrarnos con  Fernando Castillo Velasco en sus reflexiones hacia el final de su vida. Especialmente atrayente resulta la idea de que la gente, aunque viva atemorizada y encerrada detrás de sus propias rejas y que esté con el agua del sistema llegándole al cuello, dispone de capacidad para asociarse, generar proyectos comunes que provengan de su propia iniciativa, sin sentarse a esperar que el Estado satisfaga cada una de sus demandas o que un mercado imaginario regule lo que a todos luces no le interesa. Ingenuo y de otro tiempo, si, por cierto, pero las ideas van y vienen, se hunden y reflotan, y a ninguna se le puede dar por desaparecida, al menos mientras hayan algunos que resistan.