Opiniones

La educación es también una cuestión cultural de la sociedad

De manera periódica recibimos pésimas noticias sobre los profesores. En estos días, los medios de comunicación nos han informado, abundantemente,  sobre los bajos niveles que logran los futuros maestros en sus estudios de pregrado, demostrando una capacidad muy baja para responder preguntas sobre aquellos contenidos que deberán enseñar en poco tiempo más. Podemos agregar de acuerdo a nuestra experiencia que la situación se tornará más delicada en los próximos diez años, cuando ese profesor pierda una porción de los conocimientos que hoy día posee y debilite algunas de las competencias que exhibe al momento de egresar. Además, disminuirá (en varios casos) el entusiasmo inicial como resultado de haberse insertado en un ambiente laboral poco estimulante y para nada amigo de las innovaciones.

Ante este nuevo diagnóstico, como en cada uno de los casos en que se nos informa de las distintas debilidades en la educación chilena, aparecen las entrevistas de los expertos en la materia que proponen soluciones. Nada que decir al respecto, salvo la escasa o nula mención al hecho de que este problema tiene también un componente cultural muy importante. El asunto no solo atañe a los profesores, a los establecimientos escolares y las universidades involucradas. Tiene mucha relación con el proyecto que una sociedad es capaz de generar en relación a los niveles que desea alcanzar, las formas y fondo con que busca vivir y construir su presente. No parece que vayamos a avanzar mucho mientras se mantenga el tema de la educación solo en su ámbito más inmediato y circunscrito en cuanto ejercido que se realiza durante ciertas horas en espacios determinados.

¡Qué sucede con el resto? Una impresión clara es que hay actores sociales importantes que no reconocen sus responsabilidades en este plano y restringen al mínimo las iniciativas al respecto. Aunque resulta ya un lugar común, resulta inevitable la referencia a los medios de comunicación, y de forma más específica a la televisión abierta que es la que siguen viendo la mayoría de los chilenos. No obstante que al menos dos canales (Televisión Nacional y el Canal de la Universidad Católica) deberían otorgarle una prioridad a la inclusión de contenidos culturales en su programación, podemos observar no solo una escasa presencia, sino que además la distorsión, mediante el recurso al estereotipo, de cualquier personaje o situación donde se valore el estudio, la reflexión y la adquisición de un nivel cultural que sirva de llave para enfrentar con mejor calidad y posibilidades los desafíos cotidianos. Se nos dice, una y otra vez, que son las exigencias del mercado televisivo, y puede ser, pero la aceptación sin condiciones de esas exigencias, y la escasa voluntad de asumir un rol protagónico al respecto, genera consecuencias funestas para el nivel cultural de la  sociedad. De todo esto resulta que un estudiante vive un divorcio bastante radical entre los contenidos adquiridos a través del sistema educativo y aquellos a los que accede a través de los medios. Con lo impactante que pueda contener el ejemplo, es uno de los varios ámbitos en los cuales se advierte el aislamiento y confinamiento de la escuela en medio de una sociedad que, más allá de las declaraciones ocasionales de alarma, se preocupa  poco del asunto.

En algún momento de su historia –difícil de precisar pero ubicable en la década de 1980- Chile renunció colectivamente a la pretensión de ser una sociedad culta y pasó a considerar los problemas de este ámbito como asuntos que se podían resolver mediante una adecuada administración: si se observan deficiencias en el trabajo de los profesores, evaluémoslos; si los profesores no manifiestan entusiasmo en su labor, potenciemos a los directores (generalmente no educadores) para que encabecen la revitalización de los que se han ido desmayando por el camino; si los estudios de Pedagogía no atraen a estudiantes bien calificados, démosle becas y hagamos que pasen por exámenes terminales de pregrado que los habiliten para enseñar. Vuelvo a decir que no se advierte nada en contrario a estas soluciones, las cuales, imagino, deberán sumarse más que restarse unas a otras. Pero tampoco pensemos que la aplicación de unas a otras vaya a solucionar un tema que tiene también componentes más profundos.

Cada vez que se afina el foco sobre problema de la educación se hacen presentes dos temas: la gran crisis se encuentra en la educación pública y de manera especial en los sectores de mayor pobreza, y en la cuestión de los profesores. Lo primero ha de ser cierto por lo que indican los que saben, pero oculta que la crisis es general y se extiende, con sus propias características, a todo el sistema, incluyendo hasta los colegios más exclusivos. Que estos últimos establecimientos aporten los estudiantes con mejores puntajes no quiere decir que estén bien preparados. Tiene también mucho que ver con la gran cantidad de recursos que se invirtieron en prepararlos y los apoyos de que dispusieron para llegar a donde lo han hecho. No obstante lo anterior, se observa en ellos una profunda degradación del lenguaje que usan, con la consecuente incapacidad de identificar y explicar con riqueza y precisión un determinado asunto. Se aprecia, en una proporción no menor,  una despreocupación por la cultura y su derivada incompetencia para desear informarse, y hacerlo de manera autónoma y crítica. En sentido contrario, que los jóvenes que siguen una educación en la que los recursos son escasos y los apoyos casi inexistentes, obtengan resultados más bajos, parece ser una consecuencia predecible. La gran sorpresa sería lo contrario.

Una dimensión cultural del problema puede llevarnos a comprender que una posible solución debe pensarse y actuarse en un mediano y largo plazo, esto es, uno que excede los tiempos de cada uno de los gobiernos que se empeñan en buscar un arreglo inmediato. El tema adquiere un carácter nacional y de sociedad, más que de un grupo de partidos políticos que están en el mando. Requiere de un gran acuerdo generado a partir de un amplio debate social en el que se establezcan objetivos y metas. Puede parecer que estas palabras contengan algo de excesivas buenas intenciones y bastante de desconocimiento de cómo se actúa políticamente en las sociedades. Puede que si, pero otros han logrado acuerdos y los resultados están a la vista, tanto en educación como en políticas energéticas, tanto en desarrollo de áreas industriales como en la modificación de hábitos en sectores importantes de la población. Cada sociedad se plantea los debates y desafíos en relación a la perspectiva y auto estima que tiene de sí misma, y no veo por que no podemos dar un paso hacia adelante una vez que todos estamos convencidos que el esquema aplicado hasta ahora ha naufragado.

Por Nicolás Cruz