Opiniones

El Premio Nobel de Literatura y Alice Munro

Por Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

Quizás figure entre los escasos partidarios de las designaciones que cada año hace el jurado del Premio Nobel de Literatura. Para ser más preciso, agradezco profundamente que algunos de los galardonados, que me eran completamente desconocidos, hayan pasado a ser autores importantes dentro de mis lecturas.

Esto me ha sucedido con Alice Munro, de quien había oído pero no leído. He leído su Mi Vida Querida, una serie de cuentos que ella declara ‘los últimos de una larga vida’, aunque con los escritores nunca se sabe. También he disfrutado Demasiada Felicidad y La vida de las Mujeres.

Le debo al Premio Nobel haber tomado contacto con Naguib Mahfouz (1988) y dentro de su obra con una novela breve dedicada al faraón Akhenatón. Una obra maestra que narra el necesario aunque frustrante intento por reconstruir la historia de un exilado del poder y de la memoria.

Al joven gobernante, revolucionario en su devoción al dios Atón, lo afectó la violencia en vida y la odiosidad luego de su muerte.

Lo de Alice Munro, en cambio, no son las celebridades sino que la gente que lleva una vida sencilla en pequeños pueblos: personas que están viviendo hasta que toman una decisión, muchas veces menor y nada revolucionaria, que cambia sus vidas: terminar un matrimonio que se arrastraba por años; bajarse de un tren en la estación anterior de la programada y asumir las consecuencias; ir al cine en un pequeño poblado y querer vivir como las estrellas de la pantalla; alejarse de las prédicas y preceptos que los pastores difundían con intensidad y autoridad, o cosas tan comunes como perder la memoria o sufrir de parkinson. Es ahí y en ese momento en que Munro pone el ojo y apoya el lápiz.

Varios años antes que reparar en Munro, lo hice con un semi-desconocido Coetzee (2003). He leído casi todo de él  y le debo, antes que nada, los buenos ratos que hemos pasado juntos. Pero además, que me introdujera en las ciudades y campos de Sud África y que, a partir de eso, se ubicara en una literatura universal. Más que un título en particular, aprecio sus personajes que aparecen y reaparecen en varias de sus obras, siempre un poco más tocados por la vida y con un poco más de áspero realismo.

Y Alice Munro en Mi Vida Querida anima su lápiz pare observar y describir los pequeños movimientos que van marcando la vida para siempre porque las experiencias de la niñez y la juventud no se olvidan nunca. En “Amundsen”, por ejemplo, una joven profesora llega a dictar clases a un sanatorio y experimenta – o padece- de un extraño enamoramiento con abrupto final. Cualquiera habría salido espantada de la experiencia, pero “la verdad es que en el amor nada cambia demasiado”, aunque pasen y pasen los años.

Aplaudo con fuerza que los miembros del jurado reunidos en Estocolmo hayan premiado en 1992 a Derek Walcott, casi un desconocido para todos, según recuerdo. El es el autor de Omeros, un delirante texto poético y novelesco en que los humanos viajan a través de espacios muy distintos de la historia de esa mano literaria inspirada que termina envolviendo al propio Walcott. Leí este libro en el 2004 y escribí en su página inicial lo siguiente: “Homero creó a Odiseo. Lo hizo un ser viviente y lo incorporó a la historia. A lo largo del tiempo nunca se ha dejado de escribir sobre él. Ha nacido y vuelto a nacer bajo padres muy diversos que han presentado ángulos distintos de su personalidad; distintas posibilidades de su desarrollo. Odiseo ha sido persona, literatura e historia”.

Los últimos cuatro relatos del libro de Munro son descripciones de ella, de su niñez,  de sus padres y el pueblo: “Creo que es lo primero y lo último –y lo más íntimo- de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida”. Y ella sale de todo eso que estaba acotada a una casa, a las pocas calles que recorría cuando iba y venía de la escuela, a sus compañeros con los cuales casi nunca estableció amistad. Ah, pero también ella sale de su madre, esa ‘mujer seria, que antes de darme lecciones a mí daba clases en un colegio’. Esa, la misma que usaba palabras superiores a las del resto y que no lograba despertar la simpatía de nadie.

Todo esto ha hecho que le declare mi afecto al Premio Nobel y que acercándose la fecha esté atento a saber quién será designado. He leído a otros aparte de los mencionados en este texto, pero hay muchos otros que ni siquiera he ojeado y que esperan que les preste atención. De mayor leí a Mommsen (1913) y aprendí de memoria un poema de Prudhomme (1912). Nunca se sabe lo que vendrá luego.