Opiniones

Pensar el siglo XX de Tony Judt

Por Nicolás Cruz, editor de historiaycultura
(dedico estas páginas a este libro cuya lectura me atrajo en el año 2013)

El libro Pensar el Siglo XX que contiene las conversaciones entre Tony Judt y Tomothy Snyder, fue publicado en inglés y en castellano en el año 2012. Contiene las reflexiones finales de Judt sobre la historia de la forma en que los intelectuales intentaron comprender, explicar e incidir en el siglo XX; una centuria que tiene uno de sus sellos distintivos en la gravitación de los pensadores europeos –tanto de la Europa Occidental como de la del Este,- y de los norteamericanos (muchos de ellos europeos emigrados a raíz de las guerras mundiales). El tiempo abordado se extiende entre el Yo Acuso de Emile Zola (publicado el 13 de enero de 1898) hasta la era de Reagan y el proceso de unificación Europea, percibidas estas dos últimas situaciones como la muestra del retiro de los intelectuales de la vida pública y su reclusión al interior de las universidades

Dos sujetos: vida pública e intelectuales, y la relación entre ellos, es lo que se pone bajo observación. Una vida política que dentro de sus múltiples transformaciones terminó con la consagración de la economía como el elemento central para organizar las sociedades, y que ha asistido a un cierre de siglo con un liberalismo que ganó terreno en Europa y que comenzó a extenderse con fuerza hacia los países del este de Europa, India y China. Esto que hoy parece ser un hecho de la causa no estuvo para nada claro durante la mayor parte del siglo XX, específicamente desde la Primera Guerra Mundial hasta las décadas que siguieron luego de la Segunda Guerra. Un final con algo de sorpresivo, sostiene Judt, el que solo puede comprenderse cuando se hace la historia completa del siglo sin fragmentar el tiempo en ‘siglos cortos’ o procesos acotados a unas décadas. Las discrepancias con Hobsbawn son claras y reiteradas a través de estas páginas. Bajo los grandes titulares que redactaron los intelectuales en torno a la marcha del mundo en una dirección hacia el comunismo o al fascismo, se estaba desarrollando otro proceso que fue poco advertido y que terminó por imponerse a partir de la caída de los gobiernos comunistas de la Europa del Este. Un punto interesante y bastante desarrollado por Tony Judt y Timothy Snyder consiste en evidenciar que durante un período extenso del siglo XX, hasta la consolidación de los Estados Unidos en la escena internacional,  tanto el liberalismo como las democracias liberales estuvieron bastante desacreditadas y pocos advertían en ellas una alternativa viable: “Que el liberalismo acabara siendo victorioso – si bien en gran medida gracias a su reconstrucción a partir de muy diferentes bases institucionales- fue uno de los acontecimientos más inesperados de la época” (374).

Lo anterior encuentra una explicación en el hecho de que los intelectuales elaboraron visiones ideológicas a las que luego se atuvieron sin prestar mayor atención a lo que comenzaba a ser una evidencia contundente en contrario. Y para estos efectos, la relación entre el comunismo y los intelectuales de la Europa Occidental, especialmente los existencialistas franceses, resulta ser el paradigma más ilustrativo. ¿Cuánto podían o cuánto querían saber sobre lo que sucedía en la  Europa del Este? Ellos topaban antes que nada con una falta de información que los llevaba a saber poco de lo que acontecía, especialmente cuando luego de la Segunda Guerra, los escritores de los países ‘tras la Cortina de Hierro’ abandonaron el alemán como lengua de escritura y comenzaron a hacerlo en idiomas que no eran conocidos por el resto de los europeos. Pero además, tampoco tuvieron mayor intención de observar . Para estos efectos, Judt argumenta que se ha escrito varias veces la historia de los pocos intelectuales que luego de sus viajes por países del Este cambiaron su visión y se convirtieron en críticos de los gobiernos comunistas, pero que no se ha hecho, en cambio, la de tantos que fueron y no modificaron en nada, al menos públicamente, aquellas impresiones que tenían antes de partir.

Todo esto, menciona Tony Judt, no tiene la intención de hacer un ajuste de cuentas (aunque parece que ganas no le faltaron, especialmente con ciertas figuras entre las que destacan Hobsbawn y  Sartre), sino que más bien identificar y reflexionar sobre una característica de los intelectuales que, a lo largo del siglo, generaron un discurso sobre sí mismos que superó sus actuaciones. En este Pensar el Siglo XX se encuentra un debate sobre la condición del intelectual a la luz de su comportamiento histórico, así como una discusión en torno a las características de su quehacer en los inicios del siglo XXI.

Pero, ¿pensar el siglo XX? (El título original en inglés acepta la traducción de Pensando el Siglo XX), ¿a partir de que coordenadas se hace? El ‘Prólogo’ se inicia con “Este es un libro de historia, una biografía y un tratado de ética”. Respecto de la historia y de la ética algo hemos dicho ya, pero el término biografía contiene varios aspectos interesantes. Una primera acepción es la de biografía en el sentido más habitual: la familia de Judt, sus años jóvenes, sus mujeres (varias y algunas criticadas), estudios, cátedras universitarias, temas de trabajo e investigación, etc. Una segunda acepción y que se relaciona con lo más profundo del libro, radica en que una persona mira un determinado tiempo a partir de ángulos específicos y de aquellos temas que ha formulado como propios. En el caso específico de Judt se trata de una historia de la política y los intelectuales, algo que no incluye los políticos que casi no son mencionados (De Gaulle, una vez y Churchill apenas sobrepasa la decena). A lo anterior se agrega el hecho de que el espacio geográfico es acotado a Europa, Israel y los Estados Unidos. Por momentos pareciera que en el resto del mundo pasó poco o nada en el siglo XX, algo que se extiende a China, India y América Latina y a sus respectivos líderes (Mao es mencionado dos veces, Gandhi no figura y tampoco Gamal Abdel Nasser y  Fidel Castro, por ejemplo).

Tony Judt aborda el punto señalando “La diferencia entre un libro asertivo y uno distorsionado por los prejuicios del autor, a mi parecer, es que el primero reconoce la fuente y la naturaleza de sus opiniones y no alberga pretensiones de objetividad absoluta” (375). En otras varias partes señala que el suyo no es un texto de historia mundial o una historia del siglo XX. Se trata, entonces, de una visión que se articula a partir de puntos específicos y que se centra sobre temas lo suficientemente gravitantes que, aunque siendo parciales, se relacionan de manera directa con los argumentos centrales del período. El historiador puede abordar cualquiera de ellos siempre que haya desarrollado una competencia para hacerlo y no tiene necesariamente que restringirse a la sola escritura de la historia nacional.

Los tres grandes personajes de la historia de Judt están corriendo suertes distintas en estos  momentos iniciales del siglo XXI: Europa sigue siendo una incógnita y probablemente la forma de salida a la crisis económica actual vaya a tener mucha incidencia en el punto. En cualquier caso, señala el autor, la comunidad europea no ha contado con una participación activa de los intelectuales europeos. Estos, vistos como un segundo personaje, están concentrados hoy en unas  universidades que tiene sus agendas propias, las que solo a veces se encuentran con lo público. Como todos, cuando aparecen públicamente, debe hacerlo bajo el imperio de los segundos precisos que les conceden los medios. El historiador, como tercer personaje, ese que se genera un tiempo para estudiar (investigar), pensar, conversar y analizar, deberá buscar la forma de insertarse en un ambiente cada vez más centrado en las especialización.