Opiniones

Los Personajes de John Huston

Por Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

En varias de películas que dirigió John Huston (1987-1906) aparecen, en condición de protagonistas, hombres de mediana edad que se encuentran en una situación límite que los llevará a su destrucción. Son hombres que se encuentra en su máxima tensión, solitarios y viven en escenarios marginales. Todo lo anterior es el producto de una mezcla de marcado desencanto y la ira. Casi todos ellos, salvo el sacerdote anglicano de La Noche de la Iguana (1964), ya han perdido la capacidad de atender  a los mensajes -afectivos en la mayor parte de los casos- que llegan hasta ellos y que podrían ayudarlos en su vuelta a  alguna forma de estabilidad.

Es probable que los dos personajes que representen mejor lo señalado sean el  Touulouse-Lautrec en Moulin Rouge, y Geoffrey Firmin en Bajo el Volcán, la primera película es de 1952 y la segunda de 1984. Toulouse- Lautrec es aceptado, hasta querido si se quieren exagerar un poco las cosas, en el Moulin Rouge, donde tiene una mesa y las consideraciones de las artistas y empresarios del lugar. Pero cuando termina la función y se abre la calle él se encuentra en la marginalidad y el rechazo absolutos, tanto que ni siquiera las prostitutas quieren meterse con ese contrahecho. En esa circunstancia el alcohol fue ganando terreno y agudizando el cuadro recién descrito. El pintor que retrató Huston fue uno que perdió las ganas de tener la fuerza necesaria para luchar. Menos decoroso será unos treinta años después el personaje de Firmin, el ex cónsul de Gran Bretaña en México y radicado en Cuernavaca. Ahí no hay un hecho puntual o una característica específica que hayan desatado una crisis que parece afincarse en el desencanto que muchas personas lúcidas experimentan en relación a la vida que llevan. En su caso, el alcohol corría a torrentes y de manera contemporáneo a su tránsito desde los puestos diplomáticos de la ciudad a aquellos más marginales –física y socialmente hablando- donde terminará por encontrar la muerte.

La situación de ambos personajes es dramática y tiene raíces profundas. El desencanto en su expresión máxima, estará marcado en su máxima expresión por la figura del sacerdote anglicano que personificó un joven Richard Burton en La Noche de Iguana (1964). Expulsado de su parroquia por mantener relaciones íntimas con sus feligresas, dirige unos viajes por los lugares que Dios había creado en México. Sus pasajeras, un grupo de profesoras jubiladas de colegios confesionales, lo reprueba en su trabajo y obtiene su despido. El ex sacerdote, un hombre de fe, terminará por romper la cadena de la religión y se quedará a vivir con su amiga que dirige un hotel en Puerto Vallarta (Ava Gardner).

El desencanto de…es con la rigidez de una sociedad que ha terminado por hacer de la religión una serie de actos externos y que se muestra despiadada con quienes ‘caen’ en algunas de las variadas formas de pecado. Y el ha sido uno de los que ha caído y la actitud de sus feligreses y de sus maestras cristianas compañera de viaje no ha  sido de aquellas que ayudan a levantarse.

Ahab, el capitán del Pequod, representado de manera magistral por Gregory Peck,  obsesionado con Moby Dick (la película de Huston fue de 1956) es la personificación de la ira, aquella que supera y deja en la sombra a cualquier otro sentimiento, esa que impide que otro objetivo interfiera entre él y la ballena asesina. John Huston, quien intentó ser lo más fiel posible al texto de Melville, destaca la tensión entre la ira individual (la de Ahab) y la dimensión colectiva que esta va adquiriendo y que terminará por causar la muerte de todos los participantes en la persecución de la gran ballena. Bueno, de todos menos uno, y lo que sabemos es por su narración. La ira destruye al capitán del Pequod y eso era algo que él sabía y buscaba. Así fue escrito en 1851 por Hermann Melville en 1851 y así lo recalcó Ray Bradbury al escribir el guión para el film en 1956.

Ahaab no tuvo una mujer que le ofreciera una alternativa diferente que el habría, ciertamente, rechazado. Pero si la tuvieron Toulouse-Lautrec, Firmin y el sacerdote…, encarnadas en esos personajes sobre las cuales los críticos han reparado  poco, y en relación a las cuales nosotros proponemos una relación entre ellas y subrayamos su importancia en el cine de Huston. No se trata de las protagonistas (Ava Gardner, Zsa-Zsa Gabor, por ejemplo), sino de aquellas secundarias que se encarnan en la pintora de retratos de La Noche de la Iguana, en la silenciosa admiradora Marie Claire de Toulouse-Lautrec y en Ivonne, la mujer de Firmin que vuelve a buscarlo a Cuernavacas. En apariencia serían mujeres ingenuas –varias de ellas comparten una vida casi cercana a la castidad- y de pocas palabras aunque no de sentimientos. Desde esa posición ofrecen una posibilidad a los desesperados protagonistas, y lo hacen por medio de la palabra y no de la acción, aspecto en el que las películas de Huston fueron siempre conservadoras. Su fracaso es la última posibilidad antes del fatídico desenlace final.

Nos parece que los personajes preferidos de Huston se movían principalmente entre aquellos masculinos desencantados, solitarios y marginales y aquellas enigmáticas y lúcidas mujeres que no habían calzado del todo con el modelo tan fuerte que imperaba en su época.