Opiniones

Morir en Berlín

Por Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

Carlos Cerda publicó en 1993 la novela Morir en Belín. En ella narra la historia de Mario y Lorena, un matrimonio muy joven, que luego del golpe de estado en Chile se vieron en la necesidad de exilarse en la República Democrática Alemana. El tiempo de la novela es el de la década y media siguiente, con todas las vicisitudes de la instalación en la ‘nueva patria’, la convivencia con los otros desterrados en un barrio destinado para ellos y la sujeción a ‘La Oficina’, un organismo que, dirigidos por chilenos, mediaba, controlaba y ordenaba la vida de los chilenos con las autoridades del país anfitrión.

El exilio fue una experiencia que penetró de manera profunda en cada uno de los aspectos de la personalidad y de la vida de quienes lo experimentaron. Se llegaba al lugar que se podía, o a  aquel que más generosamente abría las puertas, se realizaba el trabajo que le ofrecían dejando de lado la preparación o vocación que se tenía. Y a partir de ahí había que intentar insertarse en una sociedad ajena en su lengua, costumbres, entorno geográfico, etc. Pero, y sobretodo, se seguía siempre viviendo, a través de los recuerdos, las cartas y las noticias, en Chile, esa gran nostalgia que no dejaba de hacerse presente ningún día y que se las arreglaba para llegar vía los diarios, la radio, la televisión y, de tanto en tanto pero con una enorme fuerza, por medio de las visitas. Se habitaba en el exilio pero se vivía al otro lado de la Cordillera de los Andes, en casas con patios y familia numerosa y almuerzos dominicales, al menos estas últimas eran las imágenes que se le aparecían de manera recurrente a Lorena en sus momentos de crisis en Berlín.

El destierro es el resultado de la violencia y de quien se levanta en un conflicto como un vencedor despiadado. Y de esa combinación nos habló ya Herodoto, el primer historiador, cuando daba vida y palabras a los antiguos gobernantes que habían sido expulsados de las ciudades griegas por sus adversarios. Y luego habló de eso Polibio, y después Plutarco, y después…y después. El exilio es un fenómeno de todos los tiempos y todos los lugares;  el exilio es una recurrencia desde la historia antigua a la contemporánea.

Lo anterior es uno de los puntos más importantes de la novela Morir en Berlín por cuanto los desterrados que llegan comparten con quienes los reciben la experiencia de la violencia extrema y el exilio. Los primeros, bien lo sabemos, eran los derrotas de la ‘guerra de Chile’, los segundos lo habían experimentado unos cuarenta años atrás bajo la dictadura nazi. En estos últimos, dada la mayor extensión temporal, resulta posible advertir las marcas imborrables dejadas por la experiencia. En Berlín se encuentran e inician una convivencia, no siempre feliz, los sesentones que un día fueron perseguidos, encarcelados y abusados por los nazis, con quienes treinta años después habían tenido una experiencia similar.

Las cartas, mensajes y noticias, ya lo señalamos, eran componentes de primera importancia en la vida distante. Y en ellas se empezó a decir y contar, a partir de 1982, que el retorno era posible y que la dictadura  chilena había empezado a elaborar unas listas en las que podía ‘aparecer tu nombre’ con el permiso para el regreso, o quizás no, y todavía correspondía esperar con la esperanza de que se figuraría en el próximo elenco. Era la primera hebra de ese largo hilo cuyo desenredarse Mario Benedetti denominó ‘el desexilio’, aquel contra-proceso por el cual la dictadura que te había expulsado, te abría la posibilidad perentoria del regreso.

En torno al desexilio se discutió mucho si cabía entenderlo como un acto voluntario que se contraponía al exilio involuntario. Mario Benedetti escribió varias veces recalcando que el desexilio volvía a entregar una libertad protagónica a quien lo adoptaba. La experiencia de los exiliados chilenos de tantas partes del mundo muestra lo contrario. Solo en los primeros días luego de obtener la autorización de retorno se generaba una rebelión en la cual el exilado estipulaba condiciones y fechas para volver. Se las decía a él mismo y las repetía delante de todos los que lo quisieran escuchar. Pero, poco después, muy poco después, estaba en el avión de vuelta habiendo dejado todo medio botado en esa residencia temporal que lo albergó por tantos años y en la cual, después de todo, tenía poco o nada.

Si la mayor parte de los chilenos no supo casi nada de la vida de los exilados, tampoco estos tuvieron una imagen precisa de lo que había pasado en Chile durante los años que estuvieron fuera. La transformación, presentada como una degradación aguda, fue el tema de Una Casa Vacía, una novela publicada por Carlos Cerda en 1996 y que fue la contracara de Morir en Berlín. Andrés, el exiliado que viene de la RDA., comprueba que la dictadura, y más específicamente su violencia, ha llegado hasta los rincones más íntimos de cada una de las personas con que toma contacto a su vuelta. Ahora él se siente extraño y ajeno en la tierra, y entre los parientes y amigos a los que tanto ensalzó en los años del exilio. Se inicia una nueva etapa de desadaptación, una prolongación de lo vivido en los años anteriores, el desexilio pleno del que hablaría Benedetti.