Opiniones

La gravedad del cierre de La Nación
(24 de septiembre del 2012)

En el día de hoy se ha materializado el cierre del diario La Nación, y con esto el fin de una actividad periodística comenzada en enero del año 1917. El principal gestor de este cierre ha sido el gobierno, accionista mayoritario del diario, el mismo que se había impuesto para que terminara con su versión impresa en el 2010 y mantuviera hasta hoy una de tipo electrónica.

Resulta grave que un gobierno decida reducir los medios de comunicación con que cuenta y como consecuencia directa las posibilidades de expresar su opinión ante una serie de temas cruciales que se suscitan cotidianamente. Tengo la impresión de que una labor de los encargados del Estado es asegurar que su postura encuentre los canales adecuados para expresarse. No comparto las palabras del ministro de la Secretaría General de Gobierno cuando dice “el Gobierno tiene la convicción de que hoy día no se hace necesario ni por razones económicas ni por razones informativas que el Estado o cualquiera sea el gobierno de turno sean propietarios de un diario de carácter oficialista”. ¿Hoy día no se hace necesario?, ¿qué se quiere decir con esa presuntamente sesuda ‘convicción’ del gobierno? Y agrega luego que la diversidad de información está garantizada por la variedad de medios. Imagino que concordará que esa diversidad se ve disminuida cuando uno de los protagonistas de ella, el Estado, decide retirarse de la escena, argumentando con una simpleza asombrosa que algo así ya no es necesario.

Esta decisión se adopta cuando Chile se acerca a la discusión de una serie de temas de primera importancia que requerirán mucho debate y en que se hará necesario dar a conocer la posición del o de los gobiernos de manera profunda y por escrito respecto de esos temas. Cuando llegue ese momento- pensemos en el caso de la discusión sobre la energía, por ejemplo- no contaremos con una voz oficial que diga ‘así piensa el gobierno y lo hace por este y este otro  motivo’. Los medios privados le darán más o menos espacio de acuerdo a sus ópticas e intereses. Lo hemos visto ya y lo seguiremos viendo, ahora con más fuerza ya que una de las partes decidió guardar silencio. La explicación entregada en cuanto a la necesidad resulta difícil de sostener en este momento y seguirá siéndolo en cualquier otro.

El cierre del diario La Nación viene a constituir un capítulo más en la sostenida  disminución de los medios de prensa escritos en Chile, proceso que se inició justo cuando una parte mayoritaria de los chilenos pensaba que con la democracia se consolidarían aquellas publicaciones que habían surgido en los años finales de la dictadura. Eso fue en los inicios de los años 90 e implicó un error de marca mayor de las autoridades del gobierno de Patricio Aylwin. Esta decisión terminó por costarle caro a la Concertación cuando despertó de su sueño ingenuo y advirtió que su ´peso real’ en las grandes cadenas de diarios chilenos era casi nula. La disminución ha significado la concentración de la información en dos cadenas nacionales de diarios, las que publican la casi totalidad del avisaje, y que disputan entre ellas de manera algo bizantina en términos de ‘lo moderno’ vs. ‘lo antiguo’, ‘católico contra laico’, pero no en cuestiones cruciales como independencia frente a los auspiciadores y apego a la veracidad de la noticia. Un diario menos no tiene otra posibilidad que producir el efecto de que el segmento se divide entre menos y a los pocos que quedan les toca más.

En el cierre de este diario de 95 años de antigüedad hay motivos ideológicos ya que este medio es percibido por la centro derecha como un insalvable e incontrolable, pero también porque tienen la convicción e que ellos siempre sabrán entenderse con medios que les son afines y que representan adecuadamente sus intereses, los que coinciden con los de  las empresas informativas. De ahí que el concepto de lo innecesario de La Nación tenga más lecturas que las que el ministro vocero del gobierno dio a entender.

El presidente de la UDI (Unión Demócrata Independiente) planteó una de las defensas que ilustran con mayor claridad el pensamiento de su sector respecto a los problemas relacionados con La Nación, cuando apuntó  que "no hay ninguna razón que justifique que el Estado sea dueño de un medio de comunicación". Y agregó que en las democracias modernas no se justifica este modelo de medios de comunicación. La idea, a partir de estas palabras, podría extenderse entonces a la televisión estatal chilena.

El ministro Secretario General de la Presidencia y el Presidente de la UDI, quien hasta muy poco ejercía como presidente de la Cámara de Diputados, coincidiendo ambos en la necesidad ‘imperiosa’ de cerrar un diario del Estado. ¿Cómo se puede explicar algo así? No por su formación, por cierto, ya que ellos nacieron a la vida política bajo el gobierno de Pinochet, un viejo zorro que sabía bien que algunos diarios no se debían cerrar nunca aunque estuviesen en la bancarrota y fueran privados, y que el Estado hacía bien en velar por su mantención. No tengo la noticia a la mano, pero estoy seguro que ellos con ‘convicción’ estuvieron de acuerdo con el flotador que se le envío a El Mercurio en uno de los momentos más álgidos de su historia.

Por Nicolás Cruz, editor de historiaycultura