Opiniones

Carlo María Martini en la derrota final

Coincidiendo con su aparición en castellano (2008) tuve la oportunidad de leer y reflexionar sobre los contenidos del libro Coloquios Nocturnos de Jerusalén, que contiene una serie de conversaciones que Martini sostuvo con Georg Sporschill en Pontificio Instituto Bíblico de Jerusalén. Se trataba de un momento especial en la vida de este sacerdote jesuita que durante varias décadas había encabezado la diócesis de Milán en Italia, que había estado en el centro de los tiempos del Concilio Vaticano II y que a los 75 años había dejado la ciudad de su obispado para instalarse en Jerusalén.

En ese momento ya se profundizaba el parkinson que lo afectaba desde hace un tiempo y veía cercano su final “…hoy le pregunto y le pido [a Dios] más bien que me acepte y que, cuando las cosas se pongan difíciles, no me deje solo”. Sus comentarios, entonces, tienen el carácter de un resumen de una extensa vida religiosa, de una visión sobre una sociedad que había cambiado durante la segunda mitad del siglo XX, y en un momento en que se suavizaban muchas de las que alguna vez fueron sentencias tajantes. Son, a mi entender, las palabras de un viejo que se había acercado a la sabiduría.

Entre las múltiples referencias que hace a su persona, su labor pastoral y la relación de la Iglesia Católica con la segunda mitad del siglo XX, destaca la siguiente síntesis:

 “Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre  su camino en la pobreza y la humildad, con una Iglesia que no depende de los poderes de este mundo. Soñaba con que se extirpara de raíz la desconfianza. Con una Iglesia que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud. Con una Iglesia que diera ánimos, en especial a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia Joven. Hoy ya no tengo esos sueños. A los 75 años me decidí a orar por la Iglesia. Miro hacia el futuro” (p. 97).

Uno de esos hombres, diríamos, que hicieron del Concilio Vaticano II el centro de su pensamiento y  acción. Uno de aquellos que solicitaron a la Iglesia que buscara  relacionarse con grupos cada vez más amplios de personas diversas, más que con los sistemas y sus instituciones como finalmente terminó haciéndolo la institucionalidad católica en la segunda parte del siglo pasado. Una Iglesia que fuera incorporando más seguidores, y que la característica de estos fuera que se sumaban en respuesta a una invitación abierta, dialogante, cristianizada en su raíz, lo que es un sinónimo de humanizada. Una Iglesia que mantuviese el ‘buen oído’ y el intento de ‘sintonía fina’ de los 70s. del siglo XX.

Martini terminó por integrar el sector de aquellos derrotados que han visto el distanciamiento entre la Iglesia Católica y los jóvenes a quienes se ha esmerado en educar, pero poco o nada en escucharlos (“De todos modos, la Iglesia ha levantado una barrera hacia la juventud”.) ; entre quienes han visto crecer la distancia del centro con los sectores marginalizados puestos bajo anatema y que, respondiendo como era de esperar, se han marchado y que difícilmente volverán a prestar atención a la palabra de la Iglesia Católica ( “…en los países occidentales, uno de cada dos o tres matrimonios termina divorciado. No deberíamos culpabilizar a determinadas personas” Y más adelante: “No obstante, en la Iglesia tenemos que reprocharnos en el trato de la homosexualidad el hecho de que, a menudo, hemos sido insensibles…

La derrota no significa necesariamente el fin de la esperanza y de una visión de futuro. Los tiempos difíciles pueden ser cuestionados y asaltados en lo que parecen ser sus  argumentos más fuertes: no se puede dejar de luchar por la formación de ‘personas activas’ más que ‘consumidores pasivos’; a la misma sociedad de consumo hay que contrastarla con un diálogo permanente entre tradición y novedad, “entonces podríamos ayudarnos unos a otros a avanzar en el amor y seríamos más capaces de amar”. La derrota no significa quedarse sentado y dedicarse a refunfuñar contra un mundo en el que supuestamente todo va mal. La cultura y la fe personal también nos permite imaginar que este será un período en una larga historia que todavía tiene muchos episodios por escribirse.

Desde hace tiempo me ha gustado este Carlo María Martini que en sus Coloquios nocturnos en Jerusalén (Editorial San Pablo, 2008) se muestra en camisa de manga corta y dispuesto a abordar todos los temas de la Iglesia de los tiempos finales de su vida, cosa que hizo desde el retiro y el silencio creativo.

Por Nicolás Cruz, editor de historiaycultura