Opiniones

Cosas de peliculeros

Hace cuatro años que vamos al cine a ver una película a la semana, seguida de una buena comida en la que dedicamos la mayor parte del tiempo a comentar lo visto. Se acumulan a  nuestro haber una gran cantidad de filmes vistos en la medida que se van estrenando en la cartelera nacional. Una vez a la semana en sala implica abrirse a la variedad de temas, procedencias, actores, etc. Significa, además, seleccionar con un criterio laxo que posibilite poder contar una película a la semana para ver. A esto se agrega que la experiencia constituye una ventana que permite apreciar en parte lo que está sucediendo dentro de los cines de Santiago y apreciar algunos rasgos del comportamiento cultural de los habitantes de la ciudad. 

En estos años hemos visto varias películas muy buenas (La Duda, 2008;  El Gran Torino, 2008; Gatos Viejos (2010) y El Hombre del Lado (2010), Violeta se Fue a los Cielos (2011), y varias otras) junto con algunos bodrios que nos han enfurecido (Cristina Vicky Barcelona, de W. Allen, 2008).

Hemos asistido a algunas escenas magistrales, y de entre ellas seleccionamos aquella en que se enfrentan cara a cara el padre Flynn  (Philip Seymour) y la monja Aloysius Beauvier (Meryl Streep) en el punto más alto de la ya mencionada La Duda. El sacerdote cede ante las graves acusaciones de pedofilia que le está dirigiendo la monja, pero no parece hacerlo porque acepte la culpabilidad, sino que lo hace ante la imposibilidad de argumentar y discutir contra la roca en que se ha convertido su interlocutora. La escena dura unos segundos en que todo puede entreverse y, para nosotros, constituye el momento magistral de la cinta. Lo contrario nos sucedió con la ya mencionada Vicky Cristina Barcelona. Esta vez, debido a lo decepcionados que quedamos con el personaje de Penélope Cruz López, a quien la interpretación de la esposa desquiciada del personaje de Javier Bardem le valió el Oscar a la mejor actriz de reparto 2009. Nos preguntamos cómo era posible que un director de la talla de Woody Allen hubiera presentado una versión tan cliché y manoseada de la mujer latina: falsamente enigmática, absurdamente irracional. “Es bueno ver que los grandes también se caen de vez en cuando” dijo uno de nosotros, “Los hace ver como humanos que también se equivocan”.

En estos cuatro años hemos visto consolidarse una serie de cambios en el comportamiento de los espectadores. El pacto de silencio y concentración que una vez se estableció en los cines aparece cada vez más amenazado por la presencia creciente y variada de alimentos que ingresan a la sala, permitiéndonos saber a que huelen las palomitas o sentir los olores de la mayonesa y mostaza sintética de los hot dogs. Hace unas semanas apareció la noticia de que los cines estaban teniendo mejores ingresos por la venta de comidas que por la taquilla. Ante tal realidad, todas las barreras para regular el consumo de comidas han ido cayendo, y no es raro que las butacas, y el piso de la sala, estén cada vez más grasientos.

Se apaga la luz y comienza la función se solía decir antes. Hoy corresponde señalar que se apaga la luz central y se encienden varias luces de los celulares. Durante toda la película hay personas que no resisten echar mano a sus teléfonos, interrumpiendo con la luminosidad o más derechamente respondiendo llamadas. En los últimos meses los cines han retirado el aviso que llamaba, cortésmente, a los espectadores a que apagaran sus móviles. Ninguna administración osará ponerse muy fastidiosa ante un monstruo que requiere de comunicación inmediata y constante.

Para algunos cines la luz tiene una manera más dura y triste de apagarse. Ya en el Cine Tobalaba se apagó sin volverse a encender: una gran pérdida que comentamos en una edición anterior de esta página. Esperamos que no suceda lo mismo con el Normandie de la calle Tarapacá. Las veces que hemos ido, y la semana pasada anduvimos por allá para ver la recomendable Nannerl, la hermana de Mozart, no superamos los diez espectadores. Ameritaría un estudio la falta de gusto del santiaguino por la diversidad cinematográfica y el castigo de la ausencia a estas salas que presentan un circuito levemente alternativo.

En estos años hemos visto películas muy buenas y buenas…en salas que, aunque se apaguen cada vez menos, siguen conservando la magia de la gran pantalla luminosa vista desde la oscuridad. Las hemos visto porque así lo hemos acordado y luego hemos corrido a comer donde unos chinos magníficos y generosos con sus platos y bajativos, y este ritual nos ha permitido ver buenas historias, nos ha permitido pasarlo bien y mejorar nuestra calidad de vida.

Por Nicolás Cruz x2 y Camila Krauss