Opiniones

En todas las guerras pasa lo mismo

En el Museo de la Memoria (Santiago.cl)  se expone la serie Abu Ghraib de Botero relativa a las torturas  y humillaciones de los iraquíes prisioneros de los norteamericanos en su propio país. Las pinturas, elaboradas a partir de las fotos en que los mismos soldados dejaron registro de su ‘interacción’ con sus capturados, muestran a hombres de cuerpos grandes y fuertes (aun considerando la estética de Botero) que aparecen doblegados y reducidos a la nada. Si bien están padeciendo, cuestión más que evidente en cada uno de los cuadros, sus cuerpos no aparecen crispados, no gritan, sólo padecen y lo hacen con una silenciosa dignidad.

Nosotros sabemos algunas cosas concretas de lo que sucedió en la cárcel de Abu Ghraib en el año 2003, cuando los detenidos fueron sometidos a los abusos por parte de los miembros de la Compañía 372 de la Policía Militar de USA., por miembros de la CIA y otros funcionarios. Entre esas cosas, nos informamos que mujeres (soldados y funcionarias) jugaron un papel destacado en las acciones violentas. De hecho, la joven soldado Lynndie England, de 22 años, pasó a convertirse en el símbolo de los excesos, tal como lo fue también Janice Karpinsky, la oficial norteamericana encargada de la cárcel (Un cuadro aparte es cualquiera de sus fotografías en Internet). Sabemos, además, que  England no se mostró arrepentida de sus acciones, aunque si manifestó su pesar por sus ‘camaradas de armas’ que sufrieron la represalia. Tenemos noticia de algunas cosas y habrá muchas otras a las que podremos acceder solo con los años y cuando los historiadores se pongan a la paciente maniobra de unir las piezas sueltas.

En Abu Ghraib sucedieron cosas horribles que tiene lugar todas las veces que alguien detenta un poder sin control sobre un ‘enemigo’ que se encuentra desprotegido, tal como ha sucedido desde los romanos y cartagineses en adelante. Desde este punto de vista, podemos decir que en todas las guerras sucede lo mismo.

En el segundo piso del Mueso de la Memoria se encuentra una carpeta en la que mujeres jóvenes, embarazadas, sometidas a torturas durante los primeros años de la dictadura militar, narran sus suplicios. También en sus casos el cuerpo fue el objeto identificado para atacar, degradar y destruir. Y de manera más específica, una serie de ataques concentrados en sus órganos sexuales, los que, una y otra vez y por los procedimientos más diversos, eran agredidos. La mayor parte de ellas perdió a los hijos que estaban esperando.

Mujeres oficiales y mujeres soldados atacan y agreden sexualmente a sus prisioneros en Irak. Curiosamente en algún momento, decidieron vestirlos de mujeres para hacer mayor su humillación. Hombres oficiales y hombres soldados identifican la sexualidad de las prisioneras chilenas para intimidarlas, degradarlas y destruirlas. Hay un patrón común de comportamiento en medio de la impunidad que unas y otros creen gozar.

Las pinturas de Botero postulan una dignidad del hombre torturado en cualquier parte ya que los representados parecen habitantes de muchas partes del mundo más que de alguna en específico. Las denuncias de las mujeres torturadas, puestas sobre el papel de acuerdo a un cierto orden gramatical e impresas en tinta, tienen esa marca de la suerte de  imposibilidad de transmitir  en toda su intensidad un proceso tan personal y brutal. Pero unos y otras no serán nunca más los/las mismos de antes de su detención. Estas torturas marcan para toda la vida y obligan a las personas a vivir en función de ese recuerdo y la necesidad de elaborarlo para seguir vivos.

Todo el Mueso de la Memoria es una construcción destinada al ‘para que nunca más’. Pero, ¿nunca más qué, específicamente? Es probable que lo fundamental consista en impedir que alguien decrete enemigo a otro y decida su aniquilación por cualquier medio, dado que cuando esa situación se produce en un escenario de poderes sin contrapeso, una y otra vez se puede observar el recurso a una violencia extrema y un vértigo de exterminio que parece incontrolable.

La muestra de Botero, así como la totalidad del museo que la alberga, puede entenderse de manera simultánea como una denuncia y un llamado a la tolerancia, como una acusación de los excesos criminales y una exigencia de una educación en el respeto y la fraternidad. Al momento de escribir esto percibo que digo lo que millones han dicho antes y casi con las mismas palabras, es cierto, pero no encuentro otra manera de hacerlo, y me parece importante decirlo, y que mientras más se haga, mejor.

Por Nicolás Cruz / editor de la página