Opiniones

¿Cambió algo en los EEUU un once de septiembre de hace 10 años?

Una de las cosas que cambiaron luego del ataque a las Torres Gemelas fue la precepción del peligro entre los llamados norteamericanos.

Entre ellos una de las percepciones más arraigadas era la de su enorme poder  y su invulnerabilidad. Nadie podía contra la ciudad más fuerte del mundo. Las guerras eran algo que cada vez se libraban en lugares cada vez más distantes y casi desconocidos (Korea, Vietnam, Afghanistan), y sus resultados podían afectar el ánimo, pero no la materialidad de una ciudad que siempre podía hacer frente y superar los ataques y desafíos que la afectaban.

Los peligros para Nueva York no provenían de otros países puesto que ninguno tenía la fuerza para amedrentarla. En la primera parte del siglo XX, éstos venían de los parajes más atrasados y desconocidos del planeta, mientras que en la segunda mitad lo hacían de las galaxias. Esos eran los adversarios a quienes los neoyrkinos, en representación de todos los norteamericanos, se enfrentaban y vencían.

King Kong, en este sentido, fue uno de los primeros grandes enemigos. Su impacto y perduración en la cultura y el imaginario norteamericano, a partir del año 1933, cuando se filmó la primera de las varias películas dedicadas a este argumento, reveló esta amenaza enorme que finalmente fue maniatada y reprimida porque a su fuerza bruta y primitiva se le opuso aquella del progreso y de la técnica que terminó por ser muy superior (Cabe recordar que es el mismo año en que en Escocia hacen furor las publicaciones en el Inverness Courier sobre las apariciones del monstruo del Lago Ness, al que se esperaba poder  destruir atacando el centro de su primitivismo telúrico).

La figura de King Kong como una fuerza primitiva controlable y derrotable tuvo dos momentos claros en la versión del año 33.

La figura de King Kong como una fuerza primitiva controlable y derrotable tuvo dos momentos claros en la versión del año 33.El primero fue cuando Carl Dehnam, su captor, lo presentó ante un teatro abarrotado de público en la ciudad de Nuerva  en la ciudad de Nueva York: “Este es Kong, la Octava Maravilla del Mundo”, y agregó “Era dios y rey (King) en el mundo que conocía, pero llega a la civilización como cautivo para satisfacer vuestra curiosidad”. No podía ser más claro el mensaje ante un Estados Unidos que seguía plenamente convencido de su superioridad, no obstante los embates de la Gran Depresión por la que atravesaba.

Luego vino la rebelión de King Kong, sus destrozos en el centro de la ciudad, su refugio en el Empire State Building recién construido, su lucha y muerte.

El 11 de septiembre del 2001 implicó un cambio brutal para los habitantes de Nueva York. Ahora un enemigo tomaba la ciudad por sorpresa, la atacaba sin que encontrara resistencia alguna. Y la hería en uno de sus símbolos más representativos.

La amenaza no provenía esta vez de una primitiva isla desconocida para la casi totalidad de los habitantes del planeta (la de King Kong), ni de algún lugar distante en el espacio (las galaxias). Nada de eso, los que castigaban a los habitante de la urbe más poderosa del mundo, eran los habitantes del desierto, a los que tantas veces habían amenazado, los que apenas poseían un desarrollo tecnológico; aquellos semi- nómades a los que alguna vez se había controlado y cuya división interna se había exacerbado de manera constante para mantenerlos en la mayor debilidad que fuese posible. Ahora el peligro provino de otras culturas que habitaban el mismo mundo y que dejaban a la vista que no había ninguna ciudad invulnerable.

Redactó: Nicolás Cruz (Editor de la Página)