Opiniones

Y qué fue, aquí estamos otra vez: sobre la memoria de nuestros desastres.

Como toda sociedad, la nuestra quiere ser memoriosa y va dejando en el espacio público la expresión de su memoria, pero también va ocultando aquello que nos trastorna, produce desasosiego, temor y terror. Los terremotos, y otros variados desastres, empezaron a formar nuestro territorio mucho antes de que alguien pensase en llamar Chile a este pedazo de tierra, y Santiago a la ciudad que ha concentrado la mayor parte de su población. Estos hechos, constantes y con apariciones inolvidables para varias generaciones, están ausentes en nuestras calles, plazas y esquinas. Les hacemos un conjuro en favor del olvido con la esperanza de que no vuelvan a suceder.

Pero reaparecen, y con ellos la memoria de sus víctimas, la caída de las casas y la rotura de las calles que los intentaron olvidar. Entonces se activa la memoria y comenzamos a recordar incluso aquellos grandes hitos anteriores a nuestro nacimiento o en los que no participamos: el gran terremoto de Chillán del año 1938; la devastación increíble de Valdivia en el 60, con su épico epílogo del Riñihue. Y todos, viejos y jóvenes, sabemos algún dato, una historia, y nos incorporamos como actores de una memoria colectiva. Pero en Santiago, ese registro no está en los espacios de la ciudad. ¿Conoces alguna calle con el nombre ‘Terremoto de Chillán? o ‘Destrucción de Valdivia’?, con su correspondiente placa dando cuenta de los datos básicos del hecho.

La pregunta se torna más dramática cuando preguntamos por los heridos y los muertos. Cada una de estos recordatorios de la naturaleza no se ha traducido en un memorial de aquellos que perdieron una parte de la vida o, directamente, toda la vida. No hay una escultura que refleje el terror que sentimos durante aquellos eternos minutos en que todo se mueve, sin que sepamos si parará o si sólo se trata de una obertura agitada que contendrá un final muy agitado.Y algo así podría haber a nivel de la ciudad y, por que no, en cada comuna. Algo de esto, al menos, ha sucedido en relación a aquel otro tipo de desastres que hemos hecho los chilenos; esos en que no hemos necesitado de ninguna fuerza externa para llevarlos a cabo.

Soñemos que Santiago no es Santiago, que sus habitantes no somos todo lo indiferentes que hemos aprendido a ser, y que le hemos concedido a nuestros artistas un espacio para que estén presentes en nuestros barrios. ¡Soñemos! Podría pasar que de los restos del terremoto hiciésemos colectivamente una obra recordatoria, capitaneados por los escultores de la comuna, plasmando recuerdos de nuestros deudos, sustos, importancia y rebeliones. Que además la calle correspondiente pasara a llamarse ‘La calle del edificio caído’, la de ‘los cinco muertos’. ¿Hay en Peñalolen o Macul alguna que se llame ‘aluvión del 93’?, ¿no serviría para honrar a los fallecidos y arrasados, además de recordar que se sigue construyendo en los mismos lugares como si nada?

Si no nos equivocamos, lo que pasa en Santiago se extiende por todo Chile, pese que los del norte recuerdan los desastres del sur, y los sureños han enviado su ayuda a los nortinos en más de una ocasión. Sucede no obstante la memoria popular haya puesto en versos, musicalizado, escrito y graficado estas visitas inoportunas que nos caen encima de tanto en tanto. Si siguiéramos esta línea creativa, debiéramos memorializar a nuestros muertos y recordar nuestros desastres, evidenciando a los más jóvenes  las proporciones y características de aquello que ellos saben que ha de venir desde que nacen.

Por Nicolás Cruz y Ana Cruz