Observatorio

Una mujer joven de 21 años escribió en el año 1949

 

“Días semi apacibles después de la horrible agitación pasado en los últimos, tormentosos días de Viña.
           
Peleé con Felipe por una terrible incomprensión que en él encontré. Sí, crecí junto a él y pasé los mejores años de mi niñez y juventud, me amoldé a él, reteniendo así  mi instinto desarrollado de sociabilidad, espontaneidad y alegría, de esa alegría que brota de dentro.
           
Así fueron estos años llenos de privaciones, no físicas sino privaciones espirituales. Mi habitual espontaneidad y alegría ya no formaba parte de la persona, sino que adormecida quedó dentro de mí hasta tal punto que llegué a convencerme que mi personalidad había cambiado. Tal era mi costumbre a esto que ya se me había hecho imperceptible aquella antigua personalidad.
           
El destino nos separó un día. Él partió a Europa y yo me quedé pensando, naturalmente serle fiel, como otras veces lo había hecho.
           
Esta relativa soledad en que me encontraba me hizo pensar mucho, medité y me encontré. ¡Con qué gusto me encontré! Verdaderamente me costó un mundo reconocerme. Me di cuenta como yo había sido y era actualmente. Sentí ansias de verme comprendida y de comprender, recibiendo así reciprocidad en mis sentimientos.
           
Me encontré en el camino de esos meses con alguien  que me supo llevar y hacer plenamente feliz.
           
Para mí esos días pasaron con la rapidez de un rayo. Salí y pasie [sic] como nunca lo había hecho. Los gustos eran los mismos. No me gusta la intensa vida social, pero si las cosas entretenidas como paseos, ballet y recreaciones un tanto espirituales. Las llamo así porque yo las gozaba intensamente y eran diversiones muy sanas, además veía el intenso goce que a él le producían tanto los espectáculos más el hecho de ir conmigo y verme auténticamente feliz.
           
Algún día pensé que me tincaba, pero oh ¡Absurdo! ¿Y Felipe? ¿Es que acaso no lo quería? No, eso no. Llegó el momento de la dualidad. Los dos me gustaban.
           
El otro era algo nuevo, algo que me atraía enormemente. En él encontraba la variedad más maravillosa, las diversas tonalidades en la personalidad de una persona. Era alegre, simpático, ultra inteligente, lo más que a mí me ha tocado conocer (esto sin el menor apasionamiento), con un arte para tratarme para tratarme, que creo que para esto escudriñó hasta el fondo dentro de mi propio yo.
           
De tal manera lo hizo que no alcancé a advertirlo. Lo único que puedo decir es que  me comprendió y me halago tan a afondo que me fascinó.
           
Yo inconscientemente lo buscaba, sin hacerlo notorio, por cierto.
           
Es un personaje con cualidades, ademanes, gestos, palabras, etc, que nadie las tiene, es sensible por excelencia y todo esto forma un conjunto que me hizo un efecto de imán. Es un tipo extraordinario que no tiene un ápice de la vulgaridad que caracteriza a todos los jovencitos bien”.