Observatorio

La tierra maldita: relatos bravíos de la Patagonia salvaje y de los mares australes.

 

La vida del escritor argentino Liborio Justo tiene todos los elementos necesarios para ser una apasionante película de época. Tiene acción, aventura y el choque de dos mundos, encarnado en la figura del autor. Por un lado el de la civilización, representado por las altas esferas políticas de la sociedad Argentina,  y por otro, el mundo salvaje que se vive en las lejanas tierras del fin del mundo.

Liborio Justo nace en Buenos Aires en el año 1902 y muere el año 2003, a la edad de 101 años. Es el hijo rebelde del general Agustín Pedro Justo, presidente de Argentina de 1932 a 1938.  En su juventud rompe con los lazos familiares y se une al Partido Comunista,  en el que militará activamente durante las décadas del 30 y 40. Desde ese momento dedica su vida a viajar por las tierras australes de la Patagonia, buscando sus raíces y ejerciendo el oficio de escritor, periodista y fotógrafo.

Quizás la escena obvia para comenzar la película sobre la vida de Liborio Justo, sería la recordada recepción que su padre realizó al presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), donde el aventurero encaró al presidente norteamericano con el grito de protesta “¡Abajo el imperialismo yanqui!”. Sería una entrada potente, que mostraría el coraje que movió la historia personal del hijo de un presidente, que se enfrentó a su padre y al ideal de mundo propuesto por el capitalismo. Sería un comienzo cinematográfico, aunque sospecho que si el autor pudiera decidir qué figuras familiares deberían tener relevancia en el filme, se volvería más atrás de la figura de su padre en el árbol familiar. A la figura de sus abuelos.  A los que sin saberlo engendraron la obsesión de las lejanas tierras del sur, de lo abandonado e indómito, en él.

 “Desciende de la línea paterna de varias familias españolas y una inglesa, establecidas en el río negro desde la época de la colonia, cuando esa zona era-y lo fue aún durante más de medio siglo- el único punto habitado de toda la Patagonia. Su abuelo fue uno de los conquistadores del desierto y de los primeros pobladores de la zona del Nahuel Huapí”.

Así dice el autor en La nota del autor, al referirse al llamado casi sanguíneo que siente por las salvajes tierras del sur, la Patagonia y los mares australes,  desde que es un niño. El primer contacto profundo con esas tierras consigue tenerlo en febrero de 1925, cuando a bordo del petrolero “Ministro Ezcurra” navega los mares del Sur hasta la Isla de los Estados, visitando, de paso, la explotación petrolífera de Comodoro Rivadavia. Ese viaje en vez de apaciguar el impulso del autor por entregarse a esas tierras lo convierte en una necesidad.

En 1928 realiza un largo viaje en que recorre toda la zona lacustre y las estancias de la región cordillerana de Neuquén, Río Negro, Chubut y sur de Chile, internándose por regiones selváticas y poco frecuentadas.

En los primeros años de la década del treinta, lleva a cabo distintos viajes por las aguas de la Patagonia y la Antártica argentina y chilena en barcos balleneros y de trabajo. Recorre los canales, los fiordos del pacífico, el estrecho de Magallanes, el Cabo de Hornos, las Islas Orbacas y las Georgias del Sur. Esas tierras desoladas y mágicas que pasan frente a sus ojos  se convierten en una revelación para él y el futuro  territorio por el que luego transitarán sus personajes, inspirados directamente en sus vivencias durante sus travesías.


En su periplo el escritor comparte con marineros, loberos, indios, presidiarios y aventureros, con el sin fin de tipos humanos que pueblan esas tierras. Donde la vida es salvaje y las labores que soporta la gente durísimas.  Conoce también a cientos de aventureros dispuestos a jugarse la vida en planes de fortuna con pocas probabilidades de éxito. Son éstos espíritus libres y osados los que seducen al escritor y a quiénes dedica gran parte de sus páginas. En ellos el escritor encuentra la cara inversa del sueño de la civilización y la modernidad. Logra percibir en esas historias de la Patagonia la esencia del ser humano en estado salvaje, la libertad pura y eso es lo que lo maravilla. El sentido de urgencia que  todo adquiere en ese territorio extremo y mágico, donde a diario se juega la sobrevivencia.

 “Pero una gran parte se agregaban a los aventureros que merodeaban por las costas de Tierra del Fuego, hombres de brutal coraje  y espíritu de sacrificio, sin ley ni patria, que lo mismo se lanzaban a matar lobos que a lavar arenas auríferas o a envenenar a los indios con aguardiente en cambio de sus pieles, llevándose también sus mujeres. Hombres que luchaban entre sí en riñas sangrientas, que pasaban una vida de privaciones sin cuento persiguiendo una fortuna que raras veces alcanzaban, y que derrochaban luego en cualquier boliche escaso de largos meses de penurias”.

Al volver al puerto de Buenos Aires en 1932 el viajero da forma a los relatos que componen La tierra maldita: relatos bravíos de la Patagonia salvaje y los mares australes en las mesas de cafés y bodegones del puerto de Buenos Aires, bajando al papel las vivencias que conserva aún frescas del lejano sur. De su periplo por los lugares más inhóspitos y primitivos de su patria y de Chile, de los que regresa cargado de vivencias, aventuras y sentido,  tras romper con lo establecido.

El libro abre con “La batalla”, la historia de un grupo de apaleadores de lobos marinos, que luego de realizar un infernal recorrido por las aguas gélidas del Pacífico y los canales,  arriban al Cabo de Hornos, donde en una ardua batalla dan muerte a más de cien lobos de dos pelos. Al momento de saberse ricos, se darán cuenta que su barco se ha despedazado contra los rocas y morirán abandonados en esa tierra perdida en una lenta agonía, rodeados de esas pieles con las que soñaron cambiar su suerte. Lo sigue “El Raque”,  donde grupo de saqueadores de naufragios recogen el botín de un barco inglés siniestrado y en cuyo interior se conservan los esqueletos limpios de sus antiguos ocupantes. 

Entre los retratos de la vida dura y salvaje en la zona se encuentran los cuentos “El encuentro”, que narra los enfrentamientos a muerte  entre los cuatreros y colonos por el robo de los rebaños de ovejas.  “Fue el destino”, el trágico enfrentamiento de dos hermanos onas por el amor de una mujer que coincide con el fin de una etnia.  La faceta mitológica y fantástica de la vida en los confines del mundo, se ve encarnada en “El palo vivo”, donde grupo de buscadores de vida esperan a una criatura milenaria a orillas de un pequeño lago para cazarla. También “Las brumas del Terror”, donde un ayudante de ingenieros se encuentra con un hombre místico, que a cambio de una botella de gin le confía su secreto: ha encontrado un yacimiento de diamantes a los pies de un volcán, después de haber visto las llamas del infierno.

La narración de navegaciones, presente a lo largo de todo el libro, tiene su punto más alto en el cuento “El misterio del Kovenhavn”, donde la misteriosa desaparición de un navío danés sin dejar huellas, nos es develada a través del diario de ruta de uno de los tripulantes del barco, que es hallado  dentro de una botella que flota en las aguas del Cabo de Hornos. Y en “La última travesía”, en que  dentro del cuarto de calderas de uno de cuatro barcos de guerra alemanes,  realizamos  una travesía por los mares australes para atacar a los barcos ingleses en las islas Fackland y enfrentarnos en una batalla a muerte, que presenciaremos a través de los ojos de los fogoneros.

El resultado que consigue el autor a través de sus relatos es notable. El espíritu de la Patagonia salvaje y los mares australes que tanto lo golpeó, marcó y maravilló durante su vida se traslada a los cuentos a través de una prosa  sencilla, cruda y emotiva, que consigue dar cuenta de otra época, y de un mundo lejano y misterioso dentro de ella, que aún vive en las zonas australes de Argentina y Chile.