Observatorio

Roma antigua y la Europa Actual.

Nicolás Cruz, editor de historiaycultura.cl

 

El libro La Idea de Europa en el Mundo Romano. Proyecciones Actuales de Alejandro Bancalari propone, por una parte, que la más remota formación de Europa se consolidó en el tiempo de los antiguos romanos y en la construcción de su imperio que llegó a interconectar territorios europeos, asiáticos y africanos, y por la otra, ubicándose en el presente, afirma que esa primera unión constituye un referente interesante y necesario para pensar los tiempos actuales, sus aciertos integrativos y tensiones de las que tenemos noticias todos los días.

A través de siete capítulos y unas consideraciones finales, el autor desarrolla el tema, concentrándose en la antigüedad romana, y de manera especial en la experiencia de unificación de territorios diversos y la formación de una ciudadanía común para los cerca de 80.000.000 de habitantes que poblaban el Imperio, según las cifras más recientes alcanzadas por los especialistas. Estas claves se enriquecen cuando se tiene en consideración que se trató de un proceso que mantuvo su vigencia entre los siglos II a.C. y V d.C., y que además enfrentó pocos y localizados movimientos separatistas.

Las condiciones recién señaladas permiten comprender como fue que en el período imperial romano se impuso la formación de una unidad política, militar, económica y, a su vez, se generaron espacios flexibles por los que circularon las ideas culturales, las creencias y las personas que, según se ha estudiado con detención, transitaban con libertad y seguridad por territorios distantes y muy diferentes a los suyos.

El concepto clave que identifica Alejandro Bancalari, acertadamente en nuestra opinión, para entender este tema en profundidad es el de la ciudadanía, una categoría que estuvo primero restringida a los romanos, luego a los italianos y posteriormente, en forma gradual, a todos los habitantes, culminando con la decisión de su extensión total y con mínimas restricciones implementada por el emperador Caracalla en los inicios del siglo III d.C. Por cierto que este punto no debe entenderse como una concesión graciosa del centro del poder, sino que como el resultado de una tensión que tuvieron a la demanda de las élites provinciales, por un lado, y a las consideraciones del gobierno central, por el otro. Esta ciudadanía extendida y común es la que vuelve a dicha antigüedad como un punto digno de ser observado desde los tiempos presentes de Europa, cuya unión  enfrenta uno de sus puntos más tensos justamente en este plano, como resultado de los amplios movimientos migratorios que están actualmente en acto. La  formación de un imperio de ciudadanos que incluyó a europeos, asiáticos y africanos fue uno de los hechos más revolucionarios de la historia, especialmente en el contexto de una antigüedad en la que los gobiernos generalmente habían buscado acotarla y restringirla a grupos bastante exclusivos.

Cuando el emperador Caracalla extendió la ciudadanía mediante la llamada Constitución Antoniana del año 212 d.C., ya los emperadores de su dinastía habían comenzado a adoptar las primeras medidas de gobierno en relación a la novedad que representaba el Cristianismo, una religión generada en la periferia del Imperio –de una matriz distinta a la experiencia griega- y que había transitado en el tiempo de dos siglos hacia las diversas partes de la ecúmene romana. La difusión del Cristianismo y su penetración en la sociedad con niveles de profundidad resulta ser, para Bancalari, otro de los aspectos que terminó por formar ese concepto que ha sido llamado la cultura antigua (pág. 111). Este tema ha formado parte de las discusiones recientes que han llevado adelante los europeos sobre los alcances y límites de su cultura, y es motivo de constante discusión entre los historiadores, así como entre muchos de los analistas dedicados al tema. 

De un interés especial para los efectos de lo aquí planteado, y también para los lectores, puede resultar el capítulo VII “El Imperio romano como modelo para la Unión Europea”. Es aquí donde el autor traza las líneas más directas entre la experiencia multicultural integradora del período romano y la experiencia europea actual, similar en muchos sentidos, tanto así que se le pueden asignar a la primera, y sin caer en anacronismos, los rasgos de una primera globalización.

A este punto nos parece pertinente abordar el tema de la mirada y la pregunta que se formula desde el presente al pasado, especialmente hacia uno tan lejano. Siendo muchas las diferencias que se fueron gestando a través de los siglos transcurridos entre un momento y el otro (abordados en el capítulo V), tratándose un extenso período de tiempo que estuvo  marcado por experiencias decisivas en todos los planos, pareciera ser que el concepto más adecuado para aproximarse sería el de referente. Nos parece que desde el estadio actual se interroga a una época anterior, no para encontrar necesariamente una condición de modelo, esto es, para obtener una suerte de lección o de resultado concreto, sino que para permitirse pensar el presente desde una dimensión más amplia y enriquecida, posibilitando así un ejercicio de identidad al enfrentarse con lo similar y lo diferente.

En este libro se nos presenta un tema y una reflexión más novedosa de lo que se podría pensar. El tema, por cierto, ha sido planteado en varios estudios, pero no necesariamente desarrollado con la detención y extensión que se hace en este caso. Además, nos ofrece garantías de seriedad por medio del amplio conocimiento que evidencia el autor de la producción literaria al respecto, así como también un envidiable  conocimiento de los escritores de la época antigua. En suma, un aporte para el estudio de la recepción que un tiempo –el presente- hace de una experiencia histórica remota a la que se vuelve a interrogar.