Observatorio

Educación en Chile: una mirada en perspectiva. (A propósito de la Historia Mínima de Chile de Rafael Sagredo)

Nicolás Cruz, editor de historiaycultura.cl

Uno de los aspectos atractivos de esta Historia Mínima de Chile radica en que el autor concede un espacio considerable a la cultura y a la educación dentro del tránsito de la sociedad chilena, especialmente por lo que se relaciona con los siglos XIX y XX. La necesidad y beneficios de la  educación ha sido uno de los pocos aspectos en los que la sociedad chilena ha manifestado una convicción de forma ininterrumpida, aunque los proyectos hayan diferido, y varias veces se hayan contrapuesto entre ellos.
           
Lo anterior puede explicarse por diversos motivos, entre ellos el hecho de que los gobiernos a partir de 1920 consideraron a la educación como el gran espacio de la redistribución social y de ahí que sus esfuerzos se hayan centrado principalmente en ampliar la cobertura. Rafel Sagredo ilustra bien el punto en varias páginas dedicadas al punto y que abarcan desde la reforma a la instrucción primaria (1920) hasta las leyes de los gobiernos más recientes. Esta intención de distribución social contuvo la idea de que la educación era ‘la manera’ de encontrar movilidad social en una sociedad  que se mantenía cerrada y jerárquica en la mayor parte de los otros planos. Por último, y hasta por lo menos la mitad de la década de los años setenta del siglo pasado, sectores importantes dentro de la población nacional identificaron los términos educación y cultura, promoviendo la responsabilidad cultural de  los distintos actores en el espacio público, pudiendo graficarse el punto con la organización y directrices dadas a los nacientes canales de la televisión chilena.
           
El autor de la Historia Mínima de Chile ilustra el estado de la situación hacia fines de la década de los años sesenta de la siguiente manera: “La evolución del país hizo posible también una extraordinaria expansión  de la población escolar  que se prolongaría en el tiempo y que se reflejó en el sistema educacional y social. Si en 1935 el conjunto de la educación básica y media fiscal y particular atendía a un 41,9% de la población  de 6 a 18 años, es decir 587.834 sujetos; en 1973, y en los mismos niveles, eran 2.760.145 alumnos, llegando la cobertura a 91,3% de la población en edad escolar. También, una cada vez mayor heterogeneidad en el sistema educativo pues el alumnado provenía de los más variados orígenes sociales. Estas características condicionaron los cambios, transformaciones y reformas aplicadas desde la segunda mitad del siglo, que culminaron con la reforma educacional de los años sesenta que pretendió modernizar el sistema educativo” (pp. 239-240).

La intención no es la de dar una mirada dulce al pasado y adoptar una postura nostálgica de un tiempo que contenía una serie de limitaciones. Llegar a una mayor población escolar (una característica marcada desde 1920 y un empeño específico de los radicales), derivarla hacia los espacios rurales (bastante visible en la década de los años 60, especialmente durante el gobierno demócrata cristiano e inicios de los años setenta), no significó que esa educación llegara con la misma intensidad y calidad a todos los lugares. En una sociedad revolucionaria, como se auto percibía la chilena en esos años, la educación era evaluada más en sus carencias que en sus aportes. Por cierto que todas estas debilidades se agudizaban al evaluar al sistema universitario que seguía atendiendo una población bastante restringida.
           
El gobierno de derecha que se instauró mediante el golpe militar de 1973 cambió de manera fundamental el desarrollo educacional de Chile que hasta el momento había sido dirigido, principalmente, desde el Estado. Más allá de las continuidades en la cobertura y otros aspectos, el signo más profundo fue el de la novedad al abrir la actividad educacional a los privados en un porcentaje hasta entonces desconocido y que es el sello distintivo de la situación actual, un momento en el que no se tiene una idea clara de cuáles serán los cambios que introduzca la reforma educacional propuesta por el actual gobierno. 
           
La situación actual de la educación en Chile es el resultado del proceso que se inició en 1973 y que se ha mantenido más o menos inalterable hasta hoy día, esto es, 4º años después. Sus resultados son que en la enseñanza media un 50% de los estudiantes asisten a establecimientos comprendidos en un concepto amplio de educación particular, y un 74,1% lo hace en establecimientos universitarios del mismo tipo. Si la ya mencionada cobertura resulta ser un logro visible, la crisis del sistema se decanta por los aspectos de la equidad y calidad. La gran responsabilidad en esta situación corresponde, según los movimientos estudiantiles que gradualmente han ido transmitiendo a la sociedad su idea de crisis educacional, a la gestión de la educación privada, basada en la búsqueda del lucro por sobre los objetivos propiamente educacionales. En este punto se puede señalar que, ante la opinión pública, la educación privada ha pasado de ser un ‘paradigma’ a un ‘modelo cuestionable’ que ha mantenido y consolidado la desigual organización social chilena.
           
Un asunto central en el día de hoy consiste en tener en cuenta cual es la situación  actual de la educación y a partir de  este punto visualizar cuales son los cambios que se deben introducir en un sistema que tiene su fisonomía asentada por medio de un largo proceso. Al no tener aquí la intención de entregar una suerte de solución o receta de la salida al problema, si se puede señalar desde una perspectiva histórica en la importancia del diagnóstico que se realice. La lectura del libro de Rafael Sagredo nos pone frente  a este problema: hacia el año 1973 el diagnóstico sobre el sistema educacional chileno era negativo y por motivos diversos y desde perspectivas diferentes, la mayor parte pedía un cambio radical de orientación. Hoy cabe preguntarse por la calidad y la profundidad sobre la que se basó ese diagnóstico. Esta perspectiva, por lo demás, ha ido tomando fuerza entre varios de los historiadores chilenos que han estudiado distintos aspectos del siglo XX chileno. Esto nos alerta sobre las características de la evaluación actual y las medidas a tomar a partir de ella. No es que las sociedades aprendan mucho de su pasado, pero tampoco tiene  porque ignorarlo del todo.
           
La Historia Mínima de Chile nos ilustra sobre la década de 1960 e inicios de la de los 70 y recurre al concepto de los ‘proyectos globales’ de sociedad, aquellos que los sectores demócrata cristianos y de la izquierda intentaron establecer sin permitirse, en el discurso por cierto, ningún tipo de transacciones. La derecha neoliberal chilena, cosa que a menudo se olvida, ha encarnado la visión más ideologizada posible del liberalismo. De modo tal que los llamados proyectos globales no se limitaron tan solo a un corto período de tiempo y han seguido vigentes hasta hoy.  El debate educacional actual requiere, a nuestro entender, de una cuota mayor de pragmatismo a fin de poder alcanzar objetivos más importantes y estables, y no convertirse en un campo de batalla como lo fue en otros momentos. Más que una reforma ‘desde arriba’ parece útil un debate social, uno de carácter amplio y participativo, de una construcción que refleje las maneras en que una sociedad busca y desea educarse. Decimos esto teniendo en cuenta que una ley de reforma es reformada más adelante por otra ley de reforma a la que una nueva ley de reforma… y así hasta el infinito.