Observatorio

El héroe discreto de Vargas Llosa

Redacto: Nicolás Cruz, editor de la página

La reciente novela de Vargas Llosa El héroe discreto (2013)  se instala en el escenario y, especialmente, en ese ambiente peruano que el autor describió y creó durante las primeras décadas de su actividad. Este hecho se encuentra confirmado por menciones específicas a La Casa Verde y a la figura de Lituma, el policía que en esta ocasión aparece algo desdibujado y bastante desubicado con sus intuiciones como sabueso. El héroe discreto, cuyo nombre es Felícito Yanaqué, parece, en lo físico, una reencarnación del libretista Pedro Camacho de La Tía Julia y el Escribidor. Todo esto, eso sí, presentado en una historia nueva, muy bien contada y que, como en varias otras ocasiones, cuesta mucho dejar de leer.

La trama se genera a partir del intento de extorsión que sufre Felícito por parte de la banda de la arañita que intenta venderle protección para su empresa de transportes. Lo inesperado consiste en que este hombre de apariencia débil y temperamento tranquilo –bueno, nuca conviene exagerar- se niega a pagar el soborno y asume las consecuencias que se puedan generar a partir de su negativa, respondiendo en lo más profundo a lo que le dijera su padre al momento de morir: “Nunca te dejes pisotear por nadie, hijo”. Y si había algo que Felícito idolatraba era la memoria de su progenitor. Todo esto tiene lugar en Piura.

La otra historia que se va desarrollando en la novela es la que protagonizan el octogenario propietario de una importante compañía de seguros, Ismael Carrera, quien decide casarse con Armida, su ‘sirvienta’, encontrando la más absoluta oposición por parte de sus dos hijos, un auténtico par de bandidos insaciables que ven escaparse la herencia que esperaban confiados para proseguir sus vidas disolutas. Lo común en el  caso de Ismael Carrera como el de Felícito Yanaqué son los conflictos padres-hijo, las traiciones más bajas entre ellos y la guerra declarada al interior de familias cuyas generaciones habían convivido en buena forma hasta el momento. Toda la segunda historia sucede en Lima.

La novela El héroe discreto contiene también un giño importante a Conversación en La Catedral (1969), una  de las obras mayores de Vargas Llosa. Ésta se abre con la pregunta que se hace Santiago Zavala: ¿cuándo se jodió el Perú?, y la compleja y rica trama encontraba una respuesta en la corrupción y los poderes totalitarios que copaban la vida peruana desde los tiempos de Manuel Odria (integrante de una Junta Militar desde 1948 y presidente en solitario de Perú entre 1950 y 1956). Ahora, y  a casi cuarenta y cinco años de distancia, parece que Perú no estaba tan jodido, o quizás lo estaba solo temporalmente.

Felícito, Ismael, Armida, Mabel, Rigoberto, Fonchito y los otros varios personajes,  se mueven en un país que ha progresado y se ha enriquecido en los últimos años, un país de esos ‘que funcionan’. De hecho, la tragedia que cae sobre el dueño de Transportes Narihualá es producto de un bienestar generalizado, ese que despierta el apetito de los delincuentes en sus más diversas acepciones y niveles. Como ha señalado Enrique Krauze “Perú, que siempre fe un motivo de mortificación, ahora lo es de orgullo”.

Perú, como lo muestra Vargas llosa, funciona no solo porque hay más riqueza y los empresarios encuentran espacio para desarrollarse en un ambiente de libre competencia. Lo hace también porque funcionan, o empiezan a hacerlo  algunas instituciones del Estado que tradicionalmente han estado bajo sospecha y en el mayor descrédito dentro de la población. La policía, encarnada por el capitán Silva y el sargento Lituma, quienes se abocan a descubrir a los culpables de la extorsión, lo hacen bien, con diligencia y sin aceptar coimas ( En todo caso el objetivo del capitán Silva no era el dinero sino que una parte muy precisa de la anatomía de Josefita, la secretaria de Felícito). La justicia, por su parte, hace lo suyo en el juicio entre Ismael Carrera y sus hijos y luego protegiendo a Armida cuando le toca recibir los dineros de su marido. El Perú, a decir verdad, no estaba jodido sino que durante mucho tiempo anduvo desviado, le diría Felícito a Santaguito Zavala; lo mismo que comentaría el Mario Vargas Llosa viejo a ese otro Vargas Llosa que en 1969 tenía poco más de treinta años.

El héroe discreto es una novela  de 384 páginas que se lee de principio a fin con pocas pausas. El lector se ve inmerso en una historia que depara sorpresas y vuelcos inesperados. Está escrita por un maestro que maneja al dedillo un estilo narrativo que ha creado y sostenido por muchos años con los altos y bajos que corresponden a cualquier actividad que ya se extiende por medio siglo.