Observatorio

Camus: intelectual y artista

Redacto: Matías Rivas Vergara, para historiaycultura.cl

"En vez del juez y del opresor, el creador".
Friedrich Nietzsche

Hace un siglo, el 7 de noviembre de 1913, en la Argelia francesa nacía uno de los escritores más influyentes del siglo XX: Albert Camus. Desde su infancia en compañía de la pobreza y su adolescencia enfermiza, hasta su adultez rodeada de la fama literaria y sus implicancias, el novelista, dramaturgo y filósofo, vivió siempre pensando en las contradicciones de la realidad humana. La vida se presentaba ante él como una unidad de opuestos en lucha; por un lado, el deseo de trascendencia del ser humano, y por otro, la ineludible fatalidad de la muerte. Pero la condición humana adolecía de otras paradojas, por ejemplo: la pobreza, la violencia y la injusticia contrastaban con el deseo de felicidad, el amor y el sentimiento de camaradería presentes en cada uno de los hombres y mujeres. Todo esto conducía a extremos diferentes, y, sin embargo, formaba parte de la unidad de la vida en su conjunto. En su vida y en su obra, Camus nunca perdió de vista la realidad concreta del ser humano con todos sus matices, nunca cesó de buscar la unidad.

Ante todo, el escritor argelino-francés fue un testigo de su época. Pero ser testigo no significa contemplar y reflexionar en silencio, sino, al contrario, significa comprometerse y luchar por solucionar los problemas de una época en demasía convulsa como lo fue la Posguerra. Camus tenía sus propias convicciones, había tenido la experiencia de la desilusión con el Partido Comunista y pensaba que la ideología estaba perdiendo su rumbo original; el proletariado había pasado a formar parte de una escatología del futuro, mientras tanto, en el presente, las reformas sindicalistas en beneficio de los trabajadores no valían la pena si no se derrocaba el capitalismo: el Partido y la teoría se imponían por sobre la realidad social y el bienestar de los trabajadores; el presente era sacrificado en pos del futuro, el rumbo de la historia pesaba más que la condición humana: el totalitarismo no había muerto con Hitler. No siendo ciego ante esta situación, en 1951 Camus condenó el rumbo que había tomado la ideología comunista en el ensayo titulado L’Homme révolté, el cual le valdría la ruptura de su amistad con Sartre, quien finalmente tomaría partido por el comunismo, a pesar de la polémica provocada por las purgas stalinistas y de los testimonios en contra del régimen soviético de ex comunistas como Kravchenko y Koestler.

Decir lo que para él era la verdad le costó a Camus el ser un outsider dentro de la intelectualidad francesa de posguerra, la cual lo acusó de no tomar partido y de quedarse en una postura crítica contemplativa y moralista. Así, el héroe de la Resistencia, que había sido director del periódico clandestino Combat, y que alcanzara la fama con las publicaciones de L’Étranger, Le Mythe de Sisyphe y La Peste, se encontró solo entre los intelectuales franceses de izquierda, en el limbo ubicado entre los dos colosos de la Guerra Fría. A pesar de ello, aún le estaría reservado un momento más de fama, pues en 1957 se le concedió el Premio Nobel de Literatura. No obstante, el momento de Camus había pasado, y un accidente de tráfico truncó su vida antes de llegar a los 50 años. A pesar de esto, el tiempo se encargaría de reivindicarlo.

Pero el argelino no fue solamente un intelectual comprometido con su posición filosófica y política hasta el punto de convertirse a sí mismo en un étranger, sino que también fue, en tanto prolífico escritor de novelas y obras dramáticas, un artista. A menudo tiende a destacarse el valor intelectual de las obras literarias de Camus, llenas de contenido filosófico y moral, sin embargo, suele descuidarse el hecho mismo de que el autor de El extranjero no fue solo alguien que expresó su pensamiento en novelas, sino que también fue un artista que dejó patente su propia visión respecto al arte. En El hombre rebelde, Camus dedica un capítulo completo a dicha temática (“Rebelión y arte”), tal como había hecho anteriormente en El mito de Sísifo al escribir un apartado sobre “la creación absurda”.

lo, luego existimos”(1), anota el escritor en El hombre rebelde. ¿Contra qué me rebelo? Contra lo absurdo que supone la existencia mortal humana. Pero, ¿qué significa esto? Significa decir no al nihilismo, a la actitud existencial que hace de todo valor un contenido vacío ante el ineluctable destino mortal del hombre. Rebelarse es, por lo tanto, decir no, pero seguido de un sí. La rebelión es la negación de la cruda condición humana, y la posterior afirmación de un sentido de la existencia, de un valor sobre el cual construir la comunidad humana. Ese valor se descubre en el movimiento de negación: se dice no a la muerte para afirmar la vida. Y se afirma la vida a partir del límite que supone el potencial de rebelión de todo ser humano. En este sentido, para Camus, la moral se construye partiendo del hombre y de la comunidad, y no es el hombre quien se construye a partir de una moral o una ideología. Así pues, Camus hace un llamado a la voluntad creadora del ser humano, se opone a los pregoneros de la Justicia y la Libertad con mayúsculas, opone lo particular a lo universal, lo concreto del hombre a lo abstracto de la idea, todo ello siempre dentro de un marco humanista y definido por una filosofía de los límites y la mesura.

Tal como el ser humano se crea continuamente a sí mismo a partir de la rebelión, rechazando el sinsentido de la existencia humana mortal y estableciendo un valor desde el cual crear la comunidad de hombres y mujeres, el artista, en un movimiento similar, reniega de lo real para dar vida a la creación artística. Sin embargo, el arte, en tanto producto, no puede escapar de lo real, así como la existencia humana no puede impedir la fatalidad de la muerte, pues se trata de un aspecto de la realidad que ha sido transformado por el artista. De esta manera, el artista que busca la belleza en su creación no hace otra cosa que corregir a la naturaleza, aspirar a una unidad entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

El arte se muestra entonces, para Camus, como la manifestación perfecta de la rebelión. Es la negación de la realidad, de lo efímero y cruel de la vida, y a su vez, es creación de sentido, de un valor que se ha extraído de la vida misma a través de la mediación del artista y su anhelo de unidad. Así pues, el argelino vivió el arte tal como vivió su filosofía: a partir de la experiencia que padece el hombre a lo largo de su existir en el mundo.

Para finalizar, puede decirse que Camus fue la combinación perfecta entre el intelectual y el artista, entre el defensor de las ideas y el creador de nuevos universos. Fue, por lo tanto, un ‘hombre rebelde’ en el sentido qué el mismo le dio a esta expresión, un Sísifo moderno que realizó su tarea en la vida a pesar de conocer el resultado final de esta. Recordar hoy a Camus, a cien años de su nacimiento, no puede ser entonces simplemente un acto conmemorativo, ha de ser también un llamado al pensamiento, esa capacidad humana que hoy en día se oculta muchas veces tras las nubes del fanatismo y la violencia. Recordar a Camus no es solamente volver a leer sus obras y sentarse a reflexionar, es una ocasión para que analicemos a la humanidad en su historicidad, en sus errores del pasado, en su situación presente y en sus aspiraciones futuras. De haber estado vivo todavía, a sus cien años, seguramente Camus habría seguido defendiendo sus convicciones, con ese modo tan especial que él tenía de comprometerse con la verdad, con ese afán de perseguir la libertad y la felicidad para toda la humanidad y especialmente para con los más débiles, esos cuyo grito de rebelión no se escucha a causa del ensordecedor ruido de las ideologías sedientas de poder, ese grito que cada uno de nosotros reprime en cientos de ocasiones: el grito por la justicia y la libertad en minúsculas, el grito por la vida de cada ser humano.

1.- Camus, A., El hombre rebelde, Buenos Aires: Losada, 2003, 296.