Observatorio

La infancia de Jesús, J.M. Coetzee

Redactó Daniel Valdivieso, integrante de historiaycultura

Durante la pasada década, J.M. Coetzee mostró no sólo su innegable talento literario, sino también una gran versatilidad estilística, plasmada en obras en que estructura y fondo terminan por ser una unidad indivisible. Entre estas, destacan experimentos formales como el realizado en Diario de un mal año, y en sus dos novelas, Hombre Lento y Elizabeth Costello, en las que aparece su alter ego, la rabiosa y algo molesta Elizabeth Costello.  Especialmente notable resulta la trilogía Infancia, Juventud y Verano, compuesta por tres descollantes y descarnadas autobiografías ficcionalizadas, a través de las cuales el autor indaga en el mundo íntimo de J.M Coetzee una vez que éste ha muerto.

En La infancia de Jesús, el sudafricano retoma la línea de sus novelas “puras” (Infancia, Esperando a los bárbaros, Foe, En medio de ninguna parte). En esta, como en aquellas, se aprecia una estructura narrativa clásica pero no exenta de elementos de innovación narrativa:

Tras cruzar el océano en barco, un hombre y un niño llegan a un nuevo país donde se les asigna nombre y edad acorde con sus apariencias. En un campamento de emigrantes ubicado en el desierto aprenden español, el idioma oficial, y se alimentan de pan y agua mientras esperan ser trasladados a la ciudad de Novilla, donde Simón, el hombre, tiene la esperanza de hallar a la madre de David, el niño. Una vez en Novilla, el hombre y el niño consiguen ser reubicados pese a la inoperancia burocrática que impera en la ciudad. Días después, Simón consigue un trabajo como estibador en el puerto, el que le resulta agotador y carente de sentido.

Es aquí donde comienza a consolidarse una nueva versión de la pesadilla kafkiana y burocrática ya abordada por el autor en los campos de internamiento de Vida y época de Michael K. y en las leyes incomprensibles del imperio imaginario de Esperando a los bárbaros. Por medio de las conversaciones filosóficas que sostiene con sus compañeros de trabajo, Simón comprende hasta qué punto el hambre que arrastra desde el otro mundo, choca con el conformismo que parece mover las vidas de los habitantes del país al que ha llegado. Allí nadie parece ser feliz ni infeliz, todos tienen las necesidades básicas cubiertas (casa, techo, comida, trabajo, salud) y todos parecen cumplir sus funciones sin cuestionar nada o desear cosas que no tienen. La extrañeza que siente el hombre ante el nuevo mundo se agudiza cuando se percata de que todos los que habitan el nuevo país parecen haber olvidado sus recuerdos, y aparentemente, no tienen interés por recuperarlos.

En su nueva vida Simón se une sin pasión a Elena, a quien conoce porque es vecina del departamento que le han asignado las autoridades de la ciudad. Pero pronto David comienza a dar muestras de una personalidad rebelde: se resiste a acatar las normas del nuevo mundo, y adquiere hábitos perturbadores, como no separarse de una edición ilustrada de Don Quijote, (el único libro del que se permite aprender). Además, asegura que puede resucitar a los muertos devolviéndoles la respiración con su aliento, y muestra abiertamente su admiración por los que se mueven fuera de la ley. Como consecuencia, Simón, David y su recién hallada madre deberán emprender un viaje huyendo de las autoridades educativas y de la ley, acompañados por todos aquellos que quieran sumárseles en el camino.

La infancia de Jesús puede ser leída de múltiples maneras. La que sugiere el título del libro viene a ser la de entenderlo como una suerte de evangelio paralelo en clave descarnada, burlesca e irónica, donde David no es otro que el niño Jesús y en la que, tal como se nos dice en la Biblia, nada es revelado. Otra lectura sugiere una metáfora de las grandes migraciones que se están produciendo en el mundo actual. Ambas opciones no son contrapuestas, ya que David puede ser perfectamente Jesús, pero no más que cualquier otro niño inmigrante que llega a un nuevo mundo y se rebela ante sus reglas.

Existen innumerables casos de grandes narradores que, una vez entrados en la edad adulta, agotan la creatividad narrativa y estilística que los caracterizó en su juventud y convierten sus novelas exitosas en un modelo a explotar. Comienzan entonces a utilizar moldes literarios que llenan con el nuevo material, y siembran historias en ese terreno probadamente fértil, del que cosechan de seguro y sin grandes riesgos. Es lo que algunos llaman el aburguesamiento del escritor, la pérdida del fuego, la pérdida del hambre literaria.

No ocurre así con Coetzee, quien es quizás uno de los autores de la actualidad con mayor capacidad de reinvención. Con el autor sudafricano no podemos dar nada por sentado, y al abrir sus libros nunca sabremos con certeza con qué nos encontraremos. Y es que este Premio Novel de literatura tiene, para bien o para mal, la capacidad de sorprendernos y desconcertarnos. Coetzee incomoda e inquieta al lector en cada una de sus obras, las que tienen el mérito de buscar siempre abrir camino, asumir riesgos, y huir de las fórmulas literarias “seguras”. Así es la naturaleza camaleónica de Coetzee, que toma múltiples apariencias y disfraces dentro de sus obras, y al mismo tiempo, mantiene intactas las obsesiones que atraviesan su creación literaria.