Observatorio

Las mitades de mi barrio. Censura, precariedad y falta de imaginación en un país en dictadura

Redactó Ana Cruz, integrante de historiaycultura.cl

En mi infancia, en los ochenta, todavía quedaban barrios en Santiago, y no pocos. Barrios con plazas, con vecinos, con almacén de la esquina, con fiado, con rejas que no cerraban, con puertas sin llave y con todos los timbres rotos. Eran barrios con niños en la calle, niños con rodillas magulladas, llenos de tierra de pies a cabeza, barrios con mamás que se asomaban a la puerta y daban un gran grito cuando llegaba la hora de comer. Nadie sabía donde estábamos, a nadie le preocupaba que nos perdiéramos tarde a tarde subiendo árboles, jugando con los gatos de algún vecino –adentro de la casa del vecino- o caminando largas horas para encontrar un lugar “cercano” que alguno había visto en un paseo con sus padres. No importaba, el extraño era un desconocido, nunca un enemigo.

Había solo dos prohibiciones. Una, que burlábamos permanentemente, era una especie de perímetro seguro: las tres higueras por arriba, la calle de la panadería por el lado, la casa de Schilling por abajo y Arrieta por el otro lado. La segunda prohibición era más importante, y no se nos hubiera ocurrido burlarla: no podíamos acercarnos, bajo ninguna circunstancia, a la enorme pared roja que seguía a la casa de Schilling: ni más ni menos que la Villa Grimaldi. Ahí estaba el enemigo.

Pero volvamos al perímetro seguro. Mi barrio estaba conformado por cuatro manzanas, tres calles y una plaza; pero estaba, por sobre todas las cosas, conformado por dos mitades: la izquierda y la derecha. La mitad izquierda de mi barrio era, como ustedes comprenderán, de izquierda; y la mitad derecha, del mismo modo, era de derecha. ¿Cómo fue a suceder eso? La verdad es que no lo sé. Eran universos paralelos, donde todo funcionaba al revés y eran, por supuesto, irreconciliables.

La mitad derecha escuchaba Michael Jackson, Laura Branigan o Tiffany, la mitad izquierda Mercedes Sosa, Serrat o Silvio Rodríguez; la mitad derecha compraba –o decía que compraba- su ropa en el Apumanque, la mitad izquierda, militante del anticonsumismo o de los bajos sueldos, cosía la suya o iba a Patronato; la mitad derecha le pegaba a los números; la mitad izquierda a las letras y las artes; la mitad derecha estaba en colegios medio-católicos, medio-ingleses, medio-pelo; la mitad izquierda, obviamente, prefería el Francisco de Miranda, el Rudolf o el Latinoamericano. En fin, parecía que hubiera un espejo instalado al final de la plaza, justo al medio de la calle San Agustín, que tomara todo lo que veía de un lado para reflejarlo invertido en el otro. Así de distintas eran las mitades de mi barrio.

Y sin embargo… (siempre hay un sin embargo, ¿no?)… Y sin embargo, al pensar en los libros que teníamos, los de la mitad izquierda y los de la mitad derecha, el espejo muestra sus fisuras y empiezan a producirse espacios de convergencia. ¿Cómo así? Es que en los 80 había muy pocos libros, tan pocos que no alcanzaban para peleárselos.

Pero revisemos un poco ese desolado panorama. En los 80 había, hasta donde recuerdo, tres líneas de libros considerados para niños: la primera eran cuentos clásicos –o novelas clásicas transformadas en cuentos a tijeretazos-, obviamente mal adaptados y mal traducidos; la segunda eran cuentos infantiles chilenos –en general textos producidos por esas escritoras 3M (mujer-madre-maestra) que tantos “itos” le ha legado a la literatura infantil chilena y que hasta el día de hoy mantienen parte de su poder-; y la tercera era una ruma de material enciclopédico, que iba desde diccionarios de personajes históricos hasta enciclopedias de automovilismo o gasfitería.

El primer caso –el de los clásicos- es impresionante. Teníamos una serie de cuentos de hadas y otros clásicos de la colección “Mi primera biblioteca” (la que venía de regalo con cada fascículo de Mi primer diccionario), teníamos varios cuentos de hadas en las versiones de Froebel-Kan (esos ilustrados con títeres, con tapa negra y holograma en la portada, esos mismos que hasta ahora nos vuelven locos); y teníamos un gran libro de los hermanos Grimm y otros similares de la típica edición tapa dura de Susaeta (sí, Susaeta, dejémoslo hasta ahí porque eso da para media hora más). Partí este párrafo diciendo que este caso era impresionante, y puede no parecerlo, pero resulta que esos eran todos los libros infantiles que había en mi casa y, en general, en la de la mitad izquierda de mi barrio. En la mitad derecha, en cambio, habitaban el grueso de las enciclopedias, petetes, duendes y hormiguitas cantoras.

¿Por qué tan pocos libros en casas de lectores? Muy simple. En los 80 no había libros. Y no es una exageración, de verdad no había libros infantiles. La censura del Estado, la autocensura de los editores, la falta de relaciones comerciales de Chile con el grueso de los países y la falta de imaginación (¿coraje?) de los autores locales –perdón, pero no puedo no mencionarlo- hacían forzoso elegir entre la mona en seda y el algodón de azúcar, o, dicho más seriamente, entre el mismo clásico una y otra vez (ilustrado en blanco y negro, en colores, con títeres o con lo que sea, pero el mismo clásico al fin y al cabo) y el libro chileno de la época, lleno de niños en riesgo de perder la fantasía, enfermo de rosado y azucarado.

Hoy, sobre todo para los que crecimos en esa época o después, parece evidente que la dictadura destruyó todo. Y sí, destruyó todo lo que había, pero ojo, ni el villano más temible del reino más terrible puede destruir lo que todavía no existe. Y la literatura infantil chilena de calidad, salvo excepcionales excepciones, en los 80 no existía.

Los niños de la mitad izquierda de mi barrio, que tan distintos éramos a los de la mitad derecha, en esto éramos prácticamente iguales. Clásicos más, clásicos menos, historietas más o menos, enciclopedias más o menos, poesía musicalizada más o menos… con Papelucho como nuestro único trofeo, a ambos lados de la plaza vivíamos inmersos en la misma precariedad cultural, y en este caso el espejo no reflejaba inversos, simplemente no reflejaba nada.

¿Estamos hoy en un lugar muy distinto al de esos precarios años 80? Tenemos miles de libros más, chilenos y extranjeros, tenemos libros de mucho mejor calidad, bibliotecas públicas bien equipadas, editoriales exclusivamente dedicadas a la infancia y autores más profesionalizados, pero vuelvo al punto: ¿estamos hoy en un lugar muy distinto al de esos precarios años 80? La censura estatal ya no existe, pero sí la promoción estatal de ciertos temas o “valores” que han llenado el mercado de literatura infantil de mala calidad; la autocensura siempre ha existido y siempre existirá, pero en Chile ya llega a niveles escandalosos; y, por último, la falta de imaginación, entendida como precariedad cultural, se ha ido erradicando, pero no con la velocidad necesaria como para que estemos seguros de llegar a buen puerto.

Reflexionar sobre la relación entre LIJ (literatura infantil y juvenil) y dictadura solo tiene sentido si con ello queremos conseguir, a la larga, hablar de LIJ y democracia. No sirve de nada que los autores hagan libros maravillosos si  los editores no los publicamos, los clientes no los compran, los mediadores no los leen, los niños no los escuchan y finalmente nadie los discute. Necesitamos a los profesores –eso sí lo destruyó la dictadura-, a los bibliotecarios, a los mediadores, a las escuelas, a las familias. Los necesitamos a todos para poder construir comunidad y comprometernos con la formación de lectores, pero también con la formación de ciudadanos (mini ciudadanos). Necesitamos ser comunidad para que los encuentros sobre estos temas tengan efecto, para que sepamos qué es la LIJ chilena, para que esta crezca y para que podamos cuidarla y defenderla. En Argentina la dictadura prohibió una enorme cantidad de libros infantiles. Acá, hasta donde sabemos, ni siquiera necesitó hacerlo... definitivamente no era un peligro…

En Argentina la mitad izquierda y la mitad derecha de los barrios también habrían tenido distintos libros, pero las distinciones y las cantidades hubieran sido totalmente distintas, porque, incluso en dictadura, ahí habrían tenido donde elegir.