Observatorio

México y la fiesta de los muertos

Nicole Saffie, periodista de historiaycultura.cl

De acuerdo a Octavio Paz, tan célebre escritor mexicano como crítico de la sociedad de su tiempo, la fiesta es el único momento en que sus compatriotas  pueden liberarse de las máscaras que se han impuesto y ser ellos mismos. Es una forma de liberación. Por eso tienen tantas. Conmemoran dese la Virgen de la Guadalupe y los numerosos santos que les ofrece la religión católica, hasta las incontables batallas y revoluciones. Hay singulares. Como la del equinoccio de la primavera, cuando la gente acude en masa a las pirámides de Teotihuacán vestida de blanco para cargarse de energía, o la del 15 de septiembre, cuando a las once de la noche una multitud enardecida se reúne en todas las plazas del país a gritar durante una hora en la llamada "fiesta del grito". Pero, sin duda, una de las más bonitas es la Fiesta de los Muertos.

Aunque se celebra en todo México, uno de los lugares más tradicionales para vivirla es Pátzcuaro. A unas cinco horas desde Ciudad de México, en el estado de Michoacán, se encuentra este pueblo de casas coloniales blancas y calles adoquinadas. Aquí la gente aun lleva sombrero de paja, camisa blanca con bordados los hombres y blusas con flores de llamativos colores las mujeres. Pero cada 1 y 2 de noviembre, la tranquilidad inmutable del lugar se ve interrumpida por hordas de personas, venidas de todas partes del país y el mundo entero, que quieren ser testigos del fervor con que sus habitantes honran a sus muertos.

Acá la muerte no es sinónimo de tristeza. Todo lo contrario. El pueblo entero se adorna con papeles de colores, flores y altares; los bailes y la música se adueñan de las calles, y la gente toma y come a destajo. La celebración es con todo, sin términos medios. Es como si la gente se burlara un poco de la muerte viviendo la vida al máximo, con todos sus excesos. "Descargan su alma", como escribe Paz. Aunque se rinde culto a la muerte, en realidad es una fiesta de vida, en su máxima expresión. Este concepto, difícil de comprender para nosotros, quizá viene de los orígenes mismos de este ritual, celebrado desde tiempos remotos por los antiguos habitantes de este territorio. Ellos veían la muerte como algo necesario para mantener el orden natural del mundo, como una renovación vital en un eterno fluir del universo. Como explica Octavio Paz, "en cada hombre late la posibilidad de ser o, más exactamente, de volver  a ser, otro hombre".


Las almas, de acuerdo a la creencia hasta el día de hoy, parten a un largo viaje. Sin embargo, hay una fecha en el año -el 1 de noviembre- en que pueden volver a su lugar de origen para comunicarse con los seres que dejaron en el mundo terrenal. Por eso, quienes aún están vivos, preparan altares donde colocan agua, pan y fruta para que las almas viajeras se repongan de su travesía; además de las cosas con que disfrutaron en vida para recibirlas como corresponde. También un vaso de leche para aquellas que no tienen a nadie quien las recuerde. Y para guiarlas en su camino de regreso, velas y flores de cempasúchil, de un fuerte color naranja y aroma intenso.

A la hora de almuerzo, todo el mundo llega a la plaza de Pátzcuaro. Hay bailes, música, puestos de comida y artesanía por montón. No hay ni una sola mesa vacía en los restoranes. Las iglesias se visten de gala y los jóvenes compiten por quién tiene el altar más bonito. Sin embargo, el plato fuerte es en la noche, en la cercana isla de Janitzio, enclavada en medio de un lago donde suelen navegar los botes "mariposa", que con el movimiento de sus redes parecieran imitar sus alas. 

Llegar hasta al muelle, con las calles repletas de vehículos, es toda una odisea; aunque menor al momento de trata de abordar una de las tantas lanchas que llegan hasta la isla. No queda otra que introducirse en la verdadera masa humana que se agolpa a la orilla del lago. Allí están todos: niños, jóvenes y viejos, de todas las clases sociales y nacionalidades. Hace frío, pero a nadie parece importarle. Es una fiesta y se vive como tal. 

Al otro lado, Janitzio espera con sus construcciones iluminadas, con puestos que ofrecen desde tacos y enchiladas, hasta cervezas y tequilas. Y una marea humana peor que la del muelle. Le gente recorre, a paso lento, las estrechas callejuelas al son del "qué le damos" de los vendedores, y las rancheras y guitarreos. Como en una actitud casi de desafío ante la muerte, de burla, de ironía. Por eso llenan todo de calaveras, macabras y sonrientes, y hasta las visten con elegantes trajes (la llamada "Catrina", popularizada por el muralista Diego Rivera).

Y guiada por ese doble sentimiento de vida y muerte, la masa llega inexorablemente al panteón: una estrecha franja de tierra que aloja a tumbas y deudos por igual. En realidad, solo a las mujeres. Son ellas las que tienen la responsabilidad de velar a sus muertos, envueltas en mantas para protegerse del frío, durante toda la larga noche. Ellas, viejas y jóvenes, se quedan inmóviles, como si la multitud y los numerosos flashes de las cámaras simplemente no existieran. Son ellas las que transmiten, generación tras generación, el fervor y el amor por sus muertos. 

Y es que lo más lindo de esta fiesta es que permite palpar una cultura viva. Una cultura en que aún lo más importante es el sentido de comunidad, de pertenencia a algo más grande que uno mismo, a un colectivo, a un orden inmutable. Donde la participación de cada uno es importante, vital, para mantener viva la tradición. Y es una participación activa, de cuerpo presente, donde un simple "me gusta" del Facebook no sirve. Los miembros de la comunidad se involucran, completamente, haciendo suya la tradición que han recibido de sus padres y abuelos. Y eso, llena de sentido en una época en que pareciera que lo único que importa es uno mismo y el estrecho mundo que nos hemos creado.