Observatorio

Liceo de niñas de Nona Fernández, dirigida por Marcelo Leonart.

Daniel Valdivieso, integrante de historiaycultura.cl

 

Desde hace largos años Nona Fernández y Marcelo Leonart vienen trabajando a través de su literatura y teatro con las historias del pasado reciente de nuestro país. La pareja de escritores y fundadores de la Compañía Teatral La Pieza Oscura, han revisitado a lo largo de sus obras los horrores que la democracia ha intentado tapar con arena desde su llegada al poder hace más de veinticinco años; la maquinaria de la dictadura y sus personajes siniestros; la brutal normalidad con que hacían y deshacían a sus anchas en el poder y su herencia en el Chile de hoy; las luchas libradas en dictadura;  sus propias historias de vida durante el período; la derrota de su generación en la búsqueda de un profundo cambio social que jamás llegó al país.

En esta apertura de la caja de pandora del pasado reciente patrio, la recuperación histórica viene de la mano con el rescate del enorme poder emotivo y simbólico que tienen tanto las historias emblemáticas de la dictadura, como las historias particulares de vida de los que vivieron la época, aún desconocidas por la mayoría de nosotros. A través de este ejercicio de memoria histórica, los autores ponen en evidencia la importancia que la revisión de nuestro pasado, y la potencia de esas historias, tienen en el intento de comprendernos como sociedad en el presente. La necesidad de finalmente mirarnos a nosotros mismos a través del acto de poner nuestros trapos sucios y ensangrentados al sol y ver que lección podemos sacar de ellos.

Spacer Invaders, la bella y perturbadora nouvelle que Nona Fernández publicó en el año 2013, cuenta la historia de un grupo de niños crecidos y criados durante la dictadura, que asisten a uno de los tantos liceos de Santiago. En su primera juventud, a mediados de los ochenta, el grupo de liceanos sueña con un cambio para el país, llenos de la ingenuidad y convicción propia de la juventud. A través de los sueños que éstos tienen a lo largo de los años, la escritora se hace cargo de  la lucha perdida de su generación y el duro tránsito que ésta realizó hasta el día de hoy. La novela concluye con esos adolescentes treinta años después, ya adultos, detenidos en el tiempo y atrapados por su propia historia irresuelta, aún enfundados  dentro de los uniformes escolares que el tiempo ha roto y que los hacen parecer ridículos.

La escena final de la novela es el punto de arranque de Liceo de niñas (escrita por Nona Fernández y dirigida por Marcelo Leonart), la obra que la compañía La Pieza Oscura  presenta por estos días en la sala de la Universidad Católica (Santiago, Chile).  Una obra que nos invita a realizar un viaje hacia nuestro pasado reciente desde un nuevo lugar, dónde conviven la historia y la ciencia ficción, el humor, el absurdo y la profunda emotividad. Un viaje desde la sala de clases hacia las estrellas y desde éstas a nuestra propia historia. Es por eso que la pieza comienza con una sugerencia: “Esta obra debe ser representada con la ingenuidad y la convicción de quien se atreve a hacer un viaje a las estrellas”. Podría agregarse además que la obra debe ser presenciada como tal.

Diciembre del año 2015. Las marchas universitarias se toman las calles de Santiago en una nueva jornada de movilizaciones del movimiento estudiantil. En las profundidades del laboratorio de un liceo de niñas de Santiago, un profesor  de física al borde de un colapso nervioso se enfrenta a un sorprendente hallazgo: un grupo de estudiantes viven en el subsuelo del liceo y se comunican con él a través de uno de los conductos de aire del edificio.

Conversando con el grupo de alumnas que emergen desde las entrañas del liceo, el estresado profesor caerá en la cuenta de un hecho aún más desconcertante, las alumnas, de cuarenta y tantos años y vestidas de jumper, llevan más de treinta años escondidas esperando salir a la superficie, y piensan que se encuentran en 1985,  el año en que entraron al escondite huyendo de carabineros, que irrumpieron en la toma del liceo que las alumnas llevaban a cabo. Éste atribulado profesor será quién deba derrumbar los sueños de las alumnas acerca de la  fiesta de graduación que esperan con entusiasmo, del prometedor futuro que creen que Chile y ellas tendrán una vez que su lucha triunfe y al fin la democracia llegue al país.

Liceo de niñas es una obra que tiene distintas capas de profundidad y quiebres de tono que conviven de forma notable, haciéndonos transitar de la risa a la reflexión y a la emoción en cosa de segundos. Todos los personajes que están en escena representan además de su historia particular, una historia y un drama mayor, oculto tras los pasajes hilarantes de la obra. El director del liceo, Carvajal, sin necesidad de estar en escena, representa a la dictadura, a su poder invisible pero siempre presente. El profesor de Liceo de Niñas simboliza nuestra contemporaneidad enferma y sus principales males. Al pueblo consumido. El engaño que vive el chileno medio y las presiones brutales a las que nos encontramos sometidos en la búsqueda de una falsa calidad de vida.  El contrapunto dramático de la historia recae en la figura trágica de Alfa Centauro, personaje inspirado en Marco Ariel Antonioletti, histórico dirigente de la FESES y posterior lautarista, asesinado el 16 de noviembre de 1990, mientras se encontraba prófugo y escondido en una casa de la comuna de Estación Central. Alfa Centauro, que deambula por el colegio como alma en pena relatando su historia, encarna a los estudiantes que se comprometieron más profundamente con la lucha que se vivía contra la dictadura y lo pagaron con su vida. Las tres alumnas, que ocultan sus identidades bajo las chapas de Gama Casiopea, Beta Andrómeda y Épsilon Sagitarius, representan la ilusión y la convicción que debe tenerse para llevar a cabo todo viaje primerizo e iniciático, sin mapa de ruta, ya sea en la pelea contra una dictadura o un viaje espacial. Y vistas desde la actualidad, al pueblo olvidado en su lucha.

Es por eso que la obra está cruzada por la notable analogía de la lucha que los jóvenes caídos sostuvieron, con las primeras expediciones espaciales de los rusos. Ambas son grandes gestas humanas de destino incierto que requerían de un valor extraordinario y una cuota de ingenuidad alta para ser llevadas a cabo. En palabras del director: 

“Así, enfrentarse a la dictadura, salir a las calles o, más tarde, recurrir a la vía armada como una manera de construir una verdadera democracia, fue para ellos –nosotros– una epopeya de fin incierto, igual que para los primeros cosmonautas rusos lo fue aventurarse al espacio. Posiblemente se trata de lo mismo: sin cierta ingenuidad, resulta casi imposible tener convicción”

La obra consigue que esos dos relatos tan disímiles en apariencia, terminen por fusionarse y volverse parte de uno sólo. Las estudiantes que hemos visto por dos horas dar vida a la obra, y los espíritus jóvenes de los estudiantes que cayeron en la lucha contra la dictadura, terminan sin duda por asemejarse a esas estrellas que se extinguieron hace largo tiempo atrás, pero que con brilloso vigor siguen iluminando el cielo, recordándonos su existencia y guiándonos con su ejemplo.