Observatorio

El regreso de Lemebel, la Reina Madre: Rabiosa de Gustavo Bernal.

Daniel Valdivieso Integrante de historiaycultura.cl

 

La vida pasa rápido. A mediados del año 2014 la campaña de Pedro Lemebel al Premio Nacional de Literatura cobraba inesperada fuerza. El escritor había entrado por los palos a la competencia, despertando un apasionado respaldo de diversos sectores del mundo literario y de las artes nacionales.  A poco andar, la campaña se convirtió en un fenómeno que consiguió amenazar con arrebatarle el premio al favorito indiscutido a llevarse el galardón, el escritor Antonio Skármeta.

Como era de esperarse Lemebel no obtuvo el Premio Nacional de Literatura. La empresa quedó sólo en una gran gesta y el reconocimiento se lo llevó Antonio Skármeta. Se dio la lógica. Goliat venció a David. La candidatura de Skármeta estaba respaldada por diversas instituciones académicas universitarias. La fama internacional del autor y sus conexiones políticas, eran otros elementos que inclinaban la balanza hacia su lado. La campaña de Lemebel había nacido por respaldo popular.  Pedro Lemebel no se tomó a pecho la derrota. Jamás había imaginado recibir el Premio Nacional de Literatura. Así lo dijo en la carta que publicó en la cuenta de Facebook de su campaña,  horas después de conocido el fallo:  


Amigos queridos:

Les agradezco  a todos y todas por el apoyo y el cariño que me manifestaron. A Sergio Parra, gran amigo de vida, a Aldo Perán, responsable de esta página, y a todos los que me apoyaron con sus cartas  desde aquí y el extranjero.

En fin, eso fue todo y lo pasamos bien en esta empresa. A la gente en la calle, a la Brigada Chacón, a todos los que pensaron que merecía este asunto. Pero la verdad, nunca fui reina de ninguna primavera, queridos amigos. Y los premios nacionales hay que recibirlos y soportar su fetidez oficial. En esta contienda de machos literatosos quizás sobresalieron algunos gestos honorables; los rescato. También otras soberbias gatunas sobaran el premio entre sus garras melifluas. Lo hermoso fue como entramos en la contienda y con nosotros entró la calle letrada o la cuneta iletrada como digo yo: el pirata y el impreso panfleteo de las letras en la  marcha estudiantil, la política por la literatura, la vida por la poesía, el amor por el arte, y ustedes mi social popular, la sangre de mis letras.


A comienzos de éste año Pedro Lemebel murió producto de un cáncer a la laringe. Había convivido largo tiempo con la enfermedad, que en los últimos meses le había terminado de arrebatar del todo la voz.  Sus restos fueron despedidos por una multitud en el Cementerio Metropolitano. El escritor,  cronista y artista plástico, murió dejando un legado gigantesco con su arte valiente y comprometido. Muestra clara de ello fue el duelo que se ciñó sobre el mundo de las artes con su partida. El niño pobre criado a orillas del Zanjón de la Aguada, que hizo sus primeros pasos como artista travestido durante los años ochenta y usó la provocación como herramienta de denuncia política y arma de lucha, se despedía como una reina, siendo uno de los autores chilenos más exitosos y respetados de las últimas décadas.

Mucho se dijo en vida sobre la obra y la figura de Pedro Lemebel, y supongo que aún más se debe estar escribiendo desde el día de su muerte. Rabiosa la breve novela  de Gustavo Bernal, puede calzar en las dos categorías, ya que se publicó por primera vez en el año 2010 por la editorial La Polla Literaria, y es reeditada por estos días por la editorial Libros de Mentira.

Rabiosa cuenta la amistad de Elver Cruzila, un aspirante a escritor, adicto en “constante rehabilitación”, bohemio incombustible y perfecto don nadie, con Pedro Lemebel, la Reina Madre de la literatura chilena, quién a fines de los años noventa se encuentra en la cima de su carrera literaria. Su obra es al fin reconocida unánimemente y su figura alcanza ribetes de estrella.

Elver nos adentra en la historia de esta amistad de manera directa y poco reverencial hacia Lemebel, a pesar de que el aspirante a escritor no oculte la admiración total que siente por el escritor y la felicidad que le trae el simple hecho de tenerlo cerca. Esta admiración e influencia que cobra vida en la voz callejera que narra la historia, en la que abundan el coa, las imágenes vivas y recargadas, las metáforas filosas e incendiarias que patentó Lemebel, que está presente en la novela no sólo como personaje, sino también con su voz, que regresa a través de la pluma de Bernal con notable pericia y desparpajo. 

A los dos escritores, el anónimo y el famoso, los une la rabia: el desprecio hacia el establishment, el disfrute del Santiago de los bajos fondos, las borracheras y las noches sin fin. Elver Cruzila quiere ser amigo de Lemebel; Lemebel quiere tirarse a Cruzila. Él joven quiere escribir un libro sobre la Reina Madre y le propone pasarse un montón de tardes junto a él, en las que el libro irá cobrando forma. Pedro acepta la propuesta, motivado por la posibilidad cierta de hacer bajar la guardia y poseer a Cruzila durante el proceso:


“Creo tener claro que mi relación con Lemebel es de escritor a escritor(a). Yo soy un novato en comparación con la Reina Madre. También sé que entre hueveo y hueveo la hormiguita se lo puso al elefante.
-¡Sueña conmigo, príncipe!- dice Lemebel desde el otro lado del teléfono con su voz mezcla ultratumba y ninfómana aburrida.
-Eso espero, Pedro. Soñaré que corremos en pelota por el desierto. Y nos reiremos aturdidos, cagados de sed y de calor.
-Sí, Cruzila, pero uno no debe soñar tanto, porque uno ve mucha gente en la vida, pero conoce y llega a querer a muy poca.
- Pero, Pedro, lo que estamos haciendo es mostrarnos las láminas que hemos ido coleccionando en la vida. Son como los tallados desnudos de nuestras ideas.
- ¿Y por qué no te desnudas tú y yo te hago ver a Dios, loco?
- Siempre pensando en tulas y cocos. Deberías trabajar en la aduana: ya caché que te vuelven loca los paquetes grandes. ”.


La tensión sexual atraviesa toda esta historia de amistad, siempre al borde del derrumbe, por la testarudez del escritor joven de no ceder a los incesantes embates amorosos del autor. Por negarse a jugar con las reglas del juego que deben aceptar todos los que pretendan ser parte del círculo cercano de Lemebel. Este conflicto es el corazón del relato, y a través de él,  del tira y afloja, del desafío constante de Pedro hacia la masculinidad de Elver, de los encuentros y desencuentros que ésta tensión no resuelta genera entre el aspirante a escritor y Lemebel, se va  construyendo un retrato vivo del transgresor escritor, alejado de los lugares comunes y las glorificaciones vanas que suelen abundar en los homenajes. Un retrato anclado en decenas de historias, anécdotas y diálogos delirantes, a través de las cuales Bernal se adentra en la compleja personalidad de Lemebel, en sus grandezas y miserias, y consigue dar vida a un retrato de profunda humanidad.

Eso es lo que vuelve a Rabiosa una novela imperdible. No se trata de un homenaje a Lemebel, sino un homenaje a una amistad imposible. O a un amor imposible.  Al terminar la lectura del libro, nos queda la sensación de haber sido parte de esas noches incendiarias que ambos escritores vivieron juntos, antes de separar sus caminos. Y a través de ellas haber accedido al mundo íntimo de Pedro Lemebel y el espíritu de una época durante unas horas.