Observatorio

“Las uvas de la ira” de John Steinbeck.

Daniel Valdivieso integrante de historiaycultura.cl

John Steinbeck (1902-1968) fue un novelista estadounidense, miembro de la llamada generación perdida, que obtuvo el premio nobel de literatura en 1962. Su obra más conocida, “Las uvas de la ira”, le mereció el Premio Pulitzer en 1940 y se convirtió en un clásico literario.

La génesis de esta novela fue una serie reportajes periodísticos escritos por el autor en 1936 para un diario The San Francisco News, que servirían más tarde como base para el libro. En los reportajes, escritos con estilo sobrio y claro, ya se puede apreciar la estructura de la futura novela, y en su globalidad, éstos confirman la sensación que uno ya tenía al leer el libro.  Que las “Uvas de la ira” de John Steinbeck no se trata sólo de una recreación libre de las posibles historias vividas por los inmigrantes que retrató en su novela, sino que el autor estuvo en contacto con ellos, conoció su realidad, la profundidad de su drama y se volvió un retratista del fenómeno humano y social que estaba sucediendo en su país.

En ese sentido una parte de la labor realizada por John Steinbeck en sus reportajes y novela se asemejan a la realizada por la fotógrafa Dorothea Lange, contratada por una agencia del gobierno de la época para plasmar en imágenes ese éxodo sin precedentes, cuya fotografía llamada Madre migrante (1936), se convirtió en el símbolo de la tragedia vivida por los emigrantes. En sus trabajos se muestran los campamentos improvisados; los grupos familiares de los llamados “okis”; retratos de ancianos, hombres y mujeres en su eterno peregrinaje en busca de una vida mejor; escenas de la cotidianidad de su vida cargadas de dramatismo.

Las labores de la fotógrafa y el escritor están profundamente hermanadas, no sólo porque las fotografías de la autora parezcan la representación vívida del prolongado y agónico viaje de esa gran masa migratoria descrito en la novela de Steinbeck, sino también porque viendo las fotografías de la autora tanto como leyendo “Las uvas de la ira” tenemos la sensación de estar siendo testigos de una guerra interna que azotó a Estados Unidos en el período de entre guerras. Una guerra sin cañones, pero si con despojos, erradicaciones y capitalismo salvaje en medio de una crisis económica y social. Una guerra declarada contra un enemigo claro, que tanto la fotógrafa como el escritor retrataron, ella a través de su cámara, y el autor creando las historias de sus personajes a partir de las cientos de historias de las personas que conoció en los campamentos de refugiados y en la ruta para llevar a cabo sus serie de reportajes.

“Las uvas de la ira”, publicado en 1939,  retrata el éxodo masivo de pequeños agricultores desde Oklahoma hacia California en los años más crudos de la Gran Depresión (la crisis  económica generada a raíz del Crack de la bolsa de Nueva York de 1929). Millares de familias que se ven obligadas a ponerse en movimiento y emprender viaje en más que precarias condiciones luego de perder sus tierras a manos de los bancos, al pedir préstamos imposibles de pagar por intentar salvar sus cosechas, luego de años de miseria provocados por las continuas inundaciones, vientos y sequías que han asolado a la región. Desde ese momento en más las tierras pertenecientes a esos pequeños agricultores serán trabajadas por tractores de las grandes compañías agrícolas que se instalan en la zona y que en todo el país sabotean a los pequeños propietarios para hacerse de ellas. Desde ese momento en más, los antes campesinos serán inmigrantes pobres que vagarán incansablemente, añorando un hogar que ya no existe y oportunidades de una vida mejor que no se dará.

Escena de la película de John Ford (1940), protagonizada por Henry Fonda y Jane Darwell (a su lado) ganadora del Oscar a la mejor actriz de reparto)

En este contexto histórico se inicia la historia, donde Tom Joad, un joven de la región, sale de la cárcel del condado con un indulto por buena conducta luego de cumplir cuatro de los siete años a los que fue condenado por asesinar a otro joven en una riña. El indulto que ha recibido le prohíbe salir del estado bajo penas de cárcel. En el camino a casa Tom se encuentra con Jim Casy, antiguo párroco del pueblo que vuelve luego de vivir una temporada en el desierto buscando encontrar su fe perdida, cosa que no ha conseguido. Ambos entran al pueblo, estupefactos,  sin entender dónde se ha metido la gente y por qué las casas se encuentran abandonadas. Al llegar a la casa de Tom, también abandonada y semi destruida por un golpe inexplicable que ha ladeado su estructura, se encuentran con Muley, un antiguo vecino ahora enloquecido, que vive en las zanjas y grietas del pueblo, huyendo de los hombres armados de las compañías que custodian los terrenos. Muley les informa que todos partieron hacia California siguiendo la promesa de trabajo bien remunerado que ofrecían volantes que fueron a repartir grupos de hombres al pueblo. Su familia también partió, pero él se negó a abandonar el pueblo. 

Luego de reencontrarse con la familia Tom logra comprender la magnitud del desastre que ha caído sobre ellos y tantos otros, y se entera de paso de la encrucijada cruel y absurda en que el destino lo ha puesto: debe salir del estado junto a su familia huyendo de la miseria y romper las reglas de su indulto o quedarse en su tierra sin su familia a vivir escondido y morir de hambre en una zanja como el viejo Muley. Tom decide omitir las condiciones de su indulto a su familia y partir junto a ellos a California.

“Y entonces los desposeídos fueron expulsados hacia el Oeste. Desde Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo Méjico; las familias, las tribus, se vieron expulsados desde Nevada a Arkansas por el polvo de los tractores. Caravanas de coches cargados de seres hambrientos y sin hogar; veinte mil, cincuenta mil, cien mil y doscientos mil. Se lanzaron por las montañas, hambrientos e inquietos…inquietos como hormigas apresuradas, buscando trabajo- para levantar, empujar, tirar, recoger, cortar-, cualquier cosa, cualquier carga que soportar, por un poco de pan. “Los niños tienen hambre. No tenemos dónde vivir”. Como hormigas que tratan de encontrar trabajo, un poco de alimento, y, más que nada, un pedazo de tierra”

La novela da cuenta a través de capítulos intercalados de la realidad global de la gran masa migratoria que emprende el viaje y  de la realidad particular que vive en su viaje la familia Joat. Así es como las Uvas de la ira va mostrándose como el diario de ruta de los perdedores de esa guerra interna que se vive en el país. Del enemigo público que sobrevive a duras penas día a día, mientras el resto de la sociedad, los vencedores en la guerra, los ataca, teme y desprecia.

La familia inicia la travesía a California en precarias condiciones, sin dinero y hacinados en un camión Hudson arreglado, que es mitad coche de pasajeros y mitad camión de carga. Van por el camino 66, el llamado “camino madre”, “el camino de la fuga”. En la ruta los Joat se enfrentan al estado generalizado de desesperanza que domina la región y comienzan a sufrir el interminable calvario que significa cada kilómetro de viaje; el hambre continua y enloquecedora; la incertidumbre ante la escasez de dinero; el terror a que falle el camión; el cansancio demoledor; la discriminación que sufren como parte  de esa masa migratoria que la gente de los pueblos y ciudades por los que pasan comienza a llamar despreciativamente “los okis”. En cada parada en los campamentos improvisados la familia se encuentra con seres como ellos, familias sumidas en el hambre y la desesperación y junto a ellas crean comunidades que acampan durante una noche junto al río de turno, que se acompañan y protegen como una unidad, mientras dure la noche. Mundos que se construyen al anochecer para ser destruidos por la mañana una y otra vez en los días y meses de ruta. Mundos en los que a pesar de la miseria  abunda la solidaridad, que muchas veces se convierte en la línea que separa la vida de la muerte

En el viaje de los Joad y de la masa migratoria queda en evidencia la división del país en un clase dominante cada vez más poderosa representada por las necesidades del “Yo”, los vencedores de esta guerra sin cañones, en desmedro de las del “Otro”, los perdedores, principio que cobra vida en ese medio millón de personas que se mueve en la miseria más absoluta, oprimidos y explotados por el país en busca de trabajo y hogar, mientras la gente de los pueblos y ciudades se arma contra ellos, a quiénes desprecia y teme, por su desesperación.

Migrantes, 1935, Dorothea Lange



En todas las guerras alguien gana y alguien paga, pensaba Steinbeck, “Las uvas de la ira”, es el retrato de los vencidos de esta guerra, de los que les tocó pagar, construido a partir de sus testimonios, que el escritor conoció de primera fuente. Lo único que parece quedarles a esos campesinos que vagan incansablemente en el retrato de Steinbeck, que añoran un hogar que ya no existe y sufriendo la explotación, es su fortaleza de espíritu,  que los mantiene en pie y los hace albergar algo de esperanza por encima de todas las calamidades, sabiendo que de ella depende su sobrevivencia. Una imagen que simboliza de manera magistral el fondo del drama humano expuesto en la novela por John Steinbeck tiene lugar al cierre, cuando Rose, que acaba de parir un hijo muerto, amamanta con la leche de su seno a un hombre moribundo de hambre que encuentran en un granero a su hijo.  Una imagen que impactante por su belleza y brutalidad, como esta gran novela.