Observatorio

La mítica Laguna del Desierto.

Nicole Saffie, integrante de hsitoriaycultura.cl

No sé por qué este este lugar de tupidos bosques y agua en abundancia se llama Laguna del Desierto. Pero aquí llegamos después de recorrer un camino de ripio lleno de baches desde la localidad argentina de El Chaltén. Aunque su belleza compensaba todo zangoloteo. Era como una postal: cascadas, glaciares colgantes, cumbres nevadas, ríos de aguas azul profundo, ñirres, lengas y cóndores –aunque nunca vimos huemules, pese a los numerosos carteles que advertían su presencia–.

Pese a lo impresionante del lugar, su fama la debe a la controversia limítrofe con Argentina. Ya desde el bus se le informa al turista que en 1985 se decidió poblar la zona con la única finalidad de “ganar puntos” en el referendo con Chile; de hecho el camino se creó con el mismo objetivo, aunque logró concluirse recién en el año 2000. La estrategia dio frutos, ya que el 21 de octubre de 1994 el fallo de un tribunal arbitral determinó que la Laguna del Desierto sería territorio argentino; decisión que fue ratificada un año después.

Llegamos a las cinco de la tarde al muelle, justo para tomar la última embarcación del día. Estaba nublado y caía una lluvia suave, pero persistente. El lago, de apenas 12 a 18 km de ancho, conecta con el lago San Martín, u O’Higgins, como se le conoce en el lado chileno –cada quien busca homenajear a su propio prócer–. El agua está rodeada de cumbres nevadas y cerros cubiertos completamente de selva patagónica. De pronto, las nubes dejan entrever el Fitz Roy al fondo. Con sus 3.405 m de altura, sus puntas y filos casi perfectos, no dejan indiferentes a nadie. Ni a los turistas, que ocupan buena parte de las memorias de sus cámaras tratando de capturarlo. Ni al famoso Perito Moreno, quien lo bautizó con su nombre actual el 2 de marzo de 1877 en honor al capitán del mítico Beagle, Robert Fitz Roy, quien recorriera el río Santa Cruz unas décadas antes. Ni a los tehuelches, quienes lo consideraban un monte sagrado y lo llamaban Chaltén, o "montaña humeante", debido a las nubes que casi constantemente coronan su cima y que hicieron que se pensara durante bastantes años que se trataba de un volcán.

Fitz Roy

El lugar impresiona. No hay rastro humano. Se siente el aire fresco y el viento en la cara. Silencio. Aquí se respira lejanía y esa sensación de encontrarse en los confines de la tierra. Sólo un refugio, literalmente en la mitad de la nada y al cual sólo se puede llegar en bote, interrumpe el paisaje. Nada más.

Sólo después de un buen rato llegamos hasta la otra orilla. Casi nadie baja. Lo común es que los turistas, la mayoría argentinos, hagan el paseo solo por el día. Pero no somos los únicos. Nos siguen una española, de unos cuarenta y tantos años, que llevaba más de un mes viajando por la Patagonia y que, sola y con su mochila a cuestas, venía de recorrer Tierra del Fuego. A ella se suman dos suizas jóvenes, que prefieren quedarse a acampar allí, y una francesa mayor. Mucho más adelante nos enteraríamos que tenía 60 años, que era directora de un colegio y que hacía tiempo que tenía planeado tomarse seis meses sabáticos para viajar a la Patagonia; su marido no se entusiasmó con acompañarla, así que partió sola, llegó a Buenos Aires, se embarcó con unos amigos hasta Ushuaia, donde conoció a un señor que buscaba un tripulante para ir a la Antártica y partió con él en un velero, luego llegó hasta Punta Arenas y fue subiendo, hasta llegar donde nos encontramos.

Allí nos esperaba don Tito, un hombre en sus cincuenta, tal vez, vestido con un polar rojo y una chupalla, y que como todo patagón, solo decía lo justo. Nos informa entonces que debemos hacer el trámite migratorio en el retén argentino, una cabaña a orillas del lago, donde nos atienden, uno en uno, un par de gendarmes en buzo sentados en el living, el que hacía las veces de oficina. Les pregunto por la vida en esas latitudes y algo me cuentan de la soledad y la lejanía.

Realizado el papeleo, don Tito nos anuncia que recorreremos las más de dos horas que nos separan del campamento, el primer tramo de los 22 km hasta la orilla del lago O’Higgins, a caballo. Diligentemente toma nuestras mochilas y las acomoda en un bulto arriba de un “pilchero”. Con la misma destreza me toma, y en un dos por tres, ya estoy montada lista para partir. Mi caballo, “Chiquito”, parte con paso rápido. Cruza arroyos, sortea obstáculos, come a cada tanto, y sube, sube y sube por un sendero estrecho desde donde se ve la laguna y el Fitz Roy a lo lejos. Está atardeciendo. De pronto, un claro en el camino y un cartel anuncia que estamos en territorio chileno. Imposible no emocionarse. Me siento como una exploradora. Como Augusto Grosse, quien medio siglo antes recorrió exactamente este mismo lugar censando a los colonos que hacían patria en este rincón perdido del país.

Lago O’Higgins

Llegamos al campamento cuando ya oscurecía. “Espero que tengan hambre, Raimundo fue a pescar una trucha para ustedes”, nos dice Ariela, quien nos recibe con una sonrisa. Él es guía, ella chef, ambos son de Coihayque y fueron los responsables de hacernos sentir cómodos en medio de la nada. La trucha, por cierto, fue la mejor que he comido en mi vida. O al menos, eso me pareció. Nos acostamos agotados y a las 7 de la mañana ya estábamos arriba de los caballos, otra vez.

Nos esperaban tres horas de recorrido. Tiempo suficiente para que, pregunta tras pregunta, los monosílabos de don Tito se transformaran en palabras y las palabras en frases, y las frases en la historia de su abuelo: Candelario Mancilla, quien llegó junto a su señora en los años 20 buscando un lugar donde instalarse; eran los tiempos en que el Gobierno entregaba tierras a quienes tenían el arrojo y la determinación de hacer patria donde llegar era prácticamente imposible. Candelario aprovechaba los meses de verano trabajando en las estancias para ganar algo de dinero y entonces, su joven esposa pasaba seis meses del año sola con los ocho hijos que llegaron a tener.

Muelle Candelario Mancilla

Don Tito nació y creció en el asentamiento, de tres casas y un puesto de frontera, que lleva el nombre de su abuelo. Vive con su hermano y su mamá. Lo más al norte que conoce es Coihayque. Estaba emocionado porque en abril viajaría a Puerto Montt. “Me gustaría conocer Santiago”, me confiesa. Le gusta la soledad, pero le entretienen los turistas que pasan de vez en cuando. Su familia es dueña de hectáreas y hectáreas de tierras boscosas que se encaraman entre los cerros, de hecho su propiedad incluía la Laguna del Desierto, que perdieron tras el fallo. Su vida es sencilla. Venden madera, tienen unos cuantos animales y hospedan a los esporádicos viajeros.

“¿Sabe dónde puedo encontrar hongos morilla?”, le pregunto de repente. Hacía tiempo que andaba detrás de estos hongos con forma de pino, que solo crecen debajo de los cipreses, en ciertas partes de la Patagonia; muy apetecidos en Francia, es bien difícil encontrarlos porque casi todo se exporta y si se tiene suerte, se les puede obtener en la zona por unos 70 mil pesos el kilo. Don Tito entonces me mira en silencio. “¿Los conoce?”, le pregunto. “Yo tengo”, me dice, “pero en el campamento”, el que habíamos dejado hacía más de dos horas. Imposible pensar en devolverse. Nos quedaba una hora para tomar el barco que nos llevaría de vuelta a la civilización.

De pronto, imponente, aparece el lago O’Higgins, con sus aguas de un turquesa profundo y prístino. Con más de ocho brazos y alimentado por los Campos de Hielo Sur, es uno de los más irregulares y de mayor tamaño de la Patagonia. Descendemos por un estrecho sendero, el caballo titubea un poco, ya me veo rodando por el cerro… Pero por suerte Chiquito sale victorioso. De pronto aparece el Destacamento de Frontera chileno. “¿Cómo está don Tito?”, lo saluda un joven carabinero desde la puerta. Hacemos el trámite de migración, pasando recién a entrar “legalmente” al país. Conversamos unos largos minutos de la vida en esas latitudes, de las inclemencias del tiempo, de la soledad… “Ahora cumplimos un turno de 40 días, con diez días libres; antes era de 60”, nos cuentan. No es fácil la vida aquí.

Por fin llegamos hasta el muelle. Solo se ven las aguas calipsos del lago y los cerros cubiertos de vegetación. De pronto, el barco que nos llevaría hasta el glaciar O’Higgins –impresionante, por cierto– y después, hasta Bahía Bahamondes, donde comienza –o termina– la Carretera Austral. Pero no puedo finalizar el relato sin contar que en un breve intertanto en Candelario, mientras viajeros de a pie y en bicicleta subían y bajaban del barco, aparece don Tito con una bolsa amarilla y me la entrega. La abro y ahí aparecen, de distintos tamaños, los famoso hongos morilla. “¡Don Tito! ¡Se pasó! ¿Cuánto le debo?”, le pregunto. “Nada, es un regalo para usted”, me responde.