Observatorio

Manuel Puig

Francisco Gallegos. Historiador y Escritor

 

A fines de los cincuenta, Manuel Puig se propone presentar dos guiones para películas de cine a una productora hollywoodense. Uno de ellos, titulado Ball canceled, está dedicado a Ingrid Bergman, con la esperanza de que ella sea la protagonista. Pero cuando les anticipa el material a algunos amigos del rubro, los comentarios son lapidarios: están escritos en un pésimo inglés y los personajes guardan poca verosimilitud. El aspirante a guionista comprende que no son más que copias mal hechas de películas que había visto en los años cuarenta. Su proyecto, un anhelo de más de veinte años, se trunca inexorablemente.

Desde pequeño, Manuel Puig se interesó por el cine más que por cualquier otra cosa. Había nacido en 1932 en General Villegas, una ciudad distante a casi quinientos kilómetros de Buenos Aires. Durante varias décadas, la ciudad fue considerada como un asentamiento militar de paso entre la capital y las ciudades del interior. Tal vez debido a eso, sumado a que más allá de sus límites no había sino pampa, su sociedad adquirió rápidamente las costumbres castrenses. En los años treinta era  considerada como una de las ciudades más tradicionalistas, machistas, herméticas y rígidas -en cuanto a valores- de todo el territorio argentino. Quizá influenciado por los juicios de su madre, una liberal descendiente de italianos que llegó hasta ahí para trabajar en el hospital regional, Puig comenzó a rechazar el lugar en el que vivía.

El único escape posible a esa realidad también lo adquirió de su madre. A los tres años, ya estaba sentado en una de las butacas del Cine Teatro Español para ver una reproducción de La novia de Frankenstein. Como le temió a la oscuridad, su padre consiguió con un amigo que la siguiente película pudiera verla desde la sala de proyección. Desde entonces, dedicó gran parte de sus tiempos libres a ver filmes norteamericanos, italianos y franceses. Por eso, no extrañó que a los veintitrés años, tras aprobar los estudios secundarios en Buenos Aires, decidiera seguir una carrera de cine en Roma.

Pero pronto tuvo la sensación de que había algo que no iba con su forma de ser. En una de las filmaciones que presenció, un director gritó a uno de los actores por una escena mal hecha. En ese episodio descubrió que jamás tendría el coraje de tratar de esa manera a algún integrante de un elenco, cosa que era corriente –y aún necesaria, en ciertos casos- en el set de filmación. Al poco tiempo, declinó seguir estudiando cine. Pero nunca perdió el vínculo. Probó suerte en empleos menores y, con el tiempo que le sobraba, escribió los dos guiones de cine, que de acuerdo a la opinión de sus amigos, no tendrían futuro. Aquí es donde Manuel Puig cree que su proyecto de vida, aquello que había sido un escape a su propia realidad, se trunca inexorablemente.

Mario Fenelli, un amigo argentino a quien conoció en la carrera de cine en Roma, apoya a Puig en esos momentos de desencanto. Si bien cree que los guiones carecen de valor artístico, incita a su amigo a seguir intentándolo. Le aconseja que escriba en su idioma y sobre temas que tenga pleno conocimiento. A Puig parece no quedarle otra que seguir las palabras de su amigo. Piensa en lo que conoce y sobre lo que puede escribir. Piensa, inevitablemente, en General Villegas, la ciudad que había decidido no querer.

Lo primero que se le viene a la cabeza son las historias que un primo suyo le contó sobre los amores que había mantenido en esa localidad. Comienza a escribir un monólogo, pero pasadas las treinta páginas, comprende que aquello no está estrictamente en formato de guión cinematográfico. Así nace La traición de Rita Hayworth, su primera novela, publicada en 1968. Al año siguiente hace lo propio con Boquitas pintadas. Ambas novelas generan un gran debate al interior de la sociedad de General Villegas, puesto que, según algunos sectores, el autor se refiere directamente a la ciudad (de hecho, están ambientadas en una ciudad ficticia de la pampa, denominada “Coronel Vallejos”), calificándolo de indiscreto por  ventilar la vida privada de algunos de sus  habitantes. “Yo rechacé totalmente la realidad que me tocó vivir”, se limita a decir Puig, en una ocasión.

   



En estas primeras novelas, el autor desarrolla la polifonía, un mecanismo innovador en la forma narrativa. Incorpora el lenguaje cotidiano -cartas, conversaciones telefónicas, documentos, reportajes de diarios, entre otros-, dando la impresión de que el lector está sentado en una butaca de cine, como si las acciones de los personajes transcurrieran en una película. Luego de publicar esas novelas, Puig se convierte en uno de los escritores argentinos más importantes de la época. Pero, como cuando niño, quiere escapar también de la realidad de “Coronel Vallejos” y vuelve al cine como en las películas que el Teatro Español daba en la década del cuarenta. Tras publicar The Buenos Aires affair, una novela de tintes policiales, en 1976 deslumbra con El beso de la mujer araña, considerada como una de sus mejores obras. En esta novela nuevamente utiliza la polifonía; El beso de la mujer araña está contada, principalmente, en los diálogos que Valentín Arregui y Luis Molina sostienen en una cárcel. Puig hace escapar a ambos personajes de las cuatro paredes a través de películas que uno de ellos –Molina, acusado de corrupción de menores- le va contando a su compañero de celda. Para hacernos una idea, la novela abre con Cat People (traducida al español como La mujer pantera), una película de Jacques Tourneur del año 1943.

A pesar de convertirse en un escritor consagrado, Manuel Puig no abandona completamente el cine. Al enterarse que varios directores quieren llevar sus novelas a la pantalla grande, decide ayudarlos en la escritura de sus guiones. Está más preparado que a fines de los cincuenta, cuando se desencantó por la mala calidad de sus guiones. Porque no sólo ha madurado como escritor, sino que tiene plena conciencia que debe escribir sobre aquello que conoce realmente. Y el cine, mejor que él, nadie. Poco antes de morir, casi no frecuenta las salas de cine; prefiere ver dos o tres cintas diarias en su casa. En Cuernavaca, donde muere en julio de 1990, no tiene de qué escapar.