Observatorio

Historia visible

Antonio Muñoz Molina , Diario El País, España

Uno mira el mundo presente a través de su propio pasado. Lo que se ve de la realidad es lo que filtra la memoria. A lo largo de casi cuarenta años, desde los tiempos más sórdidos de la Guerra Fría, Cees Nooteboom ha ido y ha vuelto muchas veces a Berlín, y ha viajado por toda Alemania, pero su mirada sobre el país, y sobre la ciudad en la que un día de noviembre vio a una multitud desbordar un Muro sombrío, de repente irrisorio, ha estado siempre filtrada por recuerdos antiguos que el tiempo no debilita. Cees Nooteboom es un viajero ilustrado y curioso, de la escuela inmemorial de Herodoto, de Bruce Chatwin, de Jan Morris, pero todo lo que observa, sobre todo lo que observa con tanto detalle en Alemania y en Berlín, le trae una y otra vez el recuerdo de algunas cosas que vivió en la niñez y que determinaron su vida. En su casa, en La Haya, escuchaba por la radio los discursos de Hitler, secos ladridos que asustaban más porque apenas comprendía entonces el idioma en que aquel hombre gritaba. Con siete años vio desfilar por una avenida de su ciudad columnas de soldados alemanes con uniformes verdegris, con estandartes coronados de águilas de metal. Una noche vio en la lejanía, como en los horizontes infernales de Brueghel o El Bosco, la gran hoguera de Rotterdam bajo las bombas. Perdió a su padre en un bombardeo de los Aliados sobre La Haya.

Este hombre de mirada irónica y sonrisa apacible guarda dentro de sí todos esos recuerdos, y las cosas que observa con sus ojos muy claros, aunque él no lo diga, aunque hayan pasado casi tres cuartos de siglo, están teñidas por ellos. Cuando escribe sobre Berlín, o cuando hace la crónica de un viaje en coche por carreteras y ciudades alemanas, Cees Nooteboom se define como un forastero, pero no es un forastero como cualquier otro. Es un ciudadano de un pequeño país fronterizo con un país enorme que lo invadió y lo ocupó durante más de cuatro años. Es un holandés en Alemania, un hijo de la Ámsterdam desahogada y acuática en la maciza solemnidad de Berlín, un ciudadano de una democracia abierta y viva, muy discutidora, muy fortalecida por amplias conquistas sociales, que tuvo la oportunidad de infiltrarse en el macabro mausoleo de la utopía comunista, en unos años en los que su brillo aún perduraba, al menos para la miopía frívola de una parte considerable de la izquierda y de la intelectualidad occidentales.

 

Cees Nooteboom, www.lavoz.com.ar

Hombre pragmático, a la manera holandesa, a Cees Nooteboom se le nota mucho una indiferencia instintiva hacia las abstracciones y una vocación inversa por fijarse en lo concreto, en lo muy singular, en el testimonio de los sentidos. Leyendo el primer capítulo de sus Noticias de Berlín, bellamente traducido por M. C. Bartolomé y P. J. van der Post, se siente todo el frío del mes de enero de 1963, se huele una desolación de gasolina mal quemada y humo de lignito. La mirada del viajero se detiene en pormenores siniestros: las botas de cuero negro de una oficial del ejército golpeando el suelo helado de cemento, debajo de una mesa, en un puesto fronterizo; por la llanura nevada, al otro lado de vallas de alambre, junto a una torre de vigilancia hecha de troncos sin desbastar, guardias con uniformes de camuflaje blanco patrullan tirando de las correas de feroces perros negros. En una estación inmensa de ferrocarril, bajo las bóvedas metálicas y las hileras de banderas rojas y pancartas triunfales, una multitud aguarda durante horas, en congelada inmovilidad, la llegada de Nikita Jruschov.

En 1963, con el muro de Berlín recién levantado, parece que el invierno alemán va a ser tan crudo y tan eterno como el régimen comunista, como la frontera de púas de alambre y cristales rotos que divide en dos la ciudad y el país. La historia casi siempre es invisible y nadie sabe vaticinar el porvenir. La historia, dice Nooteboom, es invisible porque suele suceder muy despacio, y la conciencia humana no está preparada para captar ciertas lentitudes, igual que el ojo no ve por encima o por debajo de una franja muy estrecha de longitudes de onda. Pero de vez en cuando, cuando nadie lo esperaba, la historia se acelera y se vuelve visible, cegadora en su ímpetu. En el otoño de 1989 Cees Nooteboom está de nuevo en Berlín. Ahora es un visitante privilegiado, un residente temporal. Instalarse durante varios meses en una ciudad extranjera puede ser uno de los grandes regalos de la vida. No estás en un hotel, sino en un apartamento. Adquieres costumbres, te sumerges en el idioma, lees los periódicos en un café que rápidamente se te ha vuelto familiar, visitas las casas de la gente. El espacio plano del turista deja paso a la tercera dimensión de la vida cotidiana. En 1989, cuando reside en Berlín Oeste, Cees Nooteboom todavía debe cruzar los mismos puestos de control para ir al otro lado, y cuando se encuentra allí tiene la misma sensación de alarma y extrañeza de muchos años atrás. Berlín Este sigue oliendo a gasolina mala y a hollín de calefacciones de carbón. Las mismas pancartas y las mismas banderas rojas lo ocupan todo, los mismos rostros de burócratas viejos se repiten en los periódicos y en los programas de la televisión. Ante los uniformes, los taconazos y los malos modos de los policías fronterizos, Nooteboom se acuerda de otros uniformes, otros gritos alemanes de cuando era niño.

De pronto, casi de la noche a la mañana, lo que había permanecido firme durante tantos años se desmorona como un decorado, como una entelequia. El transeúnte holandés y su esposa fotógrafa se encuentran perdidos en una muchedumbre festiva que toma en un asalto pacífico lo que hasta entonces había sido la tierra de nadie, que escala y salta sin peligro el gran muro junto al que murieron tantos que intentaban escapar y cayeron abatidos por las ráfagas de metralla de los guardias, cegados por las luces de los reflectores. Ahora los mismos guardias con los mismos cascos y uniformes contemplan sin hacer nada el río desbordado, el mar de la gente.

Nooteboom se va de Berlín, vuelve a Berlín. Su crónica tiene la urgencia de lo recién sucedido y la perspectiva del paso de los años, la de lo aprendido en cada regreso: Noticias de Berlín no es una obra cerrada, sino un libro en marcha, un testimonio que acaba revelando lo que estuvo latente desde el principio, la confesión personal de un hombre que se ha ido haciendo mayor, que recuerda cosas que otros solo conocen por los libros de historia o ignoran por completo. En cada regreso nota lo que ya no existe del Berlín anterior. A la gran borrachera de la libertad le sucede la monotonía sin lustre de la democracia. Zonas enteras del pasado desaparecen bajo las arquitecturas de un nuevo Berlín formidable, que al viajero le despierta simpatía y un fondo sordo de alarma. Ya no quedan muchos como él, que se acuerden de todo: de esa voz en la radio en 1940, del frío en la estación en 1963, del delirio en noviembre de 1989.

 

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