Observatorio

Fiesta, Rito y Política en Chile colonial, republicano temprano y actual.

José Araneda Riquelme Magister © en Historia, PUC., Chile.

 

En Fiestas, rito y política. Del Chile borbónico al republicano (Dibam/ Centro de investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 2014), el historiador Jaime Valenzuela salda su propia deuda de entender, lo que él ha denominado, las “liturgias del poder” en una larga duración. Este concepto, que ya anunció en un trabajo anterior,  intenta dar cuenta de la profusa tradición ceremonial y ritual que envuelve a las prácticas políticas coloniales, pero que sin duda se proyectan hasta el día de hoy. A partir de un arduo trabajo y análisis de fuentes en 469 páginas, el historiador analiza las fiestas y ceremoniales de la nueva dinastía española de los borbones (1700) y proyecta una línea interesante de continuidad y cambio con el Chile republicano (1810c). Y es que este primer rito, cambiaría las formas de celebración barrocas del siglo XVII, en búsqueda de una legitimación del poder imperial, especialmente, en la figura del Rey. Esta forma fortalecimiento cultural del Estado, plantea Valenzuela, será recogido por las prácticas políticas republicanas como forma de legitimar el nuevo régimen político. Esto supone, interesantemente, que el proceso de independencia “tendrá un impacto paulatino y a mediano plazo” en las formas de socialización del mensaje político (pp. 25-26). Pero que tendrá un cambio de fondo directamente relacionado con el nuevo régimen que se establece hacia 1818.

Especialmente interesante puede ser para el lector el acercamiento comparativo a las festividades borbonas y republicanas. Bajo el lema de la “felicidad pública”, el despotismo borbónico se alzó para frenar la cuasi autonomía de los territorios americanos reafirmando la autoridad real (p. 21). Esto supuso el proceso civilizatorio de las costumbres y, por lo tanto, de las celebraciones. Tanto las proclamaciones de los nuevos reyes y autoridades como sus defunciones fueron conmemoradas con especial despliegue de recursos, técnica y suntuosidad, permitida a partir de la bonanza económica de la exportación chilena. Estas celebraciones fueron un “instrumento de confirmación de la fidelidad” lo que permitió re articular las redes de sumisión emotiva al sistema de poder político (pp. 27 y 41). Acá el gobernador ostenta una posición central como  “vicario del absolutismo”, que implica una proyección de las capacidades políticas y morales de mismo Rey (p. 96).

Estas estrategias de rearticulación de la soberanía real dan cuenta de una jerarquía y circulación de distintos agentes. Y es que aquí, donde podemos observar la triada funcionario-militares-religiosos, como principales actores de las celebraciones. Por un lado, el fortalecimiento del Estado devino en un rearticulación e incremento de los funcionarios, visto como agentes neutrales, alejados de los intereses locales (p. 103). Por otro, la metrópolis ibérica, en un período de profundos conflictos entre los imperios europeos, promovió una mejora de las condiciones defensivas de sus colonias: lo militar sería un pilar esencial del estado borbónico. Esto se ve en la militarización de las celebraciones, en donde “los sonidos miliares tenderán entonces a superponerse a las campanas”(p.157). Esta subordinación, dice Valenzuela, podría ser considerada un correlato simbólico a la relación entre Corona e Iglesia, en donde el clero se considerará como un agente imperial más al servicio de la Monarquía. De esta manera, como señala el historiador, es en las fiestas y rituales públicos donde los diferentes actores coloniales buscaron legitimar sus cuotas de poder y privilegio dentro del sistema. La conformación de normas y reglamentos de etiqueta supusieron fuentes y relatos del intento de ordenar y jerarquizar la distribución de estos participantes (véase el Capitulo: Burocracia, Protocolo y nuevos escenarios litúrgicos).

Es interesante ver cómo uno de los pilares del Estado, conformado por la triada política-religión-guerra fortalecida por los borbones, será retomada formalmente por las autoridades revolucionarias y republicanas desde 1810. Durante las liturgias de poder republicanas, el presidente, al igual que el gobernador colonial, será la figura central rodeada por autoridades políticas, militares y eclesiásticas. El traspaso de la forma pública y política de celebrar tendrá traducciones que para el autor están vinculadas al contenido simbólico. Ya no se celebra la ascensión del rey, sino el aniversario de la nueva república. Por lo tanto, estos rituales coloniales serán resignificados para poder legitimar el régimen instalado tras la independencia.

   


El crecimiento del nuevo Estado estará a la par de una reorganización administrativa, con la creación de corporaciones inéditas como el Congreso nacional y los ministerios. Por otro lado, la mayoría de los políticos en esta época son militares que participaron en la guerra de independencia. Por lo tanto, para el autor, ésta consolida el  universo de lo militar como parte de la articulación política a lo largo de Chile (p. 158). Se conmemora festivamente, tanto derrotas como la de Rancagua (1814) como la de Chacabuco (1818), como hitos fundamentales de la consolidación de la autonomía política de la república. Pero, esto supone una legitimación que va más allá de la argumentación racional de las nuevas ideas políticas o la fuerza militar. Jaime Valenzuela ha analizado un vínculo subjetivo central en la constitución de un nuevo régimen: el peso constante de lo religioso. Constantemente se está en búsqueda de la legitimidad y de “protección celestial” de la causa patriota y republicana, lo que se explica en las dinámicas de una sociedad muy religiosa. A la “palabra de Dios”, como señala el autor, ya no viene el bando real, sino “el discurso político fundacional del nuevo orden, compartiendo los mismos espacios, voces y contextos” (p. 228). Y esto se ve reflejado en el paso devocional mariano: de la Virgen del Rosario, protectora de la monarquía,  a la Virgen del Carmen, quien protegerá y auspiciará las acciones de los patriotas.  En ese sentido, se resignificó tantos los objetos como las prácticas ceremoniales con la finalidad de legitimar el sistema republicano, y, por supuesto, la perpetuación de los grupos gobernantes (p. 303).

En una fecha como ésta, cercana a celebrar aniversario patrio número 215, este libro nos ayuda a reflexionar sobre las lógicas de las celebraciones cívicas chilenas. El 18 de septiembre de este año, la presidenta Michelle Bachelet, de la misma forma que sus antecesores, se dirigió en el auto presidencial a la Plaza de Armas acompañada por  himnos militares. Allí, ingresó a la Catedral de Santiago a escuchar el Te deum ecuménico, en donde distintas autoridades religiosas, presididas por el Arzobispo de Santiago, hicieron una reflexión sobre los desafíos de la patria ante los principales políticos. Nuevamente se juntaron la triada política-militar-religiosa. ¿Es el Te Deum una ceremonia colonial? claramente no, pero eso no quita que dentro de la trayectoria festiva de Chile, y esto vale para todos los ámbitos, lo colonial tenga mucho que decir.