Observatorio

El Café de los Existencialistas.
(sexo, café y cigarrillos o cuando la filosofía era provocadora)

Redactó: Nicolás Cruz (editor de la página)

 

Jean Braudillard se preguntaba, ¿a quién le importa la libertad, la mala fe y la autenticidad hoy en día? El mismo respondía que a nadie y que el pensamiento de los existencialistas constituye actualmente una curiosidad histórica. Sarah Bakewell, la autora de un libro sobre la figura y pensamiento de los existencialistas, dedica sus más de trescientas páginas a reivindicar su lectura con algunas consideraciones interesantes sobre el tema de la libertad en el tiempo actual, agregando un llamado voluntarioso al tema que la atrae y la empeña.
           
Este ‘Café de los Existencialistas’ (Editorial Ariel, 2016) es un manual informado y ameno sobre esta corriente de pensamiento desde Heidegger hasta Sartre y Beauvoir, prestando atención a los antecedentes venerables. El Café, además de la importancia que tuvo para los existencialistas en cuanto lugar de encuentro, se presenta como un espacio para reportar los contenidos de sus conversaciones, amistades, disputas y abundantes amores.
           
Una idea central propuesta por Blakewell consiste en percibir la relación profunda  entre el existencialismo y la crisis europea que desembocó en las dos guerras mundiales y todos sus efectos. Fue en el contexto de esos conflictos que implicaron gigantescas pérdidas humanas –de no creer cuando se revisan las cifras- y el desplome del precario orden creado a fines del siglo XIX, así como la crisis de las ideas o convicciones en que, con mayor o menor grado de profundidad, creían una parte significativa de las personas. Los existencialistas, en ese contexto, propusieron volver a centrarse en el ser humano y estremecer la adormecida capacidad que este tiene de construirse a sí mismo una vida propia, en fin, un ejercicio que requería abandonar los prejuicios de diverso tipo y aproximarse a las cosas de manera directa y frontal que fuese posible. Para Albert Camus, uno de los que más se involucró con estas propuestas y quien tuvo una notable recepción a nivel mundial, aquello que valía la pena era el intento que se realizaba para llegar a los objetivos planteados más que los probables resultados a los que se podían alcanzar, tal como lo expresó en El Mito de Sísifo (1942) y El Hombre Rebelde (1951), entre otros, mientras que para Sartre, en la medida que avanzaba el tiempo, la construcción personal pasó a radicarse en un compromiso social, ideológico y político.
           
Este pensamiento con todas sus particularidades y variantes (S. de Beauvoir, G. Marcel, M. Ponty y R. Aron, por mencionar aquellos a quienes la autora destaca) alcanzó una recepción pública que la filosofía no había tenido antes, probablemente porque los leyeron los jóvenes universitarios de varias partes del mundo y no solamente los que estudiaban filosofía; les creyeron y los debatieron. Ellos, los existencialistas, llegaron a sr famosos como pensadores y en varios casos como escritores y ensayistas. Mantuvieron esta condición por algunas décadas del siglo pasado, hasta que, comenzaron a ser objeto de una aproximación arqueológica. Sarah Bakewell, la autora del libro, destaca que mientras sucedía en los países de Europa Occidental, en aquella denominada Oriental, como por ejemplo, Checoslovaquia, la fenomenología era convocada como fundamento contra el totalitarismo y como base para la organización de las repúblicas en el período posterior al dominio soviético.
           
Desde este punto se puede volver al comentario de Braudillard y someterlo a análisis. El punto central radica en que el pensamiento existencialista tuvo que ver con la convicción creciente de que la vida de las personas era decidida en una esfera distinta de la que ellas creían y por motivos diversos-más oscuros- a los que ellas pensaban. Más de una generación había ido a la guerra amparados por unos estandartes que no resultaron ser tales: la libertad, la nación, la democracia, etc. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial esta percepción y sentimiento no pararon de extenderse. Fue en este contexto de crisis que el pensamiento existencialista encontró su fuerte recepcuión.
           
Así, uno de los rasgos que se consideran más representativos de lo que hoy denominamos la post modernidad, como es la idea de la digitación tecnológica y remota de las vidas en las que la libertad cuenta poco o nada, ya se encontró presente con toda su fuerza en los períodos de entre y post guerras mundiales. La diferencia tecnológica que tanto preocupó a Heidegger en sus últimos años, ha introducido un grado mayor y de mayor complejidad al tema, pero no ha cambiado su raíz, al menos en este plano.