Observatorio

Me acuerdo de la dictadura

Ana Cruz http://meacuerdodeladictadura

 

¿Qué año habrá sido? No lo sé. Sólo sé que llovía en el barrio. Llovía, llovía y llovía. Como llovía en los 80, llovía ese día en Santiago. ¿La chimenea encendida? (no sé qué año se prohibieron y pasaron a ser arquitectura tamaño muñecas). En fin, supongamos que estaba encendida. Lo que sí sé es que los vidrios estaban empañados, había un fuerte olor a cera, un suelo de baldosines rojos brillando y una prohibición absoluta de moverse para no dejar todo lleno de cera.

De pronto suena el timbre. ¿Por qué insisto en recordar el detalle del timbre, si sé perfectamente que todos los timbres del barrio estaban rotos y casi seguro que alguien había venido corriendo antes a avisar que los milicos estaban allanando? Tensa espera.

Creo que eran vacaciones de invierno. ¿Estaban mis papás en la casa? Tensa espera y al fin llegan. Escucho la voz de la Magdalena, que mientras construye un caminito de papel de diario por toda la casa, dice con su firme vozarrón: ¡A ver! ¡Se me ponen en fila y entran con cuidadito porque acabo de encerar!

Tenía un nudo en la guata y la espalda bien derecha. Nunca había visto tantos milicos juntos ni tan de cerca, pero parece que la orden de la Magdalena surtió efecto, porque entraron en fila, caminando despacio sobre el papel de diario y ni nos miraron. ¡Uf! Relajo un poco la espalda. Me daba terror mirarlos a los ojos.

Siguieron avanzando derecho por el caminito y llegaron al pasillo. Mi espalda se enderezó de golpe otra vez, un doloroso hormigueo en la nuca y los ojos bien abiertos. Iban a subir al entretecho. Desde ahí el tiempo se volvió perezoso y empezó a avanzar muy lentamente, parecía que el pasillo fuera eterno y que la marcha ordenada y firme de los milicos apenas pudiera cubrirlo. Sube un bototo, se mueve en el aire, baja el bototo. Todo en cámara lenta.

Creo que mi cuerpo no se movía ni un milímetro, pero que mis ojos iban desesperadamente de sus pies al cuadradito blanco que indicaba la entrada del entretecho, el lugar de mis terrores. Creo que mi corazón latía con violencia, como si se fuera a salir. Creo que debo haber pensado “no seas tonta, lo sabes, no hay nadie ahí” y sin embargo creo que debo haberme puesto a rezar, “diosito, diosito, por favor que no haya nadie en el entretecho, por favor, por favor, diosito”, “diosito, diosito, por favor que no encuentren nada raro, ningún libro, ninguna revista, ninguna cosa, por favor, por favor, diosito”, “diosito, diosito, por favor que no se lleven a mis papás, por favor, por favor, diosito”. 

Qué miserable suena, mirado desde hoy, mi terror al entretecho. Que hubiera monstruos, brujas, fantasmas, el diablo y la llorona, pero sobre todo que hubiera alguien escondido, alguien que hubiera escapado de la Villa Grimaldi y que se hubiera escondido en nuestro techo, alguien que los milicos pudieran encontrar y llevarse junto a mis papás. Era todo lo que me preocupaba. Miserable, pero real.

Subieron los milicos al entretecho y no encontraron nada ni a nadie. Al menos nada que estuvieran buscando. Cerraron la puerta, deshicieron el camino andado por las ordenaditas páginas de papel de diario y se fueron. Creo que al salir se despidieron de la Magdalena. Buenas tardes, señora.