Observatorio

Explorando el Fin del Mundo

Nicole Saffie. Periodista de historiaycultura.cl

Para llegar a Cordillera Darwin, en plena Tierra del Fuego, hay que hacerse a la idea de navegar por las agitadas aguas del Estrecho de Magallanes. Embarcarse, en este caso, en lo que fuera un pequeño barco de pescadores, actualmente adaptado para llevar pasajeros, el Maripaz II. Dejar que la vista se pierda entre fiordos y glaciares colgantes. Descubrir a los pescadores de centolla en la plácida Bahía Escondida y, por supuesto, disfrutar de un buen plato preparado por don Juan, el cocinero a bordo. Sentirse como un selknam con la mítica isla Dawson al frente, navegando entre angostos canales seguidos por toninas y albatros. Y aferrarse a la litera (o a lo que sea) cuando las aguas del Estrecho chocan furiosamente contra aquellas provenientes del Seno del Almirantazgo.

Después de casi dos días de navegación (todo dependerá de las condiciones climáticas), llegamos a Bahía Parry. Desde el barco se ve una playa rodeada de aguas de color calipso, con dos glaciares majestuosos de fondo: De la Viuda, el más grande, y Castor, el más pequeño. Y como si el paisaje no fuera suficiente, una pareja de pingüinos rey nos daban la bienvenida en la playa. 

El lugar era tan alucinante como el objetivo del viaje: estudiar el cambio climático. Así como también los encargados de llevarlo a cabo: un grupo de geógrafos, geólogos, biólogos, agrónomos y hasta una periodista (quien precisamente escribe estas líneas). Unos buscarían muestras de roca para descubrir hace cuánto tiempo retrocedieron los glaciares que, se piensa, llegaron hasta Punta Arenas; oteros examinarían los anillos de árboles para reconstruir el clima en los últimos cuatrocientos años; mientras que el tercer grupo trataría de comprender cómo ese suelo inerte descubierto por el hielo cobra vida. Y yo, sería la encargada de registrar en terreno todo ese trabajo.

 

Durante seis días caminamos por senderos de guanacos, nos encaramamos por verdaderas represas construidas por los castores (oriundos de Canadá, estos roedores de apetecido pelaje han invadido Tierra del Fuego), nos perdimos por tupidos bosques, cruzamos ríos botas al agua, nos encaramamos por las rocas, subimos y bajamos cerros, y nos adentramos por las impredecibles turberas (y casi desaparezco en una).

Estando ahí, sentí lo que era estar verdaderamente en un lugar remoto, en "los confines de  la tierra". Tener conciencia de lo lejos que estaba mi casa, depender sólo de un teléfono satelital para comunicarnos. Sentirse un poco como los grandes exploradores. Como el propio naturalista Charles Darwin, quien inició su viaje de exploración por estas tierras a los 22 años, a comienzos del siglo XVIII, invitado por el comandante inglés Fitz Roy en su campaña cartográfica de la zona, heredándole su nombre al último cordón montañoso del continente. O el padre Alberto Agostini, sacerdote salesiano, geógrafo, montañista y fotógrafo, quien a principios del 1900 fue registrando cada rincón de esta Patagonia profunda que conoció como nadie; precisamente estas tierras forman parte del Parque Nacional que lleva su nombre. O Eric Shipton, montañista británico nacido en Sri Lanka quien, habiendo perdido la posibilidad de ser el primero en conquistar el Everest, partió tras las cumbres patagónicas, entre ellas el Monte Sarmiento, la más alta de estas latitudes.


Estar en un lugar en donde solo unas pocas almas inquietas han estado, es un regalo. Tener de vista un glaciar majestuoso al salir de la carpa cada mañana, divisar ballenas desde la playa; aprender intensamente y maravillarme con cada piedra, líquen y árbol que encontraba a mi paso;  tomar agua de glaciar, sentir el viento en la cara, escuchar esa lluvia fuerte que cae sobre la carpa; conversar sin el celular en la mano, volver a escribir a lápiz una bitácora de viaje, disfrutar al máximo una sopa caliente, salirse del día a día para andar a un ritmo más calmo.

Pero no es fácil, en especial para alguien ajeno a la vida outdoor como yo: no hay baño, hay que aguantarse el pelo "pegado" por varios días (y olvidarse de la ducha), comer bajo la lluvia, sentir el viento frío en la piel y los pies destruidos después de tanta caminata con bota de agua... Aprender a armar una carpa (sin que quede anegada), a usar la cocinilla sin que el viento apague el fuego, a ahorrar las pilas porque no hay dónde cargarlas. Pero sobre todo, aprender a ser flexible, a compartir con otros muy distintos, a ser humilde (porque mis conocimientos de poco sirven para sobrevivir en estas condiciones), a darse cuenta que uno no necesita tantas cosas, a solucionar los problemas con lo que hay, a sentirse parte de un equipo donde lo que uno haga (o no haga) repercute directamente en el otro... Fue una gran experiencia, no solo de trabajo, sino especialmente de vida, de esas que uno necesita de vez en cuando para reconectarse con lo esencial.