Observatorio

La Ciudad y los Perros, un asunto de impunidad

Redactó: Nicolás Cruz (editor de la página).

 

Las primeras novelas de Vargas Llosa se caracterizaban por desarrollar una trama relacionada con una idea profunda que cuestionaba a la sociedad. Tenían la fuerza de develar y anticipar un tema que con los años adquiriría un amplio y dramático alcance. En La Ciudad y los Perros (1962) abordó el tema de la impunidad, mientras que en Conversación en la Catedral (1969) lo hizo sobre las dictaduras, no centrándose en la figura del dictador como era habitual en las novelas del período, sino que en los sistemas de seguridad y en la represión dirigida por una oficina del Estado a cargo de un personaje subordinado –al menos parcialmente- a la figura del gobernante: esto es, la represión como sistema y red de castigo a los considerados enemigos del régimen. 

La Ciudad y los Perros, quizás convenga recordarlo, aunque sea brevemente, narra el asesinato de un joven estudiante o conscripto del Colegio Pre Militar Leoncio Prado ubicado en Lima, Perú. El cadete Ricardo Arana (‘el esclavo’ para todos sus compañeros, un miserable y simple soplón que merecía ser asesinado, para El Jaguar, su asesino) recibió un disparo en medio de un entrenamiento de tiro. La bala mortal llegó desde atrás y fue calculada para matar a su  destinatario. Todos los oficiales se percataron de eso y comenzaron a moverse a partir de esa constatación, habiendo además recibido una denuncia de parte de Alberto ‘el poeta’. Lo que poco a poco va implementándose es el intento de anular el hecho, aunque cada uno de los que participa en este proceso tuviese motivos diferentes para actuar.

El coronel director del Colegio será quien encabece el intento. Sus preocupaciones resultan muy claras y tienen la fuerza de quienes persiguen un solo objetivo, y muy decidido. Para esto exigirá que los oficiales de la institución se centren en la conveniencia de que Alberto retiré la acusación contra El Jaguar, el asesino. Él, en persona, tomó las acciones en su mano, amenazando, extorsionando y ejerciendo una intolerable presión sobre el joven estudiante que hizo la denuncia: nada, absolutamente nada debía salir de los muros del Leoncio Prado, y una vez logrado el retiro de la acusación todo quedaría enterrado y su mundo volvería a ser tal cual lo había sido siempre. Los oficiales por su parte, según las palabras claras del coronel director, debían comprender lo compleja y difícil que podían volverse sus carreras si el ‘escándalo’ trascendía. Nada importaba someter al joven denunciante a una profunda humillación, haciéndolo culpable de la situación, amenazándolo con la expulsión y la denuncia a sus padres, aspecto este último que calaba de manera decisiva en la inestable personalidad de Alberto. Aquí funciona uno de los primeros aspectos de esa búsqueda de la impunidad que confunde las cosas de tal manera que a partir de un cierto punto no se sabe cuál fue el delito y quien o quienes los responsables. El crimen cometido fue el asesinato del Esclavo o  la denuncia de un estudiante sensible y bueno para escribir versos; la trasgresión consistió en la ejecución por la espalda de un compañero de sección o el haber puesto el honor del Colegio y del sistema militar bajo cuestionamiento; el pecado mayor parece haber sido enturbiar las aguas superficialmente tranquilas del establecimiento premilitar sin reportar la situación a través de los conductos correspondientes.

El Director Coronel en primer lugar, los oficiales luego y tampoco para la mayoría de los estudiantes conscriptos para quienes la vida sigue y el panorama se ensancha en vistas del fin del año cívico- militar y con ello el término de su período escolar, no se justificaba prestarle tanta atención al asunto. En el caso de estos últimos, el porvenir inmediato resultará mucho más atractivo que la clarificación de aquel accidente que tuvo lugar cuando finalizaban los tiempos del castigo que sus familias les habían impuesto al enviarlos a un centro de disciplinamiento. Alberto, el poeta, terminará por ingresar en los códigos de su padre, pasar sus días en la playa y viajar a los Estados Unidos para realizar estudios de Ingeniería. El Jaguar, un rebelde, ladrón, putero y asesino, asentará cabeza, al menos por cierto tiempo, a través del matrimonio y el trabajo menor en una oficina. El teniente Gamboa, el único que durante un tiempo se resistió a la impunidad, para luego terminar cediendo cuando Alberto retiró la denuncia, fue a parar a un regimiento en La Puna, lugar desde el cual podría reiniciar su carrera.

¿Una novela sobre militares? Ya sería bastante puesto que en las décadas siguientes llegaríamos a saber  y experimentar, en toda América del Sur, lo que ellos entendían por impunidad . Pero no es sólo eso, y para eso está el Colegio Leoncio Prado, una escuela pre-militar a la cual una parte de los estudiantes llegaba para ser sometidos a una disciplina que les permitiera superar su condición de casos perdidos, otro grupo para que se hicieran hombrecitos y no ‘maricas’ que escribían poemitas y por último para que aprendieran a tener una vida pública impecable y otra escondida que convenía mantener en sordina. El colegio pre-militar se ubica en el límite exacto entre la sociedad civil y la militar y ambas convergen en sus convicciones cuando se trata de tapar un asesinato que puede enlodar la buena marcha de las instituciones.