Observatorio

Camus y La muerte feliz

Matías Rivas Vergara

 

Un día como hoy, 4 de enero de 1960, el novelista, dramaturgo, filósofo y periodista Albert Camus murió en un accidente automovilístico a los 46 años de edad. Es curioso que él mismo haya mencionado en una de sus entrevistas que aquella forma de morir le parecía la más absurda. Ironía del destino para quien fuera conocido con la etiqueta de «filósofo del absurdo», su muerte nos llama hoy a una reflexión sobre su vida y obra.

No quisiera evocar aquí la clásica elegía que suele realizarse en estos casos, con alabanzas generales y exhortaciones al público para que sienta el deseo de leer al sujeto homenajeado, pues suele ocurrir que este adquiere, gracias a las investiduras de Thánatos, una excepcionalidad que solo unos pocos visionarios destacaron mientras vivió. Al contrario, lo que me gustaría realizar en estas líneas es poner bajo foco al hombre, al Camus que cometía errores y que en ocasiones contradecía sus principios éticos, ese Camus humano, demasiado humano, nacido en una familia pobre de la Argelia francesa, con la fiel compañía del sol y el mar, el escritor y ganador del Nobel que antes que eso fue un hombre como todos nosotros, aunque quizás, como tituló Combat tras su muerte, le meilleur de nostres.

Para ser consecuente con lo anterior, me referiré a una de sus novelas menos conocidas. Las razones de esto son varias: se trata de una novela no publicada por el autor (solo se publicó post mortem en 1970) y que fue oscurecida por la publicación posterior de El extranjero, donde se adaptan algunas ideas y algunos personajes ya presentes en la obra que abordaré a continuación. Se trata de La muerte feliz)  novela que consta de dos partes y que relata algunas experiencias de la vida de Patrice Mersault (utilizo la edición  de Alianza editorial, 2014).

Llegué a leer la novela como se llega a la mayoría de ellas, o al menos como solía ocurrir antes de que se masificaran los e-books: se conoce su existencia de algún lado, generalmente a partir de otras lecturas o de referencias, y de pronto se la encuentra en algún estante de librería. La adquirí sin pensar y la leí ávidamente en dos tiempos.

Siempre es bueno partir leyendo con la menor cantidad de prejuicios posibles. Puedo decir que lo logré, aunque fue inevitable que las comparaciones con otras obras de Camus acudieran a mi mente. ¿Qué le debe El extranjero a La muerte feliz? ¿Por qué su autor decidió publicar la primera y no la segunda? Estas y otras interrogantes me asaltaron mientras leía la primera parte de la novela. Al cabo de un tiempo, sin embargo, callaron. Y es que La muerte feliz resulta una historia cautivante al lector, tanto así que solamente se me ocurre compararla con el misterio inicial que provoca la lectura de La caída.

Fuera de las comparaciones obligadas con El extranjero, de las que el propio autor es quizás deliberadamente culpable, La muerte feliz resulta ser una novela fresca, casi refrescante, repleta de referencias autobiográficas del propio Camus y de imágenes de la naturaleza generosa de la costa norteafricana, bañada sempiternamente por el sol y el mar. Es cierto que estas imágenes se repiten a lo largo de la obra del escritor argelino, pero en ningún otro lugar, salvo en sus ensayos líricos Bodas y El Verano −que no por casualidad son de la misma época en que escribió La muerte feliz−, se aprecian de un modo tan vívido. Podemos ‘culpar’ de ello a la juventud de Camus, que a la sazón no tenía más de 25 años, pero más allá de si corresponden o no a la imaginería típica de la juventud, las líneas que Camus escribe en la novela prefiguran ya toda su inquietud filosófica.

La primera parte, titulada “Muerte natural”, relata la vida simple y aparentemente despreocupada de Patrice Mersault, trabajador en una oficina portuaria de Argel, que vivía, por elección propia, en la habitación de su difunta madre, donde recordaba la pobreza dulce de antaño. Allí, en su espacio más íntimo, Mersault se enfrentaba cara a cara con la oposición entre su nostalgia y su deseo de salir de aquella pobreza. La extensa jornada de trabajo rutinario le permitía solamente un breve goce del mundo y de la compañía de otros seres. Todo se resumía en la frase “un domingo menos” (p. 37). Sin embargo, esos breves momentos nocturnos en que Mersault salía a la calle a disfrutar del mundo y de la compañía de Marthe, eran para él un bálsamo existencial. Entregado y liberado de sí, resemblando la actitud baudeleriana del spleen, únicamente los placeres de los sentidos le devolvían el fuego por vivir, ninguna otra cosa lo ataba al mundo más que las sensaciones del momento.

Todo comienza a cambiar cuando el protagonista conoce a Roland Zagreus, antiguo amante de Marthe, quien, luego de amasar una importante fortuna, había sufrido un accidente que lo dejó sin piernas. Mersault se siente intensamente intrigado ante este personaje inválido que le causa repulsión e interés al mismo tiempo. No es casualidad que el nombre de Zagreus sea idéntico al que recibe la primera encarnación del dios griego Dionisos, que murió siendo descuartizado. El encuentro prefigura entonces, también de modo simbólico, lo que acontecerá a continuación. Zagreus representa el llamado de atención a la conciencia de Mersault, es quien lo hace reflexionar, quien le enseña los misterios de la vida, tal como sucedía con los iniciados en el rito dionisíaco. Lo que asoma en la novela es la tragedia futura: la tragedia de la felicidad.

Mersault confiesa a Zagreus que desea hacer algo desesperado y entonces éste último lo insta a reflexionar sobre su modo de vida y se pone él mismo como ejemplo. La lección es la siguiente: no se puede depender de las satisfacciones del cuerpo, éstas no son el único camino a la felicidad. Zagreus, a pesar de encontrarse mutilado y de no depender ya de sí mismo ni siquiera para sus necesidades más básicas, revela a Mersault que aún en dichas condiciones siente en su interior el fuego de la vida. El único deber para Mersault, quien tiene su cuerpo en plenitud, dirá Zagreus, es “vivir y ser feliz” (p. 55). ¿Pero cómo es posible hacerlo si se es pobre y se trabaja rutinariamente? Ante esta pregunta de Mersault, Zagreus responderá que la única forma de ser feliz es tener tiempo, y que para tener tiempo es necesario tener dinero. En el fondo, para ser feliz es necesario ocuparse de sí mismo.

La liberación de Mersault de las cadenas que lo atan llega con la muerte. Es así como el crimen de Zagreus lo libera y le permite hacerse cargo de sí mismo. La muerte −y este es el mensaje que quiere entregar Camus− nos hace conscientes. Zagreus se había propuesto ser feliz y para ello no habría retrocedido ante nada con tal de conseguir el dinero necesario para liberarse luego del propio dinero. Mersault, por su parte, adopta la resolución de esta voluntad de felicidad cuando presencia la desdicha del tonelero pobre que vive en la habitación contigua a la de él, allí nace su rebelión ante la precariedad de la vida y decide finalmente matar al inválido.

La segunda parte de la novela, titulada “La muerte consciente”, relata el viaje de Mersault por Praga y su regreso a Argel, pero es más bien el viaje interior del personaje lo que resulta sin duda más importante. Ante el cielo brumoso y la atmósfera espesa de Praga, caminando entre las iglesias y los puestos de venta de pepinillos, desde donde emana un desagradable olor, Mersault, quien se aloja en una pieza de hotel barata, vive un período de profunda reflexión. Hundido en la desidia y acosado por el sueño y la fiebre, nuevamente la experiencia de la muerte lo hace despertar. Al divisar un cadáver en la calle vuelve ante él la rebelión, el deseo de la vida y de los placeres terrenales, del sol y del mar de Argel en contra de la decadencia y la oscuridad. De las lágrimas surge entonces su deseo de regresar.

El viaje a Viena le devuelve la presencia de ciertos placeres sensibles con los que refuerza su decisión de volver a Argel a la casa de sus tres amigas: Rose, Claire y Catherine. Luego de un breve paso por Génova, donde el sol y el mar vuelven a presentársele en gloria y majestad, Mersault “tenía sed y hambre de amar, de gozar y de besar” (p. 100). Inicia entonces su viaje de regreso a Argel meditando acerca de su resolución de ser feliz: “Tenía por construir su felicidad y su justificación” (p. 101).

¿Qué nos está queriendo decir Camus a partir de la experiencia de su personaje? Que la vida hay que vivirla en toda su amplitud y que, frecuentemente, lo mejor de la vida aparece luego de lo peor, o, mejor dicho, en lo peor. Si el adagio dice que ‘después de la tormenta viene la calma’, Camus nos invita a reflexionar acerca de que no podría existir calma si no es a partir de nuestras tormentas, y que estas, por ende, son necesarias. A primera vista parece simple y hasta trivial, pero se trata de una revelación que no puede mantenerse sino con una lucidez absoluta y trágica. Se trata de la conciencia de la falta de sentido y orden del mundo, y, a partir de allí, de nuestro anhelo de ordenar y dar sentido a nuestra vida. De la oscuridad a la luz, del caos al orden, todo ello requiere de una disciplina, y con ello una voluntad y una memoria, que permita mantener los límites y la mesura necesaria con la que se equilibra una vida. Ese es el mensaje de Camus.

Volviendo a la novela, luego de su regreso a Argel, junto a sus amigas en la que llamaban la Casa frente al mundo, Mersault dedica su tiempo a disfrutar de las experiencias sensoriales. Las vive placenteramente, pero no se abandona a ellas, sabe que parte importante de su anhelo de ser feliz radica en la voluntad que permita conservar estos momentos en la memoria. Basta con un instante de felicidad para considerarse un hombre feliz, nada más que ello cuenta. Sin embargo, la compañía lo abruma y desea la soledad, lo que le permita hacerse dueño de sí mismo. Este deseo nos remite a la antigüedad clásica, donde Camus encontraba los fundamentos para una vida feliz. De la frugalidad de los griegos hasta la disciplina estoica de los romanos, la época clásica le enseña al argelino el camino de la mesura y el equilibrio que solo se encuentra en el consentimiento y rechazo de las dicotomías que desgarran al hombre en su vida.

Mersault debe finalmente afrontar la muerte tras declarársele tuberculosis. Debe encarar en solitario los embates de la enfermedad, en la casa frente al mar que construyó para sí, sin ceder a la tentación del abandono que seductoramente ofrece la enfermedad. Quiere dar la batalla, rebelarse, y finalmente enfrentar la muerte con la vida, mirarla de frente y con los ojos abiertos. Pero, así como en compañía aparece el deseo de soledad, viviendo la experiencia de esta última aparece el anhelo de la ternura de otro ser. Mersault encuentra esta ternura en su amante Lucienne, en cuyos brazos finalmente muere, no sin haber sentido antes en su ser la plena conciencia del recuerdo del aroma del mar, el brillo luminoso del sol y el abrazo cálido de un cuerpo de mujer. He ahí una muerte feliz.

Pensar la vida y vivir el pensar resulta ser una máxima perfectamente aplicable a la filosofía y la literatura de Albert Camus. La esperanza y la desesperanza llevan al hombre a la hybris, deseando más o deseando menos de lo que merece por su condición intermedia. Ni dios ni animal, el ser humano ha de mantenerse en el camino del medio. Como decía Pascal, el hombre es “un punto intermedio entre nada y todo” (Pensamientos, Madrid: Aguilar, (1977), p. 102.

La lección de Camus es finalmente la lección de un hombre común, de un ser enfrentado a la experiencia de vivir y que desea ser feliz. El pensamiento del argelino es un pensamiento eudaimonista, y, ya lo decía Aristóteles, esa es la mayor aspiración del ser humano: alcanzar una vida feliz, pues la felicidad no es sino el rostro visible de la verdad. No es, por lo tanto, un pensamiento críptico ni dirigido a ciertos individuos en desmedro de otros, es una filosofía democrática y al alcance de todos, pues cada uno de nosotros, alguna vez, hemos deseado ser felices. ¿Y qué es la felicidad sino esa precaria, esquiva, pero no menos real, armonía entre las experiencias y las reflexiones de un hombre?

A 56 años de la muerte del escritor hijo del Mediterráneo, quisiera evocar una sentencia que él mismo escribió en su ensayo El mito de Sísifo, y es que, a fin de cuentas, al momento de su accidente, hay que imaginarse a Albert Camus feliz.