Observatorio

Biblioteca Nacional. Patrimonio republicano de Chile. Rafael Sagredo Baeza (editor), Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos. Santiago, Chile, 2014.

Nicolás Cruz, editor de historiaycultura


Este libro aborda la historia de la Biblioteca Nacional de Chile con motivo de sus doscientos años de existencia (1813-2013) a través de nueve artículos, una presentación inicial del editor y una bibliografía que reúne las fuentes, libros y artículos consultados en cada uno de los trabajos. El resultado es un texto en el que, efectivamente, encontramos una visión de esta biblioteca en el tiempo, así como también de algunos momentos o iniciativas específicas que sirven para ilustrar el tema general que se desarrolla. Las ideas e impresiones que presentaré a continuación se remiten de manera específica a los textos contenidos en la obra, si bien no lo haré en el orden con que el lector los encontrará en la medida en que avance en la lectura.
           
La historia de la Biblioteca Nacional propiamente tal se encuentra presentada en los artículos de Francisca Leiva “La Independencia Letrada” y en el de Sebastián Hernández “La Biblioteca Nacional del Siglo XX”. Entre ambos trazan un recorrido que se inicia en aquellas pocas bibliotecas anteriores que había en Santiago y que en parte confluyeron en el proyecto nacional que se materializó de manera formal a partir del 19 de agosto de 1813. Pero también recogió y mantuvo a lo largo del tiempo aquel esfuerzo de varios lectores que pidieron un recinto de estas características y que apoyaron su desarrollo recomendando títulos específicos y donando sus bibliotecas particulares en algún momento de sus vidas. Sobre este tema volveremos más adelante. Por ahora cabe señalar que se trató de un proyecto que siempre aspiró al crecimiento y la diversificación de su público, aunque topara una y otra vez con la falta de recursos para implementarlos.
           
El artículo de Sebastián Hernández se relaciona completamente con el de Sol Serrano “Entre el Conocimiento útil y la Mera Imaginación: El Lector Tiene la Palabra”. De hecho, son dos caras de un mismo tema, y mientras el primero aborda la Biblioteca Nacional a partir de las medidas tomadas por su Dirección en sus distintos niveles para atender a un público amplio y sus diversas demandas, el segundo ingresa en el tema a partir de estos últimos: ¿quiénes eran?, ¿qué buscaban en materias lectoras y cuál era el grado de satisfacción al respecto? Eran, responde Sol Serrano, antes que nada estudiantes que alcanzaban en las primeras décadas del siglo XX, casi el 50% de los usuarios, seguidos por la categoría algo indeterminada de empleados con un 11,8%. Y buscaban, antes que nada, obras literarias que es lo que siempre han perseguido la mayoría de los lectores en una biblioteca de carácter global, seguidos por las Obras de Carácter General, muy útiles en un tiempo en que las enciclopedias, por ejemplo, eran muy requeridas y pocas personas podían disponer de una en su casa. Recuerdo que esto último se mantenía en la década de los setenta del siglo pasado, cuando empecé a frecuentar el edificio de ‘La Alameda Bernardo O’Higgins’. Hay aquí un punto interesante: una parte de la forma que fue adquiriendo la Biblioteca respondió a la demanda de sus lectores, ya fuesen estos reales o relativamente ficticios, como aquellos artesanos que supuestamente asistirían en un horario nocturno que fue más frecuentado por otros grupos, o aquellos niños para los que se dispuso uno salón especial.
           
La Biblioteca Nacional ha sido una obra del Estado, pero una parte de sus colecciones se ha nutrido de los aportes realizados de aquellos particulares que con cierta compulsión han formado excelentes bibliotecas propias y que en algún momento cercano al final de sus vidas han optado por incorporarlas al patrimonio público. Eso fue lo que hizo Andrés Bello tal como lo registra Ivan Jaksic en su “De Colección Privada a Colección Nacional: Los Libros de Andrés Bello”, ocasión en la que se nos muestra el fascinante proceso de formación de la biblioteca privada de este intelectual reconocido como el más importante de América Latina en su tiempo, como señaló Simon Collier. Este paso de lo privado a lo público tuvo otros exponentes fundamentales en las figuras de Diego Barros Araba y José Toribio Medina. Las donaciones de muchos particulares no fue sí no que el último paso de una relación profunda y sostenida entre ellos y la Biblioteca. Esta última no es pensable sin la actividad de Andrés Bello y que decir del caso de Medina.
           
“Desde su fundación en 1813 [la Biblioteca Nacional] es el principal centro de acopio y preservación del patrimonio bibliográfico de Chile”, señala Rafael Sagredo en su “Presentación”. Gertrudis Payas en “La Huella de la Traducción en la Biblioteca Nacional” coincide con que el catálogo contiene en su mayor parte “la producción letrada hecha exclusivamente por individuos de la nación y en la lengua de la nación”, pero –agrega- no exclusivamente. Desde siempre hubo una necesidad y un interés de importar conocimiento que pudiese servir para el desarrollo del territorio chileno y esta necesidad se mantuvo, y acrecentó, en el período republicano. Todo esto se advierte en los estantes de la Biblioteca hasta nuestros días. La cultura chilena del siglo XIX, al igual que las de toda América Latina,  mantuvo un diálogo sostenido con la producción europea y de la América del Norte y esto derivó en varias traducciones de diversos tipos de texto. No quiero dejar pasar la oportunidad para señalar que me ha parecido un acierto incluir este artículo en el libro que comentamos.
           
Los distintos aspectos se van uniendo: al pequeño pero decisivo universo de las traducciones que ilustra G. Payas, se agrega una noticia entregada por el mencionado S. Hernández en cuanto al funcionamiento de un Departamento de Canjes. Tengo la impresión, en cuanto usuario de la Biblioteca Nacional, que este debe haber funcionado bien durante algún tiempo ya que se encuentran varios títulos importantes de la producción editorial europea de los siglos XIX y primera mitad del XX. Si usted, por ejemplo, quisiera leer la historia escrita por De Tillemont sobre los emperadores romanos y otros príncipes que gobernaron durante los primeros siglos, o la edición de la Enciclopedia Italiana del año 1929, puede dirigirse a la biblioteca y saciar su interés por esas y otras muchas producciones de ese tipo. Sol serrano, en su mencionado artículo, destaca que una parte nada despreciable del catálogo del siglo XIX contenía obras escritas en francés cuya proveniencia eran los lectores particulares cultos que las donaban luego –supongamos- de haberlas leído. El mundo, hasta donde este término se extendía en aquella época, ingresó a la Biblioteca Nacional a través de varias formas y mantuvo esta característica hasta mediados del siglo XX.
           
Pero no solo de libros vive una Biblioteca. Ya tuvimos oportunidad de destacar el espacio ocupado por el público, parte del cual fueron los escritores y artistas chilenos. En este plano aparece como una ‘suerte de casa’ que acoge, atiende y potencia iniciativas diversas y grupos de distinta orientación. Este aspecto es tratado por Patricio Lizama en su “Intelectuales, Manifiestos y Poemas en Prosa: Los Diez y Claridad” y por Pedro Lastra en “La Revista Índice y la Biblioteca Nacional”. Más allá de los aspectos específicos de cada una de estas manifestaciones, descritas y analizadas de forma completa en cada uno de los casos, volvemos a encontrar la relación entre Biblioteca Nacional y modernidad, un cruce que tuvo significados específicos en el siglo XIX  y que en las primeras décadas del XX implicó definir el concepto de vanguardias, de literatura de crítica relacionada con la  reflexión social y de intercambios que concedían importancia a las creaciones latinoamericanas.
           
La historia de una biblioteca con doscientos años se inscribe en una trayectoria más amplia. Es una creación que se materializa en un contexto milenario de recolección y conservación de la producción humana escrita, gráfica, sonora, etc., pero que va experimentando desafíos relacionados con las distintas formas de producción de estos saberes.  Los artículos que abren y cierran este libro abordan estos puntos. En el primero de ellos, Alejandro Bancalari ilustra sobre el camino recorrido en este sentido desde la famosa Biblioteca de Alejandría hasta la creación de la Biblioteca Nacional de Chile, llevada a cabo unos veintidós siglos después en un lugar tan distante de la primera (“La Biblioteca en el Mundo Clásico: de Alejandría a la Biblioteca Nacional”). Más allá de todas las diferencias, ambas, al igual que la mayor parte de aquellas que se establecieron en el tiempo intermedio, buscaron convertirse en depósito de la producción alcanzada hasta ese momento; en promotoras de la investigación; en casa de los creadores y en lugar para sus discusiones y proyectos. Leyendo el artículo de Bancalari surge la pregunta de la suerte que habría corrido el conocimiento humano sin el temprano surgimiento de organizaciones destinadas a los objetivos señalados. De los textos antiguos solo conservamos una mínima parte y varios de los títulos con que contamos sobrevivieron de las maneras más caprichosas que podamos imaginas. Recordemos, solo a modo de ilustración, que lo que conservamos de las tragedias griegas, una literatura puesta en escena y seguidas por un público masivo para la época, conservamos una mínima parte. Fue con el progresivo aumento de las bibliotecas, de los archivos y la acción decidida de algunos gobernantes de diversos siglos que se pudieron conservar escritos que se materializaron en los más diversos soportes hasta la creación de la imprenta. Las bibliotecas modernas son herederas de estas, tal como señala el autor del artículo, quizás menos en las formas que en el ejercicio cultural e intelectual común que las ha animado a través del tiempo. En este caso, el libro se abre con esta mirada hacia la dimensión temporal más extensa del tema y me parece que su inclusión constituye un acierto del editor.
           
El artículo de Roberto Aguirre “La Biblioteca Nacional en la Era Digital” se ubica en el otro extremo de aquel al que acabamos de hacer referencia. Contiene una definición de la situación actual de la biblioteca en esta nueva era y de manera muy especial los desafíos que ya se están haciendo presentes y los que se avecinan. Estamos, a este respecto, viviendo un momento nuevo o revolucionario si se quiere decir de esta manera: ¿qué registrar de este mar infinito de producción?, ¿cómo hacerlo?, ¿de qué manera se puede relacionar una biblioteca con un público que cada vez requiere menos de ella en términos de presencia física? Quizás la siguiente imagen pueda ilustrar las novedades a las que Aguirre hace referencia: desde su creación la Biblioteca Nacional buscó abrir sus puertas y atraer una creciente cantidad de público, luego sumó la idea de ir a la calle e instalarse en distintos barrios, extenderse a través de una red a otras por medio de la creación de bibliotecas allí donde fuese necesario. La Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos salió de manera progresiva a buscar un público a partir de 1929 y probablemente lo haya logrado, aún en medio de las limitaciones en que ha funcionado siempre. Tengo en mente una visita reciente que tuve oportunidad de hacer a Puerto Ibañez y visitar la biblioteca pública del lugar. La bibliotecaria me contó que allí iban los niños a leer y también a escuchar y que consideraban que una de las actividades más atractivas era el club de lectura que habían instalado. Pero, una parte del público ha cambiado y solicita poder realizar sus lecturas en su casa y frente a su computador, y la otra parte del público, suponemos, hará lo mismo en cuanto tenga la oportunidad. Entonces: desde el edificio de la biblioteca que declaraba su intención de abrir lo más posible sus puertas, a una biblioteca que se fue instalando en distintas partes del territorio, para terminar, por lo menos hasta este momento, entrando en las casas. Algo que comparto con Aguirre es esa preocupación que uno advierte sobre la dificultad y complejidad de las decisiones que se deben tomar en este tiempo, uno que puede modificarse mucho poco más adelante y dejar obsoletas una serie de iniciativas adoptadas.
           
El libro Biblioteca Nacional. Patrimonio republicano de Chile, aborda  su desarrollo concediendo especial importancia a las actividades relacionadas con la literatura y el pensamiento generado en el país. Queda en la sombra la conservación y su relación con el pensamiento y producción científica: ¿llegó a alcanzar un cierto nivel en este plano?, ¿la consultaban los científicos, y los estudiantes de ciencias hacían un uso similar a la que realizaban los de humanidades? En términos generales parece ser que la producción científica chilena se encuentra alojada en la biblioteca así como también copias de los libros más importantes en la materia, mientras que se sabe poco, al menos ese es el caso de este comentarista, de los lectores científicos. Otro argumento que ayuda a entender mejor el peso de la Biblioteca Nacional dentro de la sociedad chilena es el estudio comparado con las otras Bibliotecas del país, especialmente aquellas universitarias que, de manera progresiva, fueron satisfaciendo las necesidades de grupos importantes que antes concurrían a ella. Por último, y en otro plano, en la biblioteca ha habido desde hace tiempo un espacio muy importante desde el punto de vista de su público específico, de carácter masivo, proveniente de diversos sectores sociales, como lo es la Sala de Periódicos. En ese espacio se concretaron con cierta espontaneidad y casi de manera natural muchas de las características que la biblioteca buscaba lograr. El interés en este punto puede ser mayor si tenemos en cuenta que una parte significativa de ese público no se interesó en acceder al resto de los servicios ofrecidos.