Observatorio

Allende en su Laberinto: la película

Nicolás Cruz, Editor de historiaycultura

La película Allende en su Laberinto (Miguel Littin, 2014) indaga en las últimas horas de un hombre solo (Allende) que enfrenta su destino (el aislamiento, la derrota y la muerte) aquella mañana del 11 de septiembre de 1973. Con esto se quiere decir que no hay una visión de epopeya colectiva de un pueblo que defiende a ‘su’ gobierno ni tampoco una satanización de los últimos momentos del gobierno socialista. El intento ha sido profundizar en la persona del presidente, sus convicciones y dudas en esas horas finales: ‘un hombre que puesto en un trance histórico ha decidido pagar con su vida el proyecto que ha encarnado’. De hecho, poco se muestra de lo que sucede fuera de La Moneda a no ser por unas grabaciones que transmiten las palabras de los recién estrenados integrantes de la Junta de Gobierno y el vuelo de los aviones que bombardearon el palacio de gobierno.
           
Y en los interiores del edificio va cundiendo la soledad, representada por el abandono de los partidos de la Unidad Popular (una de las escenas más enigmáticas de la película), el de los edecanes que luego de transmitir la solicitud de renuncia solicitada por los generales proceden a retirarse, y por un pueblo que no llegó a una cita a la que se había hecho tanta referencia en los tiempos anteriores al golpe. Como parece suceder en los laberintos, se conoce la entrada a ellos, pero no los caminos torcidos que nos van introduciendo cada vez en vías más intrincadas y donde se llega a advertir con claridad que no existe una salida.

La historia de esa mañana tenía algunos capítulos que estaban escritos de manera definitiva: parece que nada habría logrado desactivar el golpe de Estado, que el peligro inminente no iba a reunificar las fuerzas en torno al presidente, pero no estaba dicho cuál sería la actitud que Allende iba a tomar ante la marcha de los sucesos. El esperaba el apoyo de una parte del Ejército y en varias ocasiones pregunta por la presencia del pueblo en las calles y frente a La Moneda. Con el transcurso de las horas va apreciando que no sucederá ni lo uno ni lo otro y que la defensa junto a su grupo más cercano no pasaría más allá de ser una resistencia heroica. Este es el momento crucial de la película y está representado por el suicido de su íntimo amigo y colaborador Augusto Olivares (“el perro”). Allende que es presidente de Chile hasta el último momento de su vida –un detalle nada menor- decide que se debe parlamentar con los golpistas e intentar detener la represión que se ha desencadenado. Parlamentar sí, pero no él, no con él. Y sobreviene su muerte.
           
La muerte de Allende es una escena de lograda ambigüedad. Miguel Littin le explicó al periodista Tomás Mosciatti en una extensa entrevista para CNN, que algunos espectadores verán el asesinato del presidente, mientras otros podrán deducir que ocurrió el suicidio. No hay una escena concreta al respecto, pero, en el fondo, qué podía hacer un hombre que enfrentaba casi en solitario al Ejército y era bombardeado por la FACH. La idea de enfrentar la situación hasta el final estaba tomada y eso era lo central del momento.
           
Y es entonces que aparece el discurso final de Allende transmitido a través de Radio Magallanes. Littin cuenta que la escena se filmó de una sola vez y que mientras las palabras del presidente eran representadas por Daniel Muñoz (de notable actuación) se produjo un completo silencio en el estudio: el movimiento de las cámaras y las indicaciones actorales quedaron para otra ocasión. En este punto, como en otros pero más que en otros, se profundiza la relación entre la realidad representada, la labor de los actores y del director y el público que hoy acude a un cine para ver la película. El discurso es magistral en cuanto pieza de oratoria (Littin postula que fue totalmente improvisado), pero escuchado más de cuarenta años después deja a la vista que nada de su contenido terminó por cumplirse: no hubo grandes alamedas que se abrieran para que los trabajadores que construirían una ‘patria socialista’. En las ciudades de Chile ya no hay alamedas, los trabajadores se incorporaron al nuevo sistema como consumidores y el socialismo terminó por modificar su aspiración revolucionaria en favor del reformismo que tan duramente juzgaron hace cuarenta años. El golpe de Estado de 1973 terminó por ser mucho más que el derrocamiento del gobierno socialista de la Unidad Popular, y el largo gobierno militar y de la derecha cambió a un Chile que terminó por insertarse en un agudo proceso de cambios de dimensiones mundiales.
           
¿Qué es Allende en su Laberinto? Es una “representación de la realidad”, como ha indicado Miguel Littin. Los hechos que narra sucedieron y no pueden ser negados, aunque no pueda decirse eso sobre cada uno de los sentimientos y situaciones experimentadas y que son representadas –valga la redundancia- por actores de otro tiempo y de circunstancias diversas. Pero, es una representación plausible y que permite ingresar a las horas finales de quien representó un último momento de una parte de la historia de Chile.
           
En esta película el espectador pasa a tener protagonismo. Todos los chilenos  sabemos lo que ocurrió el 11 de septiembre de 1973, unos porque lo vivimos y otros porque lo han escuchado contar y se han informado sobre el tema. Como todo gran trauma, parece que hubiese tenido lugar ayer u hoy a primera hora. Esto determinará la visión que cada cual haga de la película, aunque quizás coincidamos en que vemos allí la historia de alguien consecuente con sus ideas y principios. En esas últimas siete horas que Littin le asigna a Salvador Allende, el presidente hace muchas cosas, pero deja de hacer otras tantas, y una de ellas es la de preocuparse por una posible salida del poder a través de una negociación como le proponen tantos desde distintos puntos de vista.