Observatorio

“Adiós a las armas” de Ernest Hemingway

Daniel Valdivieso integrante de historiaycultura.cl

Ernest Hemingway es uno de los grandes novelistas y cuentistas norteamericanos del siglo XX. Su estilo sobrio y minimalista, proveniente de su oficio de periodista, y su imagen pública de hombre de aventuras, viajero y escritor, lo convirtieron en uno de los escritores más influyentes  de la literatura de su época, con un legado que mantiene vivo hasta hoy.  En 1953 obtuvo el Premio Pulitzer por El viejo y el mar, y en 1954, el Premio Nobel de Literatura por su obra completa.

Una de sus novelas más aplaudidas es Adiós a las armas, publicada en 1929. Toma su nombre de un verso de George Peele, poeta del siglo XVI, y cuenta la historia del teniente norteamericano Frederick Henry,  chofer de ambulancias en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial.

Desde un comienzo resulta especialmente notable el distanciamiento del autor respecto de lo narrado, considerando que la novela y su historia están basadas en las experiencias personales vividas por Hemingway en la Primera Guerra Mundial, donde fue herido en una de sus piernas y tuvo un romance con una enfermera.

Tal como el autor, Frederick inicia un romance con una hermosa enfermera que trabaja en un hospital del ejército italiano, personificada en el libro como la joven escosesa Catherine Barkley. El romance comienza como un juego para el teniente, pero va creciendo y termina convirtiéndose en una pasión intensa durante los días del estancamiento de la lucha en el frente ítalo-austriaco.

“No amaba a Catherine Barkley, ni se le ocurría que pudiera amarla. Aquello era como el bridge, un juego donde te pones a hablar en vez de manejar las cartas”

Al ser herido por las esquirlas de una bomba en un incidente que poco tiene de heroico, el teniente es trasladado a un hospital de Milán para recibir tratamiento especializado en una de sus piernas. Al hospital será trasladada también la enfermera Catherine, lo que les permitirá entregarse a su amor con calma y dedicación, en un hospital prácticamente vacío para ellos.

Adiós a las Armas en la versión fílmica de
1957 con Rock Hudson y Jennifer Jones.
John Huston debío ser el director, pero
renunció al proyecto.



Tras ser operado, Henry recibe medallas al mérito y es nombrado capitán por haber sido herido en el campo de batalla. Mientras, Catherine resulta embarazada, y luego del intenso romance que viven durante su convalecencia, el norteamericano vuelve al ejército y a las ambulancias para ser parte de la retirada del ejército italiano del frente de Caporetto, al sumarse los ejércitos alemanes al austríaco y desnivelar definitivamente las fuerzas en el combate.

Es en medio de ésta retirada, luego de perder las ambulancias a su cargo,  de ver morir a algunos de sus hombres y de salvar la vida lanzándose al río para no ser asesinado por el propio ejército italiano que ajusticiaba a todos los capitanes de su ejército por “abandonar” a sus tropas en el campo de batalla, que el norteamericano decide desertar. Huye a Suiza junto a Catherine, con quien después de sortear las más diversas dificultades vive una pequeña temporada de ensueño mientras esperan el nacimiento de su hijo.

Quizás uno de los mayores méritos de la novela es que la fórmula literaria patentada por el autor, que dice que menos es más, muestra aquí toda su eficacia. El mundo narrado se construye con prolijidad, utilizando como principales armas la descripción y el buen uso de los diálogos. A través de un estilo distante, descriptivo y limpio, el autor consigue dar vida a un relato crudo y realista, que elude contarnos la historia de la guerra en su globalidad y deja de lado la grandilocuencia habitual de los relatos bélicos en pos del retrato particular de las miserias que viven sus personajes. El énfasis está puesto en la historia de amor entre un hombre y una mujer en tiempos de muerte y sinsentido, y en el sufrimiento al que se ven sometidos los soldados, la carne de cañón de la que se alimenta la guerra.

La notable capacidad de descripción del norteamericano nos traslada desde el amor de Frederick y Catherine en las camillas del hospital, a lo que está sucediendo en el campo de batalla en las sucesivas vueltas al frente de Frederick. Conseguimos pasar del amor puro que ha nacido entre ellos y que se levanta como única esperanza y motor de supervivencia para el protagonista, a la desolación y el agobio reinantes entre los soldados que luchan y mueren cada día en el frente y sufren en carne propia la desesperación; soldados que desfilan bajo la lluvia, agotados y hambrientos, pensando en escapar de la muerte, mientras la guerra lo arrasa todo.

“Tenente-dijo Passini-, se supone que nos deja usted hablar. Escuche. No hay nada peor que la guerra. En el cuerpo de ambulancias no podemos hacernos una idea de lo mala que es. Cuando la gente lo ve, no puede hacer nada por detenerla porque se desquicia. Hay quien no llega a darse cuenta. Y quien teme a sus oficiales. Con ellos se hacen las guerras”

Ese es el gran legado de “Adiós a las armas”: consigue capturar el espíritu de la época, la desesperanza, la desesperación y locura que embargan a Italia, hundida en esa guerra que parece no tener final, que a todos tiene hartos, y en que nadie puede terminar de decir adiós a las armas.