Observatorio

La influencia de William Faulkner en Gabriel García Márquez

Nicolás Cruz Valdivieso, escritor.


A un año de la muerte de García Márquez, y cuando el diario El País de España anuncia la publicación de la Biblioteca de García en 20 volúmenes, este escritor chileno ingresa, desde su experiencia personal, en ‘el mundo’ creado por García Márquez.



A los quince años decidí que iba a ser escritor, después de terminar de leer La senda del perdedor de Charles Bukowsky. Acto seguido leí todos sus libros y escribí decenas de cuentos horrendos, narrados con un lenguaje sospechosamente parecido al de las traducciones españolísimas de sus libros hechas por Anagrama. Cuentos en que abundaban las palabras “soplapollas”, “capullo”, “cojonudo”, “tía” y “tío”, y las expresiones “dar por culo”, “borracho como cuba”, “quería follarme a esa tocacojones”. Todos mis personajes eran unos borrachos perdidos que emulaban a Henry Chinaski, alter ego del escritor norteamericano, y que como él buscaban ganarle a la vida y follarse a alguien sin grandes chances.

Con el tiempo fui abriéndome a otras lecturas e influencias y encontrando un lenguaje propio con que escribir mis historias y esos cuentos desaparecieron en el proceso de eliminación de los primeros ejercicios literarios.   Diez años después, con unos cuántos cuentos de una calidad respetable a mi haber, me enfrenté a uno de los momentos más difíciles de sortear en el proceso de hacerme escritor, comprender cuál era mi material literario. Cuál era mi proyecto escritural y qué buscaba con él. A mi parecer ése es el punto en que la mayor parte de los aspirantes a escritores abandonan o quedan varados. Buenos escritores, con plumas notables y gracia, pero que no consiguen ver cuál es la fuente de sus historias, y través de esta revelación, plantearse el modo de crear un mundo o realizar el retrato de un mundo ya existente que nutra su obra. Uno de los ejercicios que me ayudaron  a comprender mi material literario y pensar formas de bajarlo al papel, fue la revisión concienzuda de algunas novelas de mis escritores favoritos de la época. Una lectura más profunda que la que había hecho anteriormente, en que intentaba comprender la arquitectura sobre la que construían sus ficciones algunos autores, el modo en que fondo y forma se fundían en ellas para lograr grandes obras.  Entre las novelas que investigué estaban La ciudad y los perros, Conversación en la catedral y La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa;  El obsceno pájaro de la noche de José Donoso; Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; Desgracia y Esperando a los bárbaros de Coetzee; A sangre fría de Truman Capote;  La trilogía de Nueva York de Paul Aster; El juguete rabioso de Roberto Arlt; La trilogía de Claus y Lucas de Agota Kristoff.

Algo parecido pasa con la obra de todos los escritores, desde los más modestos a los más reconocidos y renombrados,  a los que muchas veces atribuimos casi como un don sobrenatural su descollante talento literario y la capacidad de erigir mundos complejos e inagotables. Hay una parte de nosotros que se niega a aceptar que todo escritor tiene una o varias obras literarias con las que dialoga, de las que se nutre y que fueron fundamentales en la construcción de su propio mundo literario. Un ejemplo que resulta especialmente interesante de revisar acerca de este diálogo de autores, es el de Gabriel García Márquez y William Faulkner.

William Faulkner fue un narrador, poeta y guionista estadounidense, ganador del Premio Nobel de Literatura en el año 1949. Es reconocido mayoritariamente por su obra narrativa, que abarca cerca de veinte novelas que abordan la tradición del sur de Estados Unidos, la decadencia de ese sur, el caos y el futuro incierto del hombre en la región. En sus libros, el escritor retrata magistralmente el quiebre entre el viejo  y el nuevo sur de Estados Unidos, y destacan la profundidad emocional y psicológica de los conflictos presentados. Estilísticamente Faulkner sigue la tradición literaria experimental de escritores europeos como James Joyce, William James, Virginia Woolf y Marcel Proust, utilizando la técnica denominada “torrente de conciencia”, donde el escritor presenta en el papel de forma directa los pensamientos, tal como aparecen en su mente, antes de su estructuración racional. Debido a sus frases complejas y enrevesadas, que se alargan a veces hasta por más de una página; a los juegos temporales utilizados dentro de su narración; al ensamble de relatos; a la experimentación con múltiples narradores y sus extensos monólogos interiores, el escritor fue considerado el rival estilístico natural de Ernest Hemingway, autor de la Teoría del Iceberg y cultor del minimalismo narrativo.

La influencia de la obra de William Faulkner es notoria en la generación de escritores sudamericanos de la segunda mitad del siglo XX, particularmente en la obra de Gabriel García Márquez, escritor colombiano ganador del Premio Nobel, muerto hace menos de un año.

En noviembre de 1971 Mario Vargas Llosa, publicó Historia De Un Deicidio, su tesis doctoral. El libro fue resultado de años de estudios sobre la obra de Gabriel García Márquez. La primera de las influencias que Vargas Llosa reconoce en la obra de García Márquez es la de Faulkner, y dice  que su importancia en la obra del colombiano es incluso anterior a que éste se hiciera escritor. La lectura de la obra del norteamericano cimentó esa vocación y lo hizo comprender la naturaleza del trabajo que buscaba crear, ayudándolo a llevar al siguiente nivel su vocación. “Fue cuando lo leí que entendí que yo debía escribir”, dijo al respecto García Márquez en diversas entrevistas que concedió a lo largo de su vida.

La influencia del autor norteamericano puede reconocerse en las temáticas del colombiano y el modo de presentarlas a lo largo de sus libros, en el complejo mundo ficcional que construye para sostenerlas y en las técnicas narrativas con que construye ese mundo. Según Vargas Llosa “el impacto mayor de la obra de Faulkner en García Márquez tiene que ver más con el proyecto de esta obra, globalmente considerada, que con detalles temáticos y formales”. El proyecto de Gabriel García Márquez es, como bien dice Vargas Llosa, el de construir un mundo cerrado sobre sí mismo y agotar a lo largo de la escritura de su obra la descripción de ese mundo, tal como Faulkner lo hizo en su propia obra. La relevancia de Yoknapatawpha County, condado ficticio ubicado en el noreste de Missisipi creado por William Faulkner, y en el que transcurre gran parte de su obra, fue una revelación para García Márquez, quién no sólo vio en él un modelo sobre el que construir su obra, Macondo, pueblo ficticio ubicado en Colombia, sino también la descripción de un escenario similar al de su región, que buscaba retratar en sus obras.

Vargas Llosa hace referencia a este punto en su tesis doctoral, diciendo: “En las ficciones de Faulkner vio aparecer un mundo anacrónico y claustral, como el de su propia región, sobre el que gravitan obsesivamente las proezas y los estragos de una guerra civil, habitado por los derrotados, y que se desmorona y agoniza con la memoria fija en los esplendores de una opulencia ya extinta; vio aparecer un mundo dominado por el fanatismo religioso, por la violencia física y por la corrupción moral social y política, un mundo rural y provinciano, de pequeñas localidades ruinosas, separadas por vastas plantaciones que antes fueron el símbolo de su bonanza y ahora lo son de su

Atraso, y encontró encarnados en palabras sus demonios de infancia, vio traspuestos en ficciones los mitos, los fantasmas y la historia de Aracataca”.

La historia que García Márquez quiere contar, a lo largo de todas sus novelas, desde la más corta a la más extensa, parece ser una sola, aquella grande de Macondo. Por eso es que dentro del mapa de la obra del colombiano, cada nueva ficción revela una parte de la naturaleza de ese mundo, que pasa a relacionarse de forma viva con las otras ficciones que ya lo componen, a implicarse con ellas, a iluminar, a resignificar, e incluso modificar otras zonas de ese mundo antes narradas.

No sólo la influencia de Faulkner puede apreciarse en la obra de García Márquez. Esta se nutre sin complejos, entre otras obras, de las aparentemente enfrentadas escuelas literarias representadas por el mencionado autor y Ernest Hemingway. Estas escuelas de las que la escritura de García Márquez se alimenta le permiten extraer lo mejor de cada uno de esos mundos literarios, en este caso la claridad de Hemingway  y la intensidad trágica y el humor negro de Faulkner, para dar vida a su  propia y originalísima obra, en las que funda las bases de lo que hoy día conocemos como realismo mágico.