Observatorio

Volodia Teitelboim

Francisco Gallegos. Historiador y Escritor

 

“Volodia es escritor y algo más. Es una conciencia activa”
Pablo Neruda.

 

Una agitada mañana de 1931, un grupo de obreros decide marchar por la Alameda de Curicó. El objetivo es común: manifestarse contra las políticas económicas y la represión de la dictadura de Carlos Ibáñez. La crisis del 29’ y la caída generalizada de la producción del salitre han hecho del esplendor de antaño un lugar desierto, baldío. Las principales ciudades de Chile se ven envueltas en la pobreza. Los miembros de la clase más baja, que han logrado representatividad en las recién creadas organizaciones de trabajadores y partidos políticos, se envalentonan y alzan la voz contra el gobierno de turno. Chile está en crisis. En Curicó, el movimiento toma ribetes insospechados cuando un adolescente, de apenas 16 años, pide hablar y arenga a los trabajadores con un discurso. Aunque carece de elocuencia, repite una y otra vez una palabra que retumba en los oídos de los obreros. Esa palabra es “revolución”.

Algunos pocos reconocen, en ese rostro inconmovible, al hijo del “ruso”, un comerciante de la zona. Otros, incluso, saben su nombre: Valentín Teitelboim. Pero hay quienes lo conocen mejor y, lejos de extrañarse por la forma en que sube la voz y agita los brazos, entienden que es algo que tarde o temprano iba a suceder. Ese joven inspiraba temperamento y decisión desde mucho antes; pese a su corta edad –había nacido el 17 de marzo de 1916 en Chillán-, da la impresión de que sabe exactamente lo que va a hacer con su vida. Por esos años, ya tiene resuelta la carrera que va a estudiar, la pasión que lo va a nutrir e, incluso, el partido político al cual se va a afiliar. Es como si, a sus dieciséis, supiera, de antemano, lo que va a vivir.

Sus padres –Moisés, de origen ucraniano, y Sara, oriunda de Moldavia- habían escapado de los rigores del frío y de la guerra. La Rusia de los Zares ponía duras restricciones a las familias judías que habitaban sus tierras. No les quedó más que buscar otro lugar y emigrar. Tras una larga procesión por el Atlántico, llegaron a Chile en 1910, provenientes de Buenos Aires. Al poco tiempo, Moisés y Sara se volvieron comerciantes, estableciéndose en Chillán y luego en Talca y Curicó. A pesar de la distancia, se mantuvieron al tanto de los sucesos de 1917 en Rusia. Siguieron de cerca la revolución y admiraron la figura desconocida del abogado Vladimir Lenin, que había hecho estallar las almas de los obreros con sus discursos. Se les pasó por la mente volver; la persecución que habían sufrido de parte de los zares, con el nuevo gobierno, era parte del pasado. Pero en esa época ya había nacido Valentín y, con un hijo a cuestas, regresar se hacía mucho más difícil.

Pero, con o sin quererlo, practicaron la revolución en su propia familia. Comenzaron a tratar al niño con el diminutivo ruso de Vladimir, Volodia, en honor a Lenin. Educaron a sus hijos como si hubieran estado viviendo en Rusia. Junto a sus hermanos, Volodia integró a las lecturas escolares recurrentes –como Julio Verne o Emilio Salgari-, la literatura política y las máximas leninistas a su ideario juvenil. Con sólo 16 años, ya tenía decidido estudiar derecho, afiliarse al Partido Comunista y darse a conocer a todos por el nombre de Volodia. A esa edad, influenciado por los recuerdos de sus padres y el apego que ellos mantenían hacia esa lejana Rusia, Teitelboim se convertía en un pequeño Lenin. El discurso en la Alameda de Curicó, más que un capricho de un adolescente, significó para él la certeza de una revolución en Chile.

Y esa posibilidad llegaba desde todos los escenarios posibles. Pero había uno al que quería dedicarse completamente: la literatura.

Desde pequeño, Teitelboim había manifestado un alto interés por la poesía. Su pasión eran las letras. Asentado en Santiago para comenzar la carrera de Derecho en la Universidad de Chile, obtuvo el premio de los Juegos Florales, el mismo que años antes habían ganado Gabriela Mistral (en 1914) y Pablo Neruda (1921). Miembro de la Generación Literaria del 38’, fue reconocido entre sus pares por realizar acertadas críticas literarias en las revistas más importantes de la época e impulsar un género hasta entonces desconocido en Chile: el ensayo biográfico. En este último, revivió a personajes de la historia social, como Elías Lafferte (en su obra Hijo del Salitre, de 1952), hasta los personajes más importantes de la literatura chilena y mundial, como Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Contando vidas de otros se hizo un espacio en el ambiente literario chileno de la segunda mitad del siglo XX. Como el propio Neruda señaló alguna vez: “Volodia es escritor y algo más. Es una conciencia activa”. Ese “algo más” vino a ser, sin dudas, su propia lucha.

 

   



Pero Teitelboim, el escritor, no dejó de participar activamente en la política del país. Recién llegado a Santiago, se integró a las Juventudes Comunistas de Chile. Como muchos militantes de su partido, vivió la represión de la “Ley Maldita”, impuesta por el entonces presidente Gabriel González Videla. En la clandestinidad, usó el apodo familiar –Volodia- como “chapa”. Cuando la ley fue levantada, pasó a ser parte de su carnet de identidad. En 1965, en los comicios por la senaduría de Santiago –en los que resultó electo-, se leía en la papeleta el nombre que había adquirido.

A esas alturas, Volodia Teitelboim era considerado como un respetado intelectual. Su carácter político nunca dejó atrás el literario, y viceversa. Pero, de un día para otro, pasaron a compartir una sola forma. En septiembre de 1973, Teitelboim integraba una comitiva enviada a Europa por el presidente Salvador Allende, que tenía como objetivo lograr el apoyo de distintos países, ante la inminencia de un golpe de Estado. El 11 de septiembre de 1973 tomó un avión desde Roma, con escala en Moscú, para volver a Chile. Al llegar a la capital rusa, el vuelo que lo devolvería a Santiago había sido cancelado. “Los militares tomaron el poder”, le oyó decir a la mujer que estaba al otro lado del mesón de atención. Esa misma noche, la Radio Moscú le realizó una entrevista. Sin una intención previa, Volodia había vuelto a tener la palabra, como cuando joven, como en la Alameda de Curicó. Sin pensarlo, Rusia, la patria de Lenin, se convirtió en el país que le daría tribuna a sus discursos. Esa entrevista sentó un precedente: desde esa noche y todas las noches, hasta 1988, Radio Moscú abrió un espacio para dar a conocer la situación en Chile, en plena dictadura, a todo el mundo. La señal logró traspasar la cordillera, por lo que muchos chilenos pudieron conocer la realidad de los exiliados y de lo que verdaderamente sucedía al interior del país. El programa tuvo por nombre “Escucha Chile” y el propio Volodia fue su director.
Al instaurarse la democracia, en la década de los noventa, Teitelboim regresó a Chile e intentó rehacer su vida, casi como hasta antes del 11 de septiembre de 1973. En el ámbito literario, continuó realizando principalmente ensayos biográficos. Por su vida literaria, fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 2002. Ahondó en la vida de su amigo y camarada, Pablo Neruda, a quien no pudo enterrar, doce días después del golpe.

La voz de Teitelboim se acalló en enero de 2008. Murió en el mismo mes que décadas antes, Vladimir Lenin -de quien había tomado su apodo- murió también en Rusia. Una Rusia que, el destino, lo había hecho conocer mucho más de cerca.