Observatorio

Una despedida al ayer y al futuro

MARINA OYBIN Revista Ñ

Manuel Cruz. Para el filósofo español vivimos ignorando la importancia del pasado. Sostiene que la crisis de la monarquía es la crisis de toda España.

Podrá el hombre avanzar sin ignorar su pasado o, acaso, se convertirá en ciego irreflexivo? Manuel Cruz, doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, autor de una veintena de libros, colaborador habitual en el diario El País, pinta un panorama ríspido: “Hemos abandonado el pasado”, escribe en Adiós, historia, adiós (Fondo de Cultura Económica). Además, va un paso más allá: “El futuro ha dejado de ser ese punto de fuga a través del cual trasladábamos hacia delante con la imaginación las posibilidades inéditas en el presente”. Para Cruz, en la actualidad, el recurso a la historia ya no ilumina nuestro presente: ha dejado de funcionar como fuente de recursos para entender mejor y, en la misma medida, para orientar nuestra trayectoria futura. Historia y porvenir se desvanecen. Qué pasará con este hombre contemporáneo al que Cruz le atribuye como uno de sus rasgos más característicos el sentirse, en todos los aspectos de su vida, extremadamente vulnerable ante la incertidumbre. Más allá de ser un libro que atrapa sin pausa, Adiós, historia, adiós interpela al lector sobre su propio rol en la sociedad. De paso por Buenos Aires para dar una serie de conferencias, Manuel Cruz profundizó sobre estos puntos.

-. ¿Por qué considera que hemos abandonado la historia?
–La actitud del hombre contemporáneo tiende a desentenderse constantemente del pasado, a considerar que estamos cada vez más lejos de lo ocurrido. No nos identificamos con nuestros antepasados. Es más: ni siquiera nos identificamos con nosotros mismos en el pasado. Eso es grave y malo: al actuar así, nos estamos haciendo más ignorantes. El problema es que tenemos una tendencia a considerar que nuestro presente es autosuficiente: que con lo que nos pasa a nosotros podemos entender cualquier acontecimiento que haya pasado en el pasado. Y no es efectivamente así.

– ¿Cómo se construyen en este contexto las nuevas identidades sociales?
–Nosotros nos servimos del pasado más que para conocer para reconocer, para que el pasado sancione lo que nosotros ya pensamos. Ese pasado no nos permite cuestionar nuestra identidad. Sino, al revés, es un pasado ya prejuzgado: sabemos lo que tiene que sancionar. Nuestras sociedades siguen siendo muy conmemorativistas, pero la conmemoración no es conocimiento, la conmemoración es reconocimiento. Hoy, tanto las identidades colectivas como individuales son mucho más banales, más líquidas, diría Bauman. Vivimos en un tiempo de identidades extremadamente ligeras: las construimos con los materiales que hay a nuestro alrededor, pero nuestro ideal hoy no es un ideal identitario poderoso, sino un ideal identitario camaleónico. Hay un ejemplo que es el de la metáfora de la moda: la idea de que podemos ser diferentes, inventarnos a nosotros mismos, como si uno no estuviera condicionado, y pudiera producirse constantemente.

–Al prescindir de la historia y olvidar el pasado, ¿qué ocurre con el arte?
–Necesitamos recurrir al pasado para conocernos mejor, pero ese conocimiento no tiene por qué ser sólo el conocimiento de la historia como ciencia. El arte, la novela, la poesía, la literatura son formas de conocimiento. Y a la inversa: hay dimensiones de lo real que sólo se pueden expresar artísticamente, en un sentido amplio. Hay una dimensión que se añade a la dimensión contable, a la dimensión material, descriptible científicamente, que es fundamental para entender un hecho: la dimensión de la experiencia. Hay situaciones que las explicas literariamente o no tienes otra forma de explicarlas. En ese sentido, el arte, la literatura, la palabra son fundamentales.

–Y por ejemplo... desde la filosofía, ¿cómo explicaría este rechazo a la monarquía que se vive en España?
–Creo que habría que matizar mucho lo que está ocurriendo. Es importante tener en cuenta que en España desde hace unos años hay una crisis que tenemos que calificar de sistémica. No es una crisis de la monarquía, de la jefatura del Estado, de los partidos políticos. Es una crisis también del mundo privado, de las empresas, de la banca. Si tú dices voy a ver sectores sociales que mantengan su prestigio, encontraríamos muy pocos. Esto provoca en la sociedad española un profundo malestar: es como una especie de magma que está ahí, hirviendo, metido en una olla a presión. Mi sensación es que en el momento en que se abre cualquier grieta, sale gran parte de esa presión.
Continuamos conversando sobre el ideal de amor que impera en nuestra sociedad. Manuel Cruz, quien escribió sobre este tema, dice: “La idea de amor que hoy todavía funciona, en cuya inercia vivimos, es de matriz fundamentalmente romántica. Se puede formular de tal forma que uno entienda que es una idea que tiene mucha fuerza: en el mundo hay una persona y sólo una que está destinada para ti. Si tú vas con esa persona, te proporcionará la plenitud en todos los ámbitos de tu existencia: plenitud afectiva, comunicativa, sexual. Puede proporcionar una intensidad de felicidad tal que los individuos enamorados pueden sentir colmada su existencia ante la mera presencia del ser amado. Es una idea formidable, de una fuerza enorme. ¿Qué es lo que pasa en el mundo contemporáneo? Por diversas razones, esa expectativa se ha ido haciendo disfuncional. El mensaje que ha empezado a calar cada vez más en nuestra sociedad es que no existen amores para toda la vida, que el amor es efímero, que tiene un componente de autoengaño muy importante, que el amor es imbecilidad transitoria. No hace falta la expectativa imposible de que una persona lo reúna todo. Este es el mensaje que hoy se transmite y, además, tiende a decírsenos: “Es verdad que a lo mejor no tendrá usted la misma intensidad que tenía en el modelo romántico, pero tiene una gran ventaja: no va a sufrir”. Porque, claro, la contrapartida del modelo romántico es que podía alcanzar ciclos de felicidad pero abismos de sufrimiento. Nada es más doloroso que el desamor. Mi sensación es que no ha emergido un modelo alternativo a ese modelo que yo he llamado de matriz romántica. Esta otra propuesta no es otra forma de amor: es otra forma de montarse la vida en la cual, por ejemplo, la intensidad amorosa es algo que no hay por qué esperar. Hoy, la expectativa que hacía que la gente buscase en el fondo el amor es cada vez menor o se está desvaneciendo.

–Eso es grave.
–Bueno, nos podemos acostumbrar a todo, aunque creo que quien no conoce esa experiencia se está perdiendo una de las experiencias más intensas, y constituyentes, que puede tener el ser humano. Alguien podría decir: quien no conoce la experiencia estética, se pierde una de las dimensiones más importantes. Bien, no es el caso de que haya mucha gente que tiene esa experiencia estética. Hay personas como Stendhal, que se desmaya de belleza. Hay gente que llora ante una obra de arte. El común de los mortales no llora. Todos los que no lloran se pierden algo importante.

–¿Por qué cree que vivimos la desaparición de la idea de futuro?
–El futuro, entendido como territorio imaginario en el que ubicamos ilusiones, esperanzas y sueños, ha desaparecido por dos razones. Por un lado, las utopías, los grandes proyectos emancipatorios, los grandes proyectos de transformación social que se dieron en el siglo XX han terminado todos en fracaso: la revolución soviética, el modelo más o menos reformista Keynesiano que construye el Estado del Bienestar en Europa del 45 al 75 se termina por la crisis del petróleo del 75 y con las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher y, el último intento, que es el proyecto de la llamada Tercera Vía de Blair (que intentaba, de alguna forma, gestionar los sobrantes del neoliberalismo: que la riqueza que produce el neoliberalismo la pudiéramos redistribuir de alguna forma) también se salda con un fracaso. Hay otro elemento cultural que es muy importante: el futuro era el lugar en el que ocurría lo que ahora no era posible. El problema que tenemos, sobre todo con el desarrollo tecnológico y el complejo científico técnico, es que la frontera entre lo posible y lo imposible ha saltado por los aires.

 

El pasado presente de Gerardo Chavez (Perú)

¿Qué futuro tiene el presente?
–Hay que distinguir dos cosas: el futuro que tiene el presente y el futuro que creemos que tiene el presente. Intento explicarme: nuestra percepción de la realidad no siempre es correcta, incluso puede deformar la realidad. En los años 60 y principios de los 70, en Europa, EE.UU., Argentina, y zonas desarrolladas del planeta en aquel momento, los sectores intelectuales de izquierda daban por descontado que el capitalismo estaba a punto de caer, que la revolución era inminente. Tanto es así que algunas de las disputas políticas más feroces tenían lugar en el seno de la izquierda. No porque discutieran si se llegaría o no al socialismo –eso se daba por descontado–, sino cómo iba a ser luego el socialismo. La sensación generalizada era: el capitalismo está a punto de caer, cuando era más fuerte que nunca. Ahora, probablemente, estemos en la situación inversa. No contemplamos el fin del capitalismo. En el momento en el que, efectivamente, el capitalismo está contra las cuerdas, la percepción generalizada dice que no hay forma de cambiarlo. Creemos que este presente no tiene futuro en el sentido de que no hay forma de cambiarlo. Pero, ¿hay forma de cambiarlo? Obviamente sí. La historia es contingente, no necesaria: lo contingente es lo que puede ser de otra manera. Claro que esta sociedad es transformable. De vez en cuando aparecen brotes, estallidos de indignación, de rabia, que prueban que, evidentemente, el mundo puede transformarse.