Observatorio

Travesía al fin del mundo. Puerto Williams – Isla Navarino

Nicole Saffie, para historiaycultura.cl

 

"Usted está al fin del mundo", dice un letrero en pleno Puerto Williams, el poblado más austral de Chile, y del continente, por cierto. Aquí viven unas 2500 almas, buena parte de ellas personal de la Armada, ya que justamente este pueblo nació por razones estratégicas para asegurar la soberanía y el respeto de los tratados internacionales. Por algo se ubica precisamente a orillas del canal Beagle, muy cerca de las disputadas islas Nueva, Picton y Lénox, del mítico Cabo de Hornos y donde se juntan los océanos Pacífico y Atlántico.

El ferry desde Punta Arenas solo llega una vez a la semana, los viernes, después de una navegación de 30 horas (si es que las condiciones climáticas lo permiten). El muelle experimenta un inusitado movimiento: bajan y suben camiones, autos, turistas, lugareños y las provisiones del pueblo. También hay un avión con capacidad para 16 personas, que hace el mismo tramo en poco más de una hora; en periodo estival puede tocar una nave para 100 pasajeros, provocando un verdadero caos en el aeropuerto (el equipaje hay que retirarlo casi desde la misma pista, ni hablar de una cinta transportadora).

Para comer, está el restaurant Wulaia, en el “centro comercial” –donde se ubican las escasas tiendas que ofrecen desde souvenirs hasta camisetas de fútbol–, donde la temporada pasada se podía degustar un estofado de castor (que me quedé con las ganas de probar, motivada más por la curiosidad que por un verdadero gusto culinario). En el local del frente la carta es curiosa: se puede elegir entre una muy colombiana ‘bandeja paisa’, sándwiches o un menú casero. Y unos pasos más allá, en Restó del Sur, hay un muy buen salmón, eso sí, traído desde Punta Arenas. Aunque en la costa de Navarino abundan los róbalos, truchas, pulpos y otras especies, los pescadores solo se dedican a extraer la apreciada centolla, que venden a muy buen precio. Para el postre, Puerto Luisa, la única cafetería, donde a falta de nueces ofrecían kuchen de maní.

Desde ahí se pueden ver las obras que se están realizando en el puerto para recibir algunos de los tantos cruceros que van hacia la Antártica, un lucrativo negocio que hoy está concentrado en la vecina Ushuaia. Sorprende que a pocos kilómetros, en la otra orilla del Beagle,  exista una urbe de más de cien mil personas, con restaurantes, tiendas, edificios y hoteles 5 estrellas. Parece un espejismo, en especial porque hacer el cruce de menos de media hora desde Puerto Navarino es casi misión imposible; la burocracia en ambos lados es tan engorrosa, que hay apenas dos empresas que hacen el viaje y el costo asciende a los 200 dólares por persona. Sombras de un conflicto que, a pesar de las más de tres décadas, aún se mantiene fresco en estas latitudes.

Pero en Puerto Williams se respira optimismo. Algunas calles lucen pavimentadas, una costanera se levanta en las alturas y el hospital, sueño largamente anhelado, estaba a punto de inaugurarse al momento de escribir estas líneas. Optimismo que ha contagiado a un puñado de jóvenes, chilenos y extranjeros, que han llegado con ganas de emprender atraídos por la calidad de vida. “Los autos quedan abiertos y las bicicletas, sin cadena. Si llega alguien con malas costumbres, no dura más de dos semanas”, cuenta el dueño de una pequeña empresa de turismo.

Pero el principal encanto es, sin duda, la belleza del paisaje. Naturaleza prístina en todo su esplendor. Navegar por los canales australes es una verdadera fiesta de delfines, lobos marinos, pingüinos, petreles y cormoranes, con un agua azul profundo de escenario, y glaciares y montañas nevadas de telón de fondo. Pura vida que se mezcla con la historia de los selknam y kawésqar, quienes no solo lograron habitar esta tierra hostil, sino que aprendieron a conocerla y amarla.

El plato fuerte son los Dientes de Navarino, el trekking más austral del mundo, la versión local de las Torres del Paine pero mucho más extrema, virgen y… real. Es duro. Son cerca de 40 kilómetros que ascienden y descienden por tupidos bosques de lenga, rocas, humedales y diques de castores. El sol es esquivo, la lluvia y la nieve empapa hasta la ropa más impermeable, las manos se congelan de tanto en tanto y el viento sopla fuerte, dejando a su paso un rastro de árboles achaparrados de las formas más inverosímiles. Pero el esfuerzo vale la pena. El paisaje impresiona: lagos de aguas transparentes, los gigantes de roca en todo su esplendor y vistas despejadas que permiten vislumbrar el canal Beagle, la Cordillera Darwin y las islas Wollaston (donde se encuentra el Cabo de Hornos). Aunque quizá lo más gratificante sea esa indescriptible sensación de traspasar los propios límites, superar los miedos, sentir que todo es posible.

Salir de sí mismo para volver a encontrarse, para reconectarse. Suspender los pensamientos habituales y dejar que la mente absorba la energía de la naturaleza, la vida en su estado más puro. Recordar que no se necesitan tantas cosas para vivir, que la vida es simple. Disfrutar de una buena conversación con gente desconocida, sin whatsapp, ni Facebook, ni Twitter. Esa sensación de ser un punto en medio de la naturaleza. De que es casi ridículo angustiarse o estresarse por cosas que ocurren en nuestro mundo cada vez más pequeño. Es liberador. La vida fluye. Uno simplemente es y se deja llevar, por los confines del mundo.