Observatorio

Soyinka, forjador de libertad

Andrés Colorado Vélez Sociólogo Universidad de Antioquía, Medellín Colombia

El convulsionado contexto del continente africano a mediados del siglo XX: el endurecimiento de las políticas del Apartheid en Sudáfrica, tras su independencia, en los gobiernos del primer ministro Verwoerd (1958-1966); la sangrienta guerra civil en Nigeria con motivo de la secesión de Biafra en 1967, siete años después de que el país se independizara del gobierno británico; el golpe militar liderado por Idi Amin Dada, en Uganda, y que dejaría un saldo de 300 mil muertos, entre opositores políticos y tribales, muertos entre 1971 y 1976; y la larga estela de golpes militares, asesinatos, desapariciones, presos y torturas en el Congo, Somalia, Níger y Sierra Leona pusieron en conocimiento del mundo entero nombres de hombres y mujeres que a pesar de las adversidades luchaban por un mejor presente y futuro del continente negro.

Al  reconocido líder del Congreso Nacional Africano (CNA), Nelson Mandela, se suman, entre otros nombres –y sus respectivas causas- los de Sekou Touré, líder de la independencia de Guinea, que tras la aprobación del plebiscito separatista de octubre de 1958, logra independizarse de Francia; Kwame Nkrumah, quien para 1957 obtiene la independencia de Ghana y es uno de los artífices de la creación de la Organización de la Unidad Africana (OUA) en 1963; Desmond Tutu, obispo sudafricano de raza negra que se caracterizó por su lucha activa pero pacífica contra el Apartheid. Y, claro, el dramaturgo, poeta y novelista Wole Soyinka, quien con otros intelectuales nigerianos, intentaba montar un grupo de presión que sirviera para que los países extranjeros se negaran a vender armas en aquel conflicto fratricida con motivo de la secesión de Biafra y que, a la postre, lo llevaría a una detención sin cargos ni acusaciones concretas durante veintisiete meses.

Para silenciar su voz, para evitar una salida al conflicto diferente a la de las armas, a Wole Soyinka, bajo el gobierno del general Yabuku Gowon, se le pone preso. Más no fueron las rejas, el aislamiento forzoso, la incomunicación con su familia, sus amigos y su pueblo, medidas suficientes para acallar la voz de un hombre como Soyinka que, desde temprana edad, adquiere un compromiso de vida: el pensamiento y la palabra. Referir ese compromiso, a la luz de su obra, es el fin de esta página.

A los pocos años de su nacimiento: el 13 de julio de 1934 en Abeokuta, Nigeria, Wole Soyinka da los primeros pasos en lo que aquí se ha denominado su compromiso de vida. Como testimonio de ello está su novela Aké: Los Años de la Niñez (Alfaguara, 1987). Un relato magistralmente ambientado en la poesía, el color y la naturaleza nigeriana, el humor espléndido de los niños, la magia, el misterio y la imaginación de las tradiciones africanas, donde el autor reconstruye su pasado y hace partícipe al lector de la fuente de su inspiración; del colorido remolino que a la postre lo llevara a cursar sus estudios en Ibadan y en Leeds, a convertirse en lector del Royal Court Theatre de Londres, a ser un preso en Kaduna, el creador de una original obra literaria y posteriormente premio Nobel de literatura. Y es que en Aké, el autor, al contar su infancia en primera persona y desde el enfoque propio de la niñez, cifra el precoz interés del niño Soyinka por los libros, las costumbres, las personas, la magia, las palabras, el entorno, la duda; en suma, por el conocimiento. Un interés que con los años crecerá hasta tal punto que es una huella indeleble de su obra y de su personalidad; que además de propiciarle altos episodios en la vida ha sido su aliado en sus peores momentos. Como aquel pasaje, producto precisamente de su compromiso con el pensamiento y la palabra, en que le despojaron de su libertad física y espiritual, bajo férreas medidas que procuraban paralizar o destruir su mente, que Soyinka bien testimoniará en El Hombre Ha Muerto (Alfaguara, 1986): relato desgarrador, escrito entre 1967 y 1972, desde las cárceles de Lagos y Kaduma, que evidencia de un lado los vicios oscuros del poder, la mano implacable del verdugo y, del otro, la sabiduría, la paciencia y la entereza de Soyinka ante la adversidad; que, como bien lo descubre el lector a lo largo de las páginas, tienen cimiento en su compromiso de vida.

Es innegable que todo aquel que se precia de ser escritor adquiere un compromiso con la palabra y el pensamiento, más en Soyinka, dicho compromiso ha estado además determinado por su entorno; de allí que en él, pensamiento y palabra son sinónimos de libertad, de verdad, de independencia, de soberanía, de luz. Su obra literaria, por lo tanto, hace las veces del martillo que rompe las cadenas –no sólo físicas- que atan al hombre y lo condenan a la ignorancia.

Semanario Musical, año 1, n°1, Santiago,
abril 10 del año 1852. memoriachilena.cl

sí, en El León y La Joya (Editorial Arte y Literatura, 1987), vemos al Soyinka cultor de los libros y de su sabiduría dejando en claro que no son los espejismos que las obras literarias, ya de franceses o de ingleses, le venden al lector como ideal de vida o de amor: la aristocracia y sus múltiples formas y formalismos de la conquista amorosa, lo que de ellas interesa, sino los elementos que proporcionan para leer y conocer el mundo. En consecuencia, el lector, es testigo de cómo Soyinka con destreza cifra dicha disyuntiva en una escena tan universal como el cortejo de un hombre a una mujer: Sidi es La Joya, una hermosa y virginal mujer codiciada por Lakunle, el maestro de escuela y, por Baroka, el Bale –jefe tradicional- de la aldea. El primero, gracias a su acercamiento a la literatura europea, hace alarde de las artes de un romántico pretendiente que ve en los ojos de la amada la luna y las estrellas y, por consiguiente, desprecia, ve como una humillación la costumbre de la dote; mientras el segundo, fiel reflejo de los usos de la aldea, suma a ello la sabiduría de la vejez. “La prueba de la sabiduría –dice Baroka a Sidi- es el deseo de aprender hasta de los niños. Y la prisa de la juventud tiene que aprender a modelar su genio y tomar su brillo de las pieles antiguas, de una fortaleza cuyo tejido apretado alrededor del grano, la protege. El maestro de escuela y yo, tenemos que aprender el uno del otro”. Y agrega: “Lo viejo debe fluir hacia lo nuevo, Sidi, no cegarse o mantenerse estúpidamente apartado. Una muchacha como tu debe heredar los milagros que tan sólo la edad revela”.

Al final, a pesar de los buenos intereses de Lakunle, Sidi se queda con Baroka: “Sidi –dice él- no busco una mujer que me sirva con docilidad, para cocinar y fregar, mujer para parir hijos por montones… Deseo casarme porque te amo y busco una compañera para la vida”. Como bien se aprecia en estas pocas líneas que recogen el espíritu de la obra, hay un respeto hacia la sabiduría, al conocimiento que los viejos adquieren como alumnos de la naturaleza, y un desprecio a la imitación de los moldes foráneos, a la copia sin reflexión de las ideas ajenas que, como bien lo sabe Soyinka, no se traducen per se en el martillo acorde para romper las oxidadas cadenas de los malos e inhumanos usos tradicionales; pues la materia prima con la que se forja el martillo de la libertad debe extraerse de la mina donde éstos reposan.      
 
Cuando Soyinka escribe, le está hablando a su pueblo. No sólo porque el tratamiento de los temas, la ambientación, el escenario de sus relatos y el ritmo de su prosa tengan como referente los usos de raíz africana, puntualmente nigeriana, sino también porque en él, el escritor, el nigeriano, confluyen todos los miedos, frustraciones y deseos del pueblo. Sin embargo, no por ello, podría afirmarse que su obra tiene unos límites de raza o de clase; pues su deseo es arrojar luz allí donde la ignorancia todo lo oscurece. Por consiguiente, cuando Soyinka escribe, le está hablando a su pueblo, a la raza humana; al hombre subyugado política, cultural y moralmente: “En cualquier pueblo que se somete voluntariamente a “la humillación diaria del miedo”, el hombre ha muerto” (Soyinka, 1986). 

El compromiso de vida de Soyinka respira a lo largo y ancho de su obra literaria, haciéndose incluso, por momentos, repetitivo –los buenos escritores, ha dicho, tal vez Borges, se repiten-. Pero eso no es gratuito, porque más que repetitivo lo que hace el autor es apelar al método, a la tranquilidad, la paciencia y la amplia visión del buen pedagogo, del maestro que transmite grandes ideas e ideales a un público a partir de las situaciones más simples y cotidianas de la vida, haciendo énfasis de un mismo asunto a través de distintos acontecimientos. Un ejemplo de ello es -aparte de las obras citadas- su  teatro (Editorial Arte y Literatura, 1987): Las Pruebas del Hermano Jero, La Metamorfosis de Jero, El Camino, La Raza Fuerte, Los Habitantes del Pantano.

Esta última obra bien podría decirse es una variación de El León y la Joya, constituyéndose a su vez en un énfasis a los relatos de Jero. Pues, en Los Habitantes del Pantano, una vez más está la crítica al poder, a las sectas religiosas derivadas del cristianismo que engañan, limitan, subyugan y timan al hombre aprovechándose de su ignorancia, mientras la ciudad hace las veces de libro, del saber, de fuente de nuevos conocimientos a partir de los cuales Igwezu (protagonista de Los Habitantes), que ha migrado a la ciudad, descubre el engaño con el que El Kadiye (sacerdote) de su pueblo natal, los ha timado por años.