Observatorio

Mi vida en la tercera comisaría (2° parte)

Daniel Valdivieso integrante de historiaycultura.cl


El movimiento estudiantil decayó a fines del año 2011 debido a diferentes factores, y por consecuencia, también su presencia en las calles. Los meses anteriores había sido arduos para todos los actores del conflicto. Desde el gobierno de Sebastián Piñera se desentendieron campantemente de las demandas estudiantiles planteadas por el movimiento, dejando a los estudiantes, carabineros, vecinos, locatarios del centro de la ciudad, y encapuchados, enfrascados en una interminable batahola. Esa estrategia de omisión total que en un comienzo parecía insostenible, con él tiempo resultó ser efectiva y fue agotando al movimiento hasta desarticularlo.  

En este nuevo escenario, la 3ª Comisaría de Santiago fue volviendo a su ritmo habitual de vida. A su cotidianeidad, tan alejada del frenesí que la absorbió durante largos meses. Las manifestaciones en las afueras del cuartel se hicieron más esporádicas y considerablemente menos masivas. Otros actores del panorama social, invisibilizados durante algún tiempo, reaparecieron por calle Agustinas. La trutruca mapuche se escuchó nuevamente en el frontis del cuartel policial, luego de las detenciones y enfrentamientos tras las marchas por los derechos de los pueblos originarios. Las demandas de los deudores habitacionales se levantaron una vez más en los cielos de Santiago centro. Los gritos por la libertad de los detenidos de las marchas ambientales y pro derechos laborales también. Vistas desde lo alto, las cosas parecían increíblemente tranquilas a ojos del que había presenciado la vorágine vivida hasta hace poco antes.

Como espectador de esta nueva realidad comencé a presenciar los matices que la comisaría adquiría una vez pasada la tormenta. Casi de inmediato aparecieron los asados de los carabineros en el patio trasero y los partidos de Taca-taca. Las conversaciones, cumbias y risas, que en más de una ocasión me hicieron estar cercano a llamar por teléfono al cuartel, para que se encarcelaran a ellos mismos por ruidos molestos. También fui testigo de los coqueteos, besos furtivos y abrazos entre las aspirantes a carabineras y carabineros, que pololeaban a escondidas en la parte trasera de la comisaría. Los partidos de fútbol no tardaron en ocupar la multicancha del gimnasio, antes habilitado para las detenciones masivas de estudiantes.

Como es de esperar en una comuna con abundancia de perros callejeros, no tardaron en llegar unos cuántos invitados inesperados, cuatro o cinco quiltros que se aguacharon en los patios, en los que ahora sobraba el espacio. Desde el balcón fui testigo del rápido proceso de conversión de esos perros callejeros, que en un comienzo se la pasaban durmiendo tirados por los rincones, pero que no tardaron en mimetizarse con los funcionarios policiales y adquirir sus hábitos,   expulsando de la comisaría a los ladridos a los detenidos cuando eran soltados por las mañanas. Persiguiéndolos mientras eran trasladados por los uniformados a través del patio en dirección a las oficinas. Pasado un tiempo la función policial de los perros dejó de restringirse  a los detenidos, y se extendió a los policías, a quienes les ladraban cuando salían en los automóviles para responder un llamado. A los que intentaban morderles las ruedas y las botas cuando montaban las motos, sin dejar por eso de obligarlos a hacerles cariño cuando estaban de guardia, tirándose a sus pies.

Después de haber cumplido el rol de verdugos durante el conflicto estudiantil, en la cotidianeidad, y sólo para aquellos que observábamos desde el balcón, asomaba  la humanidad de los carabineros, escondida durante los meses de conflicto. En la vida cotidiana. En la relación diaria con las personas. En las camisetas de la selección chilena que les colocaron a los quiltros para cubrirlos el frío invierno que la selección chilena ganó la Copa América 2015.

Y por supuesto que con la vuelta a la normalidad, volvieron a levantarse las voces de los detenidos comunes, los actores principales y verdaderos reyes de toda comisaría. A través de ellos la 3ª  fue revelándose como lo que era para alguien que se pasaba las noches escribiendo. Una fuente inagotable de historias. Con el correr de los días, o más bien de las noches, me habitué a los gritos y a los cantos de los reos.  A los monólogos delirantes con que los presos llenan el silencio de las noches. Al conocido “psicoseo” de los presos borrachos o drogados que no aguantan bien el encierro.  De estos últimos años guardo un sinfín de historias relacionadas con la voz de los presos, las que he ido escribiendo y guardando para ver si en algún momento tiene sentido compartirlas o hacerlas parte de algún proyecto literario. Entre ellas se cuentan las de los borrachos bilingües. En particular uno, que le gritaba palabras de desamor a la luna una noche de invierno.  "¡You lit meeeee my loveeeeer!", “¡¿Why you lit meeeeee mi amorrrr?!",  lo escuchaba gritar y luego las risas de las dos carabineras que hacían la guardia. La de los presos con abstinencia o exceso de drogas, especialmente a uno que gritaba hace pocos días con genuina desesperación. "¡Quiero mi droooooga, paco conchetumareeeee! ¡Devuélvanme mi droguitaaaaaa!". Una historia tierna ¿No? También la de un borracho especialmente pendenciero y deslenguado que visita voluntariamente la comisaría cada cierto tiempo. Las noches en que ésta visita ilustre nos honra con su presencia, oigo sus gritos acercándose a la distancia por sobre la música, me levanto al balcón, y al rato lo veo aparecer. Como siempre, enarbola su grito de guerra favorito, mientras recorre el pasaje de la 3ª. "¡Pacos culiaooooooooos!". Los carabineros lo conocen y se miran con cara de "ya llegó este huevón a arruinarnos la noche". La guardia cierra la reja de entrada y esperan. El borracho no tarda en aferrarse a la reja y comenzar a sacudirla con todas sus fuerzas, gritando otra de sus consignas habituales. "¡Chúpenme el pico, pacos culiaoooooos!". Ante las palabras de los carabineros, que osan amenazarlo, el borracho los mira incrédulo y ofendido. No tarda en arremeter nuevamente, como un toro ciego de sangre y alcohol. "¿Qué me vai a hacer, paco culiao? A ver ¡Mááááááááátame pos conchetumadre!", los amenaza. Durante algunos minutos, que parecen una eternidad, el borracho pendenciero les lanza eructos, los escupe, se agarra al portón y grita. "¡Mááááááááááátame a ver si soi tan choro pos paco culiao!". Los carabineros lo graban con sus celulares. La gente espía la escena desde las ventanas de los edificios que rodean a la comisaría en pijama y con cara de sueño. "¡Un poquito de brutalidad policiaca, señores carabineros!", gritó una vez una voz masculina desde una ventana. En un momento de distracción de la visita ilustre los carabineros salen y lo reducen. En tres segundos lo están metiendo a empujones en direcciones a los corrales de detención. Desde ahí en más los alaridos suelen cobrar tonos flamencos y luego heavy metal. Por supuesto que ya nadie duerme esa noche.

Fue en uno de los desvelos provocado por su visita, que se me ocurrió escribir un cuento breve, al pensar que no sería extraño que una noche llegara detenido a la 3ª  Comisaría de Santiago el mismísimo Elvis Presley. El cuento decía así.

“Elvis está vivo. Me lo encontré ayer en Agustinas con San Martín como diuca. Se lo estaban llevando en cana a la 3ª  comisaría. Le pagué la fianza y lo acompañé buscando una botillería abierta “Te equivocaste de país, Elvis”, le dije “En este país no sabemos tratar a los ídolos” El me miró, se tragó un par de católicas y se perdió botillería adentro.

La segunda etapa de mi vida sobre la 3ª  Comisaría podría llamarse la de las mil historias, y en más de una ocasión me llevó a decirle a algún colega escritor con bloqueo literario. “Cámbiate a vivir a un departamento que dé al patio interior de una comisaría y se van a solucionar tus problemas.  Que no sea la 3ª Comisaría de Santiago. Esa es mía”.