Observatorio

Mi Vida en la Tercera comisaría

Daniel Valdivieso

 

Nunca pensé que viviría en una comisaría. O sobre una comisaría. Lo que en la práctica resulta no ser tan distinto. Había estado en el interior de algunas de ellas. En ocasiones haciendo trámites. En otras oportunidades detenido por ebriedad durante mi juventud. También como víctima fortuita de algún delito menor. Sin ir más lejos había estado en “mi comisaría” con anterioridad, debido al robo que sufrió una polola en el Barrio Brasil el año 2008. Aunque en ese momento no sabía el rol que esa comisaría jugaría en mi vida en el futuro.

Llegué a vivir sobre la 3ª Comisaría de Santiago a mediados del año 2011,  justo antes del estallido de los movimientos estudiantiles y sociales. El primer hito que recuerdo respecto a lo que significaba vivir sobre una comisaría, se dio durante el gran cacerolazo de la noche del 4 de agosto, convocado  por Camila Vallejo a nombre de la CONFECH, en rechazo al actuar policial durante las dos marchas de esa jornada, las que fueron fuertemente reprimidas. Esa noche las cacerolas se hicieron sentir desde todos los edificios que rodeaban a la comisaría en un coro ensordecedor. El cacerolazo me pareció eterno no sólo a mí, sino también a los tres o cuatro carabineros, que desde el centro del patio apuntaban amenazantes a los vecinos que hacíamos sonar nuestras cacerolas, sartenes o lo que tuviéramos a mano en la altura.  En ese gesto inútil, algo ridículo, y en apariencia trivial, podía preverse lo que pasaría en los tiempos que vendrían.

Durante los meses siguientes, la comisaría se convirtió en uno de los epicentros del ajetreo de la lucha del movimiento estudiantil, debido a su ubicación. La 3ª Comisaría no sólo absorbía a la gran mayoría de los detenidos resultantes de las marchas estudiantiles realizadas en la Alameda, sino que también gran parte de los carabineros de las fuerzas especiales destinados a las marchas salían desde la comisaría.  Era habitual para mí por esos días despertar con los cantos, gritos y consignas de la masa de estudiantes que se dirigían por Avenida San Martín hacia la Alameda. La sensación antes de que la columna de estudiantes se hiciera visible, era la de escuchar venir a un ejército a la distancia, que cantaba a todo pulmón para envalentonarse mientras se acercaba al campo de batalla. 

Una vez despierto me asomaba al balcón, desde el cuál podía ver en el patio central de la comisaría a los carabineros de fuerzas especiales disfrazados de tortugas ninjas, escuchando la arenga de su superior, antes de partir a la Alameda a custodiar la marcha. Después se abrazaban entre ellos  para animarse y salían en las micros a enfrentarse a los estudiantes en el campo de batalla.

Durante el resto de la jornada el movimiento era frenético. Uno a uno iban llegando los buses policiales con los estudiantes detenidos desde las marchas. Decenas de jóvenes que eran bajados y puestos en fila en la mitad del patio de la comisaría donde se les revisaba la identidad, para luego ser derivados  al gimnasio, el lugar ocupado para las detenciones masivas. Poco a poco iban llegando también los carabineros de fuerzas especiales. Por esos tiempos fue la primera vez que vi la utilización de pinturas por parte de los manifestantes, lo que hacía que muchos de ellos llegaran pintados con manchas rojas, verdes, azules y amarillas que alegraban su uniforme verde. Era habitual también ver a dos o tres aspirantes a carabineros lavando infructuosamente con escobas al zorrillo y al guanaco en plena calle. El olor a gases lacrimógenos era pan de cada día. También la enorme presencia policial,  que hacía que el barrio pareciera una zona de guerra, ubicada en pleno centro financiero de la ciudad.

Las noticias sólo hablaban de las manifestaciones. Todos los móviles estaban en los cuarteles de carabineros de Santiago centro. Observaba a los periodistas desde mi balcón, sabiendo que las cámaras sólo podían llegar hasta la reja de entrada de la comisaría, mientras que yo estaba en las entrañas mismas de ella. Era testigo de las dos caras de la moneda. La de los estudiantes y la de los carabineros. Por un lado observaba con entusiasmo el ímpetu de los jóvenes, que durante las infinitas horas  de detención cantaban incansablemente en el gimnasio. Miraba también a sus familias y compañeros, que se agrupaban en las afueras de la comisaría, cantando para darles ánimo a los compañeros detenidos “¡Liberar! ¡Liberar! ¡A los presos por luchar!”.  Yo me reía y disfrutaba del espectáculo, pensando que los estudiantes estaban en su mejor momento. Eran héroes y rockstars. Todo el país estaba con ellos. Estaban luchando y enamorándose como pequeños revolucionarios románticos. Los padres aferrados a la reja de la comisaría cantaban cada tanto “¡Hijo! ¡Tranquilo! ¡Tus padres están contigo!”. 

 

   



Por otro lado podía ver la realidad de la policía. La comisaría simplemente no daba a vasto. El espíritu y la masividad del movimiento superaban largamente las capacidades de la Tercera. Desde lo alto, la precariedad estructural y la falta de personal, se hacían evidente. Todas las escuelas de carabineros habían mandado a los estudiantes a apoyar las labores y aun así el personal era insuficiente. Los uniformados de las fuerzas especiales volvían a la comisaría corriendo, con el tiempo justo para sacarse el casco, tirarse en el patio trasero sobre un trozo de cartón, comer un sándwich y una bebida, antes de regresar a la manifestación. Por las noches la comisaría era atacada por turbas con piedras y botellas. Un par de veces, al comienzo de las jornadas de protestas, los carabineros salieron a perseguirlos. Pasado un tiempo dejaron de hacerlo. Era demasiado habitual, y ya no estaban seguros de poder controlar, o reprimir,  lo que se iban a encontrar fuera de la seguridad de la comisaría. 

La primera etapa de mi vida sobre la 3ª Comisaría de Santiago estuvo marcada por el estallido de los movimientos estudiantiles y sociales. Una vez que éstos perdieron fuerza la comisaría volvió a su ritmo habitual y a su vida cotidiana, la que aún era del todo desconocida para mí.