Observatorio

Las ciudades de Levrero y Millán.

Felipe Ibarra, (editor).

 

Cuando yo era chico, a menudo pensaba que todo lo que veía y pasaba a mi alrededor era de mentira, era representado, que hasta mis familiares participaban en la farsa, que si estaba atento, mirando en los rincones, en algún momento podría descubrir una falla, un panel que cubre defectuosamente ese otro mundo que yo no veía y se me ocultaba tras la cara de la ciudad de Santiago. No era tan claro para mí pensar en las razones de esa farsa, pero lo cierto es que me sentía observado, perseguido, como en un gran estudio de cine.

Al pensar en la ciudad, la primera sensación que tengo es la de algo extraño, inabarcable, despiadado. Y tanto el cine como la literatura se han encargado de mostrarnos ciudades a menudo hostiles, pesadillescas (cómo, en esta ocasión, no pensar en Metropolis de Fritz Lang, o en Brazil de Terry Gilliam), ciudades que se oponen por completo a la idea de barrio, en donde nos rodeamos de desconocidos, todos odiosamente coordinados yendo, viniendo de sus trabajos, comprando, deteniéndose en un parque, en una vidriera, coordinados por códigos económicos y legales.

La ciudad, así se llama la inquietante novela del uruguayo Mario Levrero (publicada el 1970, y que más tarde conformaría la “Trilogía involuntaria”) y así mismo, el luminoso libro-poema del chileno Gonzalo Millán. Estas dos ciudades, escritas en los umbrales de los años ‘70, en lo único que se asemejan es en el título. Difícil encontrar dos libros tan distintos, a pesar que comparten nombre, época y región. Uno, completamente ficcional, que funciona en ese registro. Otro, completamente visceral, íntimo, obsesivo. En “La ciudad” de Levrero nada es lo que parece, los acontecimientos se encabalgan unos a otros, como en un cadáver exquisito, en donde (adrede) todo toma el giro que uno no esperaría. Una ficción insoportable, que en cierto sentido se parece bastante a la realidad, pero si ésta la vemos a través de un prisma completamente paranoico. La novela parte con una situación más o menos simple. Un tipo que llega a habitar una casa, la casa no está en las mejores condiciones, el tipo sale a comprar al almacén, que no encuentra, y desde ahí todo lo que le ocurre  es desconcertante, y pasará toda la novela y el tipo aún no podrá volver a su casa.

Cosa común en las ciudades literarias es llenarlas de gente, de edificios, pero también de control. La ciudad de Levrero casi no tiene gente, ni edificios, pero incomoda, descoloca y asfixia.

“Amanece, se abre el poema”, así empieza el largo poema de Gonzalo Millán, que publicó en su exilio en Canadá en 1979. Comienza el poema como cuando se abre la cortina en la mañana y el cuarto se inunda de sol. Dividido en 68 partes, el poema lleva la cuenta de la ciudad de la forma más directa que tenemos los seres humanos para dar cuenta de lo que nos rodea: enumerando. Toda enumeración, por razones humanas, está condenada a ser finita, y por ello, irremediablemente es una selección, y toda selección es política. El poema es un largo listado de elementos que constituyen la ciudad, un listado con muchas ausencias, “los campos de concentración se vacían / aparecen los desaparecidos”, la memoria viaja, se adelanta, rebobina. Enumera. Elige, al fin y al cabo, al tiempo que fantasea y especula. La ciudad es retratada de memoria y para la memoria. Un largo listado de elementos que parece escrito para que los lectores futuros, nosotros, los que vienen, rescaten del olvido.

Han pasado los años y el misterio de la ciudad ha cambiado en mí, se ha complejizado, respecto de la fantasía infantil de la farsa. Quizá ya no crea lo del estudio, la cámara secreta, el laberinto de laboratorio (mucho menos que habito en un mundo al interior del estómago de otro, que como yo, habita en un mundo en el interior del estómago de otro como él, como yo, etc. etc., que era otra idea que de niño me fantasmeaba).

Aunque, en otro sentido, he podido confirmar lo de los familiares dados a la farsa, la ciudad, a punta de realidad, se me ha mostrado en toda su monstruosidad. Esa ciudad alucinada de la infancia, se me antoja como la ficción de lo que es para mí la urbe, ya no tanto en relación a mi entorno directo, sino en relación al poder. Y en cierto sentido es eso lo que me pasa cuando pienso en estas dos ciudades. Una, la de Levrero, como la ficción de la opresión, la injusticia y el agotamiento, presentes en la ciudad de Millán. Una ciudad onírica, llena de vacío, la de Levrero. Y una ciudad doliente, incatalogable (su enumeración se paga con la vida: “El poema llega a su término. / El anciano finaliza el poema. / Termina su vida”). Las ciudades de Millán y Levrero son dos de las muchas ciudades posibles, dos formas de dar cuenta de ciudades (Montevideo y Santiago en los ’70), que tienen muchas más semejanzas que las obras resultantes.